
La Ilustrada Trinidad: ciencia, curiosidad y cultura
Mark Twain decía que viajar es un ejercicio con consecuencias fatales para los prejuicios, la intolerancia y la estrechez de mente. En lo que a mí respecta, y estoy seguro que ustedes comparten esta opinión, vivir con el fardo de una mente anquilosada, sumida en prejuicios y en perpetuo rechazo a aquellas cosas que nos permiten ver los asuntos humanos en su justa medida, no es vivir sino al contrario: es morir cada día.
Hay muchas formas de viajar y una de ellas es adentrarse en los recovecos de la historia humana. Hay algo mágico en el hecho de contemplar, como si se tratara de pueblos nuevos y países extraños, una parte, aunque sea mínima, del largo trayecto que los seres humanos hemos hecho buscando apaciguar nuestros deseos, saciar nuestras ansias de ser y de saber. Un viaje así, con la guía de los protagonistas y testigos de la historia, nos ofrece la posibilidad no sólo de asombrarnos y conmovernos, sino que siempre nos enseña algo acerca de la humanidad, de nosotros mismos y sobre todo, de nuestro presente. Puede sonar paradójico, pero viajar por la historia nos permite reflexionar sobre los caminos que hoy, aquí y ahora, podemos emprender como especie y en su caso, preparar nuestras maletas. Nada humano debe sernos ajeno.
El día de hoy quiero invitarlos a realizar un viaje así. Los quiero convidar a un paseo con cuatro estaciones entre las cuales, por cierto, es posible encontrar muchos caminos. La primera de ellas es muy nuestra, seamos o no conscientes de ello: se trata de la curiosidad. Vamos a examinarla de cerca, tan cerca como lo permiten nuestros conocimientos actuales, que por cierto no son muchos, curiosamente. Desde esta primera parada avanzaremos al país de la ciencia. El camino de la curiosidad a la ciencia parece natural e incluso, demasiado trillado, pero nosotros escogeremos una vía alterna.
La tercera estación de nuestra travesía es una llena de luces y sombras, de la que se habla mucho pero se entiende poco y que, sin embargo, es definitiva en la historia de la humanidad. Me refiero a la Ilustración, ese movimiento que incluso dio nombre a un siglo, el de las Luces, y de la que el mundo de hoy es, todavía, heredero.
Terminaremos nuestro viaje en una tierra más ancha, una que entre todos hemos ido construyendo y que hoy mismo, ella, él, ellos, usted, yo, estamos levantando; una tierra de la que dependemos todos y que al mismo tiempo, depende de nosotros: la cultura.
Cerraremos este viaje con algunas preguntas y otras tantas reflexiones; lo haremos así porque esta clase de paseos no son para realizarse una sola vez, y sería muy triste que nos fuéramos con las manos vacías.
Primera estación: la curiosidad
Decir que los seres humanos somos curiosos — en varios sentidos, por cierto — puede parecer una trivialidad, pues damos por sentado que la curiosidad es una disposición tan natural y presente en nuestras vidas, que no vale mucho la pena reflexionar acerca de ella.
Pero ¿qué es la curiosidad? Curiosamente, si nos hacemos esta pregunta y tratamos de responderla, salta a la vista que no conviene quedarnos en el sitio que nos marca el sentido común.
Las etimologías — ¡cómo no! — nos aportan una primera pista. La palabra “curiosidad” proviene del latín curiositas, cuyos componentes son cura, que se refiere a cuidado, esmero, inquietud o preocupación, más el sufijo -dad, que indica cualidad. Al examinar la relación de nuestro término con el adjetivo curioso, ganamos comprensión: proviene también del latín curiosus y por obra y gracia del sufijo -osus, que señala “abundancia en”, resulta que “curioso” es ser abundante en interés, cuidado y preocupación por las cosas. Podemos entonces decir que la curiosidad es la cualidad de prestar interés y cuidado a las cosas.
Pero vamos allá: ¿qué cosas despiertan nuestra curiosidad? En potencia, todas. La curiosidad es un apetito de información, una especie de “comezón mental” que nos ayuda a conocer, pero que también nos procura distracción, emoción o sorpresa si le damos cauce. Algún autor sostiene que los humanos somos “infóvoros”: mostramos un hambre más o menos perpetua de información y al saciar esta ansia, ganamos conocimiento. Tal vez por esto es que en la antigüedad los filósofos decían que la curiosidad es apetito por saber.
En el ámbito de la psicología se distinguen varios tipos de curiosidad. Una es la curiosidad perceptual, la que experimentamos cuando entramos en contacto con estímulos nuevos, ambiguos o desconcertantes. Por ejemplo, piensen en las ilusiones ópticas.
La segunda forma de curiosidad es la llamada epistémica. Como indica su nombre, se refiere, sin más, al anhelo de saber. ¿Por qué vinieron a esta charla? ¿Por qué están leyendo este artículo? Si les intrigó el título de la misma o el tema llamó su atención, su curiosidad epistémica les condujo hasta aquí. Si no tenían nada mejor que hacer y decidieron venir para pasar el tiempo, entonces fue su curiosidad diversiva la responsable. Este tercer tipo de curiosidad está asociado con el deseo de explorar y buscar estímulos nuevos para evitar el aburrimiento. (Sea cual fuere la razón, denle gracias de mi parte a sus curiosidades por traerlos aquí).
Finalmente, tenemos la curiosidad específica, tal vez la más frecuente en nuestra vida cotidiana, pues consiste en el deseo de una información concreta: ¿cómo llego desde mi casa al sitio donde me citaron para realizar un trámite? ¿Dónde hay un banco cercano? Tengo poco tiempo ¿dónde puedo ir a comer? ¿Cuándo es el cumpleaños de mi jefe? Preguntas así, orientadas a la obtención de un dato concreto, son todas formas de curiosidad específica.
¿Por qué algo nos resulta interesante, digno de ser explorado? Tenemos muchos asuntos en la cabeza, en nuestras vidas, y sin embargo, con más o menos frecuencia nos asalta la curiosidad en cualquiera de sus formas. Los psicólogos han estudiado estas cosas y nos dicen que nuestro apetito informativo se puede ver estimulado por asuntos que tengan uno o más de los siguientes componentes.
El primero es la novedad; cuando encontramos temas o situaciones que no encajan fácilmente en nuestras ideas previas respecto a la realidad o al mundo, es posible que sintamos alguna forma de curiosidad.
El segundo factor que puede suscitar nuestra curiosidad se refiere a la complejidad, el que se verifica cuando entramos en contacto con un objeto o acontecimiento que no sólo rompe sino que no presenta patrones regulares.
En nuestros tiempos, el tercer estimulante de la curiosidad es omnipresente. Se trata de la incertidumbre, es decir, de situaciones en las que existe una gran cantidad de resultados alternativos. Empezamos una nueva relación amorosa: entre las muchas emociones implicadas en ello, está esa inquietud típica de los enamorados: ¿funcionará? ¿hasta dónde llegaremos? O bien ingresamos a un nuevo empleo: ¿sacaré adelante esta nueva responsabilidad? ¿Seré reconocido? ¿Qué futuro le espera a la empresa y a mí con ella? En todas estas condiciones, la incertidumbre está presente, pues en cada una, las posibilidades son varias y en aras de hallar la mejor manera para hacer realidad aquella que más deseamos, exploramos, nos preguntamos cómo salir adelante, qué pasos seguir. En suma, nuestra curiosidad entra en juego para construir el futuro.
Finalmente, aquellas circunstancias en las que la información que recibimos es francamente incompatible con nuestros conocimientos previos, es decir, cuando entramos en conflicto, constituyen también un poderoso estímulo para nuestra curiosidad.
Por supuesto, estos diferentes tipos de estímulos no se presentan en forma “pura”. Una novedad puede ser también conflictiva, una situación compleja puede ser novedosa, una condición incierta nos puede resultar perturbadora. Además, el efecto de todos estos estímulos se ve modulado por el nivel de conocimientos previos que tengamos: si de un cierto tema no sabemos nada o sabemos mucho, es menos probable que experimentemos curiosidad por él. En cambio, si tenemos un grado de conocimiento intermedio entre esos dos límites, la posibilidad de sentirnos curiosos es mayor.
¿Por qué sentimos curiosidad? Hasta el momento tenemos dos respuestas. Hay situaciones en las que la falta de información nos hace sentir incómodos, experimentar una cierta ansiedad que nos impulsa a explorar y buscar una respuesta que no sólo cierre esa brecha informativa sino que nos libere de la ansiedad. En este contexto, la curiosidad es una especie de “comezón” mental, que al atenderla o “rascarla” con información, disipa el fastidio. Sin embargo, hay momentos en los sentimos curiosidad porque dada una condición determinada, deseamos conocer todo el panorama de alternativas existentes así como las relaciones causales que rigen el objeto de nuestra curiosidad, incrementando así nuestros conocimientos y aumentando, en consecuencia, nuestra capacidad para hacer predicciones fiables. En otras palabras, sentimos curiosidad porque buscamos maximizar nuestros procesos de aprendizaje.
En fechas recientes y echando mano de los avances tecnológicos en el campo de la neurociencia, hemos aprendido otras cosas más acerca de la curiosidad. Por ejemplo, cuando experimentamos curiosidad epistémica, se desata también una expectativa de recompensa en algunos circuitos neuronales; aliviamos nuestra curiosidad, es decir, adquirimos conocimiento y ese es el “premio” para nuestro cerebro. El conocimiento pareciera ser un caramelo para nuestras golosas neuronas.
El que la curiosidad esté “cableada” en nuestro cerebro es fascinante, y tiene que ver con nuestra evolución como especie. Cuando sentimos curiosidad, se activan dos regiones cerebrales, la corteza y el cuerpo estriado, que en los seres humanos poseen características que no se observan en otros animales. Dos de ellas son especialmente llamativas. Primero, en los últimos 1.5 millones de años nuestro cerebro ha triplicado su tamaño; segundo, para mantener en funcionamiento este precioso mecanismo que representa sólo el 2 por ciento de nuestro peso, necesitamos destinar el 25 por ciento de la energía total de nuestro cuerpo. ¿Cómo ocurrió ese crecimiento? ¿Cómo se resolvió este compromiso energético?
Primero, nos pusimos de pie. Es decir, al conseguir la bipedestación, nuestros ancestros consiguieron un importante ahorro energético, pues andar sobre dos pies consume 4 veces menos energía que hacerlo sobre los pies y los nudillos. En segundo lugar, tal y como revelaron los estudios realizados sobre Lucy, nuestra abuela común y que vivió hace 3.2 millones de años, ampliamos nuestro menú; Lucy era vegetariana, no sólo frutívora como nuestros parientes de entonces, los primates, lo cual se traduce en una mejor alimentación.
Mucho tiempo después, aprendimos a crear y usar herramientas, por supuesto extremadamente sencillas, pero lo bastante útiles como para poder separar la carne de los huesos, cortarla y hacerla más digerible. Proteína animal en estado puro, pero al mismo tiempo menos esfuerzo físico destinado a otras tareas, y por consiguiente más energía disponible para sostener a nuestro cerebro en crecimiento.
En cuarto lugar, descubrimos el fuego y como recordaremos, este hallazgo fue crucial en muchos sentidos, pero para nuestros curiosos fines, el dominio de esta forma de energía se tradujo en la ampliación y el perfeccionamiento de la dieta: el fuego nos permitió cocinar, incorporar nuevos alimentos a nuestra dieta y sobre todo, asarlos o cocerlos. Una mejor alimentación implica mayor energía corporal, y la disponibilidad de alimentos en formas más digeribles supone un menor gasto energético. (No me crean: recuerden esos malos momentos en los que han tenido mala digestión: ¿pueden dedicarse a pensar profundamente? ¿Tienen energía para algo más que lidiar con el estómago y sus veleidades?)
Los últimos tres pasos de esta evolución cerebral se dieron hace relativamente poco, pero fueron tal vez los más importantes.
El primero de ellos fue la capacidad para simbolizar. En algún momento de nuestra historia, aprendimos a representar la realidad con signos. Esto, además, nos permitió distinguir entre la realidad y el mundo, siendo este último la imagen que nos hacemos de aquella. Lograr esto requería ya de una gran capacidad cerebral pero al mismo tiempo, desarrollar el pensamiento simbólico impulsó la transformación de nuestro cerebro. Mucho tiempo después, aprendimos a hablar, inventamos el lenguaje y con él, nuestra comunicación se hizo más y más rica, pero en la misma forma lo hizo nuestro pensamiento. Finalmente, hace unos pocos de miles de años, creamos el lenguaje escrito y abrimos la puerta de la historia, tanto en lo individual como en lo colectivo.
Es hora de salir de esta, la primera estación de nuestro viaje. Y para rendirle los debidos honores, vamos a despedirnos de ella desatando nuestra curiosidad con una pregunta: ¿qué pasa si nos dedicamos a hacer preguntas y tratamos de responderlas, de una manera organizada?
Segunda estación: la ciencia
El primer ser humano que, dando rienda suelta a su propia curiosidad, se formuló una pregunta y buscó responderla, inventó la filosofía y sentó las bases de la ciencia. Este humano, del que no sabremos su nombre — como tampoco conoceremos el de quien domó al fuego o inventó la agricultura — , dio cauce a su curiosidad y buscó conocer, es decir, describir, calcular o hacer una previsión controlable de cualquier objeto y así, obtener conocimiento. Tengamos claro esto último: conocer es un proceso, conocimiento es el resultado de dicho proceso.
Decir que la ciencia es conocimiento es esencialmente correcto; seríamos más precisos afirmando que se trata de un medio de conocimiento, pero aún así nuestra definición no sería suficiente. Entonces debemos decir que se trata de un proceso de conocimiento en el cual buscamos leyes generales relacionando ciertos hechos particulares. O más sencillamente, de un medio a través del cual dirigimos nuestra curiosidad para hallar leyes generales a partir de hechos particulares.
La ciencia, tal y como la conocemos hoy en día, es algo reciente. Su gestación comenzó en el siglo XVI con la publicación de la obra de Copérnico y alcanzó su perfil definitivo con Newton, justo en el siglo XVII, esa centuria tan abigarrada de tantos hechos y circunstancias trascendentes que no debe extrañarnos que en las artes haya dominado el barroco. El siglo XVII, que supo del Siglo de Oro Español y del reinado de Luis XIV; que miró cómo el Parlamento se consolidaba en Inglaterra; que dio fe del crecimiento de los grandes imperios del Oriente medio y extremo, y que sufrió al ver a un tercio de la población de Europa mermada por las brutales guerras ocurridas entonces en el nombre de Dios y del Rey, y en América la devastación y la creación de dos mundos a fuerza de peste y miseria. Fue en este siglo, el XVII, donde lo sublime y lo aterrador se hablaron cara a cara, mientras la revolución científica maduró y sentó las bases de la ciencia actual.
Copérnico pone el Sol en el centro de nuestro sistema y derroca a Ptolomeo. Servet nos revela el paso de la sangre por los pulmones. Bruno perfecciona las ideas de Copérnico y al igual que Servet, muere a manos de la Iglesia por sus posturas teológicas. Andreas Vesalius cuestiona a Galeno, descubriendo al corazón como la bomba sanguínea del cuerpo humano. Vieta renueva el álgebra. Gilbert propone una teoría del magnetismo y la electricidad y desnuda el misterio de las brújulas. Brahe, el hombre de la nariz de oro, compila los datos astronómicos de su tiempo, a partir de los cuales su alumno y colaborador, Kepler, establece las tres leyes del movimiento planetario. Bacon, de quien se dijo fue el autor de las obras de Shakespeare, sienta las bases filosóficas de la ciencia y el empirismo. Galileo, desafiando a Aristóteles y la Iglesia, descubre cuatro lunas de Júpiter, las fases de Venus, los anillos de Saturno, las manchas solares y celebra el matrimonio entre las matemáticas y la física mientras estudiaba experimentalmente la caída de cuerpos. Su alumno, Torricelli, descubre el vacío y crea el termómetro de mercurio. Pascal concilia a Dios y a la ciencia en la probabilidad y construye la primera calculadora mecánica. Huygens nos da la esperanza matemática, crea el reloj de péndulo y explora la luz como una onda. Robert Boyle funda la química moderna y establece la ley que sobre los gases lleva su nombre y el de Mariotte. Harvey nos revela las rutas de la sangre en el cuerpo humano. Descartes perfecciona los principios del pensamiento científico y hermana para siempre a la geometría con el álgebra, dando lugar a la geometría analítica. Leeuwenhoek nos abre las puertas del mundo invisible de la vida, inaugurando la microbiología. Hobbes lleva al empirismo a examinar con crudeza la psicología humana y el poder, fundando de paso las ciencias políticas. Locke perfecciona el empirismo y consolida así las bases de la filosofía natural. Hooke, siempre inquieto y polemista, descubre los principios de la elasticidad, bautiza a la célula como célula, describe a Urano y es pieza clave de la Royal Society. Papin explora el vacío y las máquinas de vapor. Flamsteed, cazador de satélites, supernovas y estrellas. Halley impulsa a Newton y aplica la obra de este para calcular la órbita del cometa más famoso del mundo. Browne, insaciable naturalista de reconocida tolerancia. Snell funda la geodesia y descubre la ley óptica que lleva su nombre. Guericke crea el primer generador electrostático conocido. Napier simplifica todos los cálculos y nos regala los logaritmos, cuyas primeras tablas son compiladas por Briggs. Gunter inventa el primer mecanismo analógico para auxiliar en cálculos y a partir de este avance, Oughtred inventa la regla de cálculo, la calculadora que apenas murió en los años 60 del siglo XX. Savery crea el primer motor a vapor y Newcomen perfecciona la máquina de vapor. Lippershey patenta el primer telescopio — base del que usará Galileo — , Jannsen diseña el primer microscopio y Hadley revoluciona la navegación con el octante.
El siglo XVII, terrible y a la vez maravilloso, atestigua el trabajo de Leibniz y Newton, el primero, optimista y creador del cálculo diferencial, el segundo, severo y controvertido, que sintetiza en una obra el pensamiento, el proceso y la aspiración estética de las ciencias físicas, al tiempo que da cuenta de las leyes de la mecánica clásica y de la gravedad y tal vez sin saberlo, cierra y abre una época en el pensamiento humano.
Por asombroso que pueda parecernos, fue apenas en la segunda mitad del siglo XIX que la ciencia se convirtió en el impactante medio de conocimiento que es hoy en día. Pero esto no significa que antes ese “boom” del siglo XVII la humanidad no hiciera ciencia. Pensemos en los griegos: desde el ámbito de la filosofía, establecieron un marco colosal para caracterizar la ciencia, pero su mayor empeño fue perfeccionar el método deductivo, cuyo fruto es la geometría y con esta, las matemáticas y la lógica, pero prestaron poca atención a la ciencia empírica, que es la propiamente galileana. Pero incluso antes de ellos, otras civilizaciones pusieron en juego su razón e ingenio para conocer el mundo, dando como resultado visible numerosas técnicas y tecnologías. Por supuesto, ciencia y tecnología no son lo mismo, pero están estrechamente relacionadas.
Si la ciencia es un medio específico para dirigir nuestra curiosidad, un proceso, conviene preguntarnos de qué se compone dicho proceso. La respuesta suele ser el método científico, pero con esto entramos a un terreno polémico: hay filósofos y científicos que sostienen que dicho método existe, pero otros tantos que afirman lo contrario. No voy a profundizar en este debate aquí, pues quiero subrayar otros aspectos en torno a la ciencia y al tema que aquí nos ocupa.
El primero de estos es que, ciertamente, la observación, la formulación de hipótesis y la experimentación son elementos cruciales en la labor científica. Sin embargo, ninguno de estos nos conduce a la verdad. Todos, absolutamente todos los resultados científicos tienen un carácter provisional. En el mejor de los casos, lo que la ciencia nos ofrece es un cierto grado de certeza en torno a sus resultados, es decir, conocimientos que incluyen, en cualquier modo o medida, una garantía de su propia validez.
El segundo es que la ciencia no es infalible. Su historia está llena de errores, malas interpretaciones, resultados equivocados y en algunos casos, aplicaciones inmorales. Es muy triste en verdad ver y escuchar en los medios de comunicación, afirmaciones científicas sacadas de contexto, que se presentan al público como si fueran una verdad absoluta. Pero peor aún es escuchar juicios draconianos en contra de la ciencia, construidos a partir de algunos malos ejemplos de ella, o de valoraciones morales o ideológicas acerca de sus fines. Tal y como ocurre con otros campos del conocimiento, por sí misma la ciencia está más allá de veredictos morales: condenarla por algunos de sus practicantes, decir que es inútil, que proclama falsedades, que toda ella sirve a intereses espurios, es simplemente ridículo; deja a quienes sostienen tales juicios en un papel idéntico al de los censores, los fanáticos, los ignorantes.
En tercer lugar, la ciencia no aspira a la verdad. En sus inicios, cierto es, los científicos soñaron con crear un cuerpo de verdades irrefutables, tomando como modelo a las matemáticas, pero muy pronto la naturaleza y los mismos límites de la ciencia, nos mostraron que se trataba de un ideal lejano. El día de hoy, la causalidad tiene que convivir con la casualidad; sabemos mucho más de menos, y el paisaje que nos ofrecen las ciencias es mucho más confuso y complejo de lo que era en los tiempos de Newton o a fines del siglo XIX. Y en la mayor parte de la comunidad científica, verdaderamente científica, reinan la humildad, el reconocimiento de nuestros límites y la vastedad de las cosas que nos falta conocer.
A pesar de todo esto, la ciencia es imprescindible. Prueba de esto la hallamos en la ciencia aplicada, que ha tenido grandes éxitos. Podemos construir nuevos materiales, diseñar sorprendentes aplicaciones electrónicas, incluso formas de vida y muchas cosas más, todas ellas con gran impacto en nuestras vidas, aunque aún no seamos capaces de explicar a cabalidad qué es la materia, cómo funciona la electrónica a nivel cuántico o qué es la vida.
Si alguien duda aún respecto a los beneficios que la ciencia nos ha dado en los últimos siglos, vale la pena considerar — con las debidas precauciones — algunos datos: la expectativa de vida ha pasado de 35 años en 1750 a 71,4 en 2015, gracias sobre todo al descenso de la mortalidad infantil; los antibióticos y las vacunas han salvado miles de millones de vidas y siguen haciéndolo, como muestra el descenso en un 60% de las muertes por malaria entre 2000 y 2015; el porcentaje de personas malnutridas era del 50% en 1947 y hoy se sitúa en el 13%, a pesar de que la población mundial no ha hecho más que aumentar desde entonces, gracias a la productividad alimentaria combinada con la tecnología. El PIB mundial se triplicó entre 1820 y 1900, luego volvió a hacerlo pasados cincuenta años, y otra vez en los siguientes veinticinco y treinta tres, respectivamente; en los últimos doscientos años, la extrema pobreza ha pasado del 90% al 10%, con la mitad de ese descenso concentrado en los últimos treinta y cinco años, y en todo esto la ciencia y la tecnología han jugado un papel fundamental.
Nada de esto niega el hecho de que en otros ámbitos el panorama es desolador: la desigualdad económica entre y dentro de los países se ha incrementado; el tejido social está desgarrado, el individualismo se ha adueñado del mundo — y con esto se han incrementado gravemente la depresión y la ansiedad — , y el cambio climático se nos presenta como un problema colosal cuya irresolución puede determinar una crisis mundial de proporciones incalculables. Tanto en los países ricos como, sobre todo, en los que no lo son, hay claros signos de pobreza extrema, malnutrición, muertes por causas fácilmente evitables, tendencias autocráticas, analfabetismo, violencia de género, trata de personas, esclavitud, desempleo y subempleo, bajos salarios, quiebra de sistemas de salud y otros de índole social, profundo desencanto respecto a la vida política, informalidad, destrucción de fuentes de empleo por la automatización y la robotización, migración, terrorismo, destrucción de lazos y comunidades y un largo etcétera.
¿Qué quiero decir con esto? Que la ciencia no es una panacea pero tampoco es el verdugo. Es, como corresponde a un medio de conocimiento, un instrumento intelectual cuyo valor depende de lo que hagamos con él, tal y como ocurre con la filosofía, la tecnología, las artes y cualquier otra herramienta humana, y como tal, es nuestra responsabilidad lo que hagamos con ella y a partir de ella. Más importante: no podemos renunciar a la ciencia si queremos resolver los muchos retos que enfrentamos: la ciencia es un ejercicio de razón, un despliegue sistemático de nuestra curiosidad que puede — porque lo ha hecho innumerables veces — ayudarnos a superar nuestros problemas.
Tercera estación: el Siglo de las Luces
Llegamos a la penúltima estación de nuestro viaje. Llenos de curiosidad y, espero, inquietos por lo que descubrimos al caminar por la tierra de la ciencia, nos vamos a sumergir en el siglo XVIII.
Haydn, Mozart y Beethoven nos ofrecen un maravilloso fondo musical en esta visita a vuelo de pájaro sobre Francia e Inglaterra, España y Alemania, Rusia, Italia y Portugal, países en donde se forjó la Ilustración. Estamos a las puertas de los años 1700 y ya dejamos atrás el estrambótico siglo XVII, pero el nuevo siglo honrará la herencia intelectual de su antecesor y la llevará a un nivel tal, que marcará la vida de la humanidad hasta nuestros días. Sí, hasta nuestros días, pésele a quien le pese.
La Ilustración es un movimiento filosófico, político y pedagógico que, hundiendo sus raíces en distintas tradiciones, marca por completo al siglo XVIII, y que proclama en voz de muchos pensadores no siempre afectos entre sí, que la razón es la base para el progreso de la humanidad, que es urgente romper las cadenas de las tradiciones absurdas y las supersticiones, y que la ignorancia debe ser desterrada por ser el fundamento de toda opresión.
Se trata de una visión del mundo en la que la razón, la duda sistemática acerca de todo aquello que no ha sido reflexionado por uno mismo, lejos de todo credo y tomando como referente fundamental la propia experiencia, constituye el medio para que el individuo cultive su virtud, modere sus propias pasiones y en última instancia, se gobierne a sí mismo. El resultado de este ejercicio es entonces la libertad, una libertad genuina, ganada de adentro hacia afuera y que, cuando es conquistada, nos revela que entre los seres humanos no existen diferencias sino por el contrario, lazos indisolubles.
Es la Ilustración ese tiempo de nuestra historia en el que la ciencia y la técnica comienzan a ser consideradas como un instrumento imprescindible para la transformación del mundo, y en el que se forja una ética secular que si bien aún en nuestros días se antoja ideal, ha servido desde entonces como brújula para una buena parte de la marcha de la humanidad. Tolerancia religiosa. Derechos humanos. Lucha contra los privilegios, la opresión y las tiranías de cualquier tipo. Estas ideas que hoy en día son comunes — aunque no por ello sean realidades plenas — nacieron en la Ilustración.
Los pensadores ilustrados dejan ver siempre un sincero y tal vez cándido optimismo. Creen en el progreso, en el valor del esfuerzo. Su esperanza no es vana ni teórica; saben que los obstáculos son muchos y peligrosos, y en algunos casos la horca, la hoguera o la guillotina pueden cobrar la cuenta. “Algún día todo irá mejor. Esa es nuestra esperanza”, nos dice Voltaire. Y la razón es el medio principal para que esa esperanza se cumpla.
A diferencia de lo que Descartes, Leibniz y Spinoza postularon — la razón como prueba de la participación humana en la esencia divina — , en el Siglo de las Luces la razón tiene otro significado: es un medio para adquirir conocimiento y llegar a la verdad. Es la fuerza esencial del espíritu humano, una facultad que sólo se puede comprender ejerciéndola, analizando y sintetizando todo, absolutamente todo. La razón se vuelve un hacer, sólo tiene sentido en la acción y su fin es justamente disectar el mundo y luego recomponerlo teniendo como fin la libertad y el progreso del ser humano.
En esta visión reformada de la razón, la Ilustración debe mucho a Bacon, a Locke y los científicos del siglos XVII, en especial a Newton: ahora la base del pensamiento es la experiencia, no las esencias. La inducción y la deducción, no sólo esta última. “Si no recurrimos a la brújula de la matemática y a la antorcha de la experiencia, no podremos avanzar ni un solo paso”, apunta Voltaire en su Tratado de Metafísica. En la Ilustración, el pensamiento científico se erige como el modelo de racionalidad. Implícitamente se acepta así que alcanzar una comprensión cabal de la esencia de las cosas constituye un reto insuperable, lleno de riesgos y dogmatismos.
La razón ilustrada renuncia a las verdades reveladas, a los argumentos de autoridad y a las verdades innatas, y se ciñe a la experiencia. Es una razón en este sentido limitada pero por el otro, mucho más amplia, pues su objeto de estudio no se constriñe a los hechos de la naturaleza, como en el caso de la ciencia, sino a cualquier objeto. Es gracias a esta amplitud que en la Ilustración se ejerce una crítica de todo: la sociedad, el ser humano, la religión, el gobierno, las costumbres, el amor, los valores, la cultura, las emociones, los sentimientos, la percepción, la economía, el derecho, el comercio. Todo hecho humano y todo hecho de la naturaleza queda a disposición del examen de la razón. No creamos que el ser humano queda reducido a la razón, no: se trata, más bien, de que todo lo se refiere a él puede ser investigado a través de la razón. La razón ilustrada es crítica y al mismo tiempo, empírica.
Esta visión de la razón tiene un impacto formidable en el mundo y por supuesto, también en el intelecto. Todo conocimiento, luego de ser revisado, analizado, recompuesto en libertad pero al mismo tiempo con apego a la experiencia, debe buscar su lugar en el progreso de la humanidad. La cultura ya no es “la propia época aprehendida con el pensamiento” sino una fuerza que debe orientarse a mejorar la vida. La filosofía ya no es un mero acompañante de la existencia, pasivo y reflexivo, sino acción y transformación de la existencia individual y colectiva. Más que contenidos, la filosofía ilustrada se revela en el acto de la crítica y la transformación.
El pensamiento ilustrado se enfrenta muy pronto con las religiones y las iglesias. El combate con cada una de ellas suele ser feroz y no es resultado de un capricho intelectual, sino del ejercicio de la razón en torno a las bases de cada una de esas instituciones. El resultado es la exigencia fundamentada, por un lado, de tolerancia religiosa, libertad de culto y ética secular, y por el otro, la demanda de laicidad en los asuntos públicos.
Algo similar ocurre en cuanto al derecho, la política y el gobierno. Así como se habla de religión natural y moral natural, la Ilustración sostiene la existencia de un derecho natural, es decir, racional y ya no sobrenatural, un derecho objetivo en la medida en la que, fundado en un examen profundo de la naturaleza humana y al mismo tiempo, en el reconocimiento de las diferencias que existen entre las distintas sociedades y culturas, establezca un conjunto mínimo de principios de gobierno y justicia válidos para todo ser humano. El resultado de esta empresa es, ni más ni menos, el establecimiento legal de derechos tan fundamentales como la libertad, la igualdad, la propiedad y la seguridad; la resistencia a la opresión; la libertad de asociación, de empresa, de opinión, de prensa, de culto, de conciencia y de participación política; la presunción de inocencia; la no retroactividad de la ley en perjuicio de nadie, y la radicación de la soberanía en la nación. En pocas palabras, los derechos que hoy son reconocidos en muchos países del orbe y algunos que forman parte explícita de lo que llamamos derechos humanos.
Siendo la ciencia en buena medida un referente para el pensamiento ilustrado, y considerando que uno de los valores de la actividad científica radica en la posibilidad de intercambiar y discutir libremente las ideas y los hallazgos, no debe sorprendernos que el pensamiento ilustrado buscara propagarse de manera efectiva. Y lo hizo, aunque no entre las masas populares — cosa que algunos han utilizado, entre otros rasgos, para acusar a este movimiento de elitismo — , echando mano de diversos medios, tales como las academias, la masonería, los salones, las cartas, los ensayos, los periódicos y por supuesto, de la Enciclopedia. Hoy en día, cuando vivimos en un mundo en el que las comunicaciones constituyen uno de los rasgos definitorios de nuestro tiempo, conviene echar un vistazo al Siglo de las Luces: tal vez podamos hacer, inspirados en dicha época, un uso más inteligente de nuestras “benditas redes sociales”, y también valorar en su justa medida los espacios de generación, discusión e trueque de ideas.
De todos estos medios, quiero poner atención en uno, considerado la obra más representativa del pensamiento ilustrado. Forjada colectivamente por 140 autores a lo largo de 21 años, abarca 17 volúmenes de texto y 10 más de grabados, consta de 72 mil artículos y entre sus creadores hallamos los nombres de Diderot, d´Alembert, D´Holbach, Voltaire, Rousseau, Montesquieu, Quesnay, Boulanger, Turgot y Jaucourt. Se trata de la Enciclopedia o Diccionario Razonado de las Ciencias, las Artes y los Oficios.
Se trata de una empresa cultural cuya importancia va mucho más allá de su éxito económico — por demás notable — , de la feroz crítica, oposición e incluso censura de que fue objeto, o de la relevancia intelectual de sus autores. Por un lado, fue un poderoso instrumento de difusión cultural, ajeno al saber erudito y retórico, donde cada voz fue construida desde una perspectiva crítica — aunque en algunos casos no exenta de matices ideológicos — , científicamente sólida — como lo prueban las entradas preparadas por d´Alembert en matemáticas, física y mecánica — y sobre todo, empírica.
Este último aspecto se revela en la parte dedicada a las artes y los oficios. Buscando equilibrar teoría y práctica y de hecho, reunirlas de manera coherente, en la Enciclopedia se recopilan detalladamente las artes mecánicas y artesanales de la época. Para lograr esto, Diderot y sus colaboradores acudieron directamente a entrevistar a los maestros y artesanos de los diversos oficios; en sus talleres observaron directamente los trabajos y las tareas que los expertos realizaban, describieron los procesos, las recetas, los instrumentos; charlaron con los artesanos, contrastaron con ellos sus anotaciones, validaron sus informes y en algunos casos se desempeñaron como aprendices, para poder describir así, desde su experiencia, los secretos y las técnicas correspondientes. El resultado de todo esto fue presentar al gran público el hacer de las artes y los oficios, valorarlos en su justa medida, reconocer a sus expertos y practicantes, disipar el prejuicio tan extendido entonces como hoy, de que las tareas manuales son indignas e inferiores a las de índole especulativa. Diderot lo expresa con precisión al decir que
Estamos todos muy inclinados a creer que está debajo de la dignidad del espíritu humano el aplicarse con esmero y de manera continua a experimentos concretos y específicos y a objetos. También creemos que nuestra mente abandona su dignidad cuando desciende hacia el estudio, sin mencionar la práctica, de las artes mecánicas… Este prejuicio ha tendido a llenar las ciudades con espectadores inútiles y con hombres orgullosos comprometidos a una especulación holgazana, y el campo con tiranos baladíes que son ignorantes, perezosos y desdeñosos.
En resumen, podemos decir que la Enciclopedia fue un proyecto filosófico inspirado en una ambiciosa intención sistematizadora cuya finalidad queda bellamente descrita en la entrada “enciclopedia” del mismo texto:
El objetivo de una enciclopedia es unificar los conocimientos dispersos sobre la faz de la tierra; exponer el sistema y transmitirlo a los que vendrán después que nosotros; para que la obra de los siglos pasados no haya sido inútil para los siglos siguientes, para que nuestros descendientes, al ser más instruidos, puedan al mismo tiempo ser más virtuosos y más felices, y para que nosotros no desaparezcamos sin haber sido merecedores del género humano.
Vamos a dejar esta tercera estación de nuestro viaje con esta última idea en mente: podemos saldar nuestra deuda con el espíritu humano creando conocimiento, integrándolo al que recibimos en herencia y entregándolo a quienes nos suceden, sin más ánimo que el de que ganen virtud y felicidad.
Cuarta y última estación: la cultura
Llegamos a la última parada de nuestra travesía. Visto en retrospectiva, no es poco lo que hemos andado juntos: descubrimos que el anhelo de saber es un impulso natural tan importante que está “cableado” en nuestro cerebro, pues nos resulta imprescindible para vivir. Supimos que la ciencia es un modo de conocer, una herramienta muy poderosa a pesar de sus limitaciones y cuyos resultados, tan impactantes en nuestro tiempo, nos advierten que somos responsables de su uso. Finalmente, nos asomamos al Siglo de las Luces, donde nos encontramos cómo un puñado de filósofos dio forma a buena parte del mundo en que vivimos, construyendo una visión de progreso basada en el ejercicio libre de la razón humana.
Vamos ahora a integrar todas estas cosas aquí, en el vasto territorio de la cultura, con la finalidad de poder hacer nuestras, realmente nuestras, todas estas experiencias de viaje y a partir de ellas decidir qué nuevos destinos perseguir.
Recientemente José Antonio Marina y Javier Rambaud han planteado la necesidad de crear una ciencia de la evolución cultural. Para estos autores, el objetivo de tal disciplina debe ser, simple y llanamente, comprender al ser humano y para esto, conocer la evolución de la cultura humana — no de una determinada época, no de cierto país, no, de toda la especie humana — , puede ser un camino cuyo tránsito nos resulte provechoso. Esta ciencia de la evolución cultural, continúan, posee un método que se basa en algunas premisas. Vamos a examinarlo con más detalle.
Todos los seres humanos enfrentamos los mismos problemas, pero cada cultura los resuelve a su manera. En otras palabras, la cultura es un repertorio de soluciones a los problemas que una sociedad enfrenta, en unas condiciones y un tiempo determinados. ¿Cuál es la dinámica de ese repertorio? Lo que se propone es un mecanismo análogo al planteado por Darwin en cuanto a las especies: existen una o más fuerzas impulsoras, un mecanismo que proporciona soluciones a los problemas derivados de dichas fuerzas, y un sistema de selección que nos permite elegir unas soluciones y desechar las otras.
En este contexto, la raíz de las fuerzas impulsoras de la cultura son las necesidades, los deseos, las expectativas y pasiones de cada individuo y su resultante agregación en grupos sociales. Más específicamente, nuestras fuerzas impulsoras son la sobrevivencia, el deseo de aumentar nuestro bienestar, la búsqueda de vinculación social, el requerimiento de dar sentido a nuestras experiencias y finalmente, el empeño por incrementar nuestras posibilidades vitales, manifiesto en una voluntad de dominio sobre la naturaleza, sobre uno mismo o sobre otros.
Cada una de estas fuerzas impulsoras nos plantea problemas, es decir, condiciones que en cierta medida obstaculizan la satisfacción de las necesidades que despiertan a dichas fuerzas. La solución de esos problemas, en consecuencia, nos procura un estado que, con todas las precauciones pertinentes, podemos denominar felicidad, una felicidad subjetiva que describe cómo queremos vivir y otra objetiva, que es en la que nos gustaría vivir.
¿Cómo es que buscamos y obtenemos soluciones? Si recordamos las estaciones previas de nuestro viaje, nos daremos cuenta de que en la base del proceso de solución encontramos en primer lugar a nuestra curiosidad y en segundo, a nuestra razón, ambas estrechamente vinculadas con el acervo de emociones, sentimientos y sensaciones de que estamos dotados. Los dilemas planteados por nuestra existencia, expresados a través de las fuerzas impulsoras antes descritas, excita las variadas formas de nuestra curiosidad; ya sea que nos sintamos inquietos por los problemas que nos planteamos o que simplemente queramos ampliar nuestras posibilidades, nuestra curiosidad e inteligencia conspiran para susurrarnos ideas, posibles salidas a esos problemas.
Pero esto no basta todavía. Entre las diferentes posibilidades de solución que generamos frente a un problema determinado ¿cómo decidir la que es mejor? Necesitamos, claro está, un sistema, un mecanismo que nos ayude a elegir entre las diferentes alternativas. Y dicho sistema existe, por cierto. Incluye, en primer lugar, criterios asociados con nuestra supervivencia — somos animales, no lo olvidemos, unos muy curiosos pero animales al fin; y en segundo lugar, emociones y valores de diversa índole: justicia, compasión, confianza, gratitud, culpa, cólera, vergüenza, etcétera. Es decir, una mezcla de pasiones individuales pero también de nociones morales que asimilamos de nuestro entorno mientras nos hacemos humanos. A través de esta lente axiológica es que analizamos, evaluamos y optamos por poner a prueba una solución determinada.
Observemos entonces que cada problema crea su propio espacio de soluciones. Por espacio de solución nos referimos al conjunto formado por todos los factores y recursos implicados en el paso del deseo a la consumación del deseo, desde el impulso hasta su satisfacción.
La totalidad de este proceso — impulso, búsqueda y selección de soluciones — ocurre todos los días a todos los seres humanos. Ocurre en este momento, pero también ocurrió hace una década, un siglo o un millón de años. Cada uno de nosotros, de la misma forma que lo hicieron nuestros padres, abuelos, bisabuelos, etcétera, hemos sentido necesidades y deseos, nos hemos dado a la tarea de buscar formas para resolverlos, elegido la que nos ha parecido la mejor opción y la hemos puesto en práctica. Y así hemos aprendido, es decir, descubierto qué ha funcionado y qué no. A ese acervo le llamamos experiencia. Una experiencia que podemos codificar y comunicar a otros, por obra y gracia del lenguaje, ese tesoro evolutivo del que hablamos en nuestra primera estancia.
¿Qué tiene esto que ver con la cultura? Si hemos seguido el camino hasta aquí, nos daremos cuenta de que para esos problemas de escala universal, comunes a todos los seres humanos en todas las épocas, problemas estructurales digamos, hemos ido construyendo, entre todos, espacios de solución dentro de los que hallamos a las ciencias, las técnicas, las religiones, las filosofías, las artes, los sistemas políticos, sociales y económicos, los ritos, las tradiciones, las leyendas y los mitos. Al paso de los siglos, como especie, hemos ido acumulando nuestras decisiones individuales en torno a esos problemas universales, haciendo de la historia un plebiscito continuo cuyo resultado es una muy especial forma de memoria, constancia de las soluciones que no sirvieron y de aquellas otras que sí lo hicieron. Una memoria colectiva que se llama cultura.
Esta concepción de cultura la había adelantado Ortega y Gasset en 1930. En el ensayo Misión de la Universidad define el concepto de cultura como
El sistema de ideas vivas que cada tiempo posee. Mejor: el sistema de ideas desde las cuales el tiempo vive. Porque no hay remedio ni evasión posible: el hombre vive siempre desde unas ideas determinadas, que constituyen el suelo donde apoya su existencia.
Y el mismo autor, en su libro En torno a Galileo (1933) afirma:
La cultura no es sino la interpretación que el hombre da a su vida, la serie de soluciones, más o menos satisfactorias, que inventa para obviar a sus problemas y necesidades vitales. Entiéndase bajo estos vocablos los de orden material que los llamados espirituales.
Hora de regresar, hora de partir
Ya es tiempo de regresar. Hemos terminado lo esencial de nuestro paseo y es hora de hacer un recuento.
Debe sernos claro que la cultura es imprescindible. No se trata de un adorno ni de una vana ornamentación intelectual; no es un oropel verborreico destinado a impresionar a nuestros oyentes, ni una ociosidad inútil, carente de valor, sino de algo muchísimo más profundo y poderoso. Es la memoria humana, lo que nos posibilita ser humanos. Es el catálogo de dilemas comunes y respuestas particulares a esos dilemas, formado, se quiera o no, se crea o no, por las reflexiones, las elecciones y los actos de cada ser humano desde la antigüedad más remota. Es el saber de nuestra especie, alimentado por el drama perpetuo que protagonizan nuestros deseos y el caos que es la existencia, mediados por nuestra curiosidad y nuestra razón.
La ciencia, ese increíble medio de conocimiento que tanta relevancia tiene en nuestras vidas, es parte de la cultura, pero no es la cultura. Lo mismo podemos decir acerca de los saberes tradicionales, de la filosofía, el arte o la política: todas ellas son una manifestación de la cultura, pero no la definen. La cultura es algo mucho más grande y sostengo, mucho más importante.
Pero la cultura hoy está bajo amenaza. En muchas formas, y muy graves. Y aquí quiero denunciar tres de ellas.
La primera es el barbarismo; Ortega y Gasset nos advirtió contra él en la década de los 30, más o menos en la misma época en la que Russell y Huxley nos prevenían contra los excesos de la ciencia.
El barbarismo. Nuestra civilización está llena de él. Está presente en todos los estratos sociales, no tiene color de piel, edad ni cuenta de banco determinada: es omnipresente. Está encarnado en individuos que no quieren ser confrontados, menos aún agobiados, con valores intelectuales o espirituales, es decir, con cultura. Persuadidos de que no hay límites ni puede haberlos, para estos seres la vida siempre debe ser sencilla y abundante, ajena a la naturaleza trágica de la existencia, porque ese es su derecho. El esfuerzo intelectual y espiritual les resulta no sólo innecesario, sino ofensivo. Autoindulgentes, se comportan como niños malcriados. Escuchar, evaluar críticamente sus propias opiniones y las de otros, pensar por sí mismos o actuar con consideración hacia los otros no es necesario. Ajenos a la cultura, la detestan, a veces pertrechados en títulos y grados académicos que no son más que diploma a la limitación, y más a menudo, en una ignorancia radical en la que cifran su sentido de poder, su anhelo de control.
A estos nuevos bárbaros sólo les importa su minúsculo mundo y sus iguales, el resto debería adaptarse. Asumen estar siempre en lo correcto y no necesitar justificaciones: se amparan en una falsa erudición, en fortines dogmáticos que no entienden pero que repiten bien amaestrados o en un victimismo que apenas esconde la indolencia que trata de cubrir.
Sin ninguna práctica en el lenguaje de la razón — pensar no es fácil y estos nuevos bárbaros exigen que la vida sea fácil — , sin ningún deseo de aprender, sólo hacen suyo un idioma: el de la violencia, la violencia que es, recordemos, el argumento de quien no tiene razón.
Cualquier cosa diferente, cualquier cosa que juzguen irrelevante no tiene derecho a existir. Detestan ser diferentes a la masa, aunque de dientes para afuera presumen e incluso defienden una individualidad que no es más que una máscara. Se amoldan, ajustan su apariencia a las modas dominantes y buscan confirmar sus propias opiniones en el cálido cobijo de los medios masivos de comunicación, especialmente de las redes sociales. El nuevo bárbaro no quiere y no puede sobresalir, aunque se esfuerza en ello, recordándonos al imbécil de la manita frente a las cámaras del que se lamentaba Eco.
El nuevo bárbaro, en fin, no piensa. Renunció a ello en aras de una falsa sensación de seguridad, a menudo alimentada por astutos que le venden ideas que le confirman su derecho a ser imbécil. Deambula sin dirección por la vida, redimido de todo esfuerzo espiritual, medida o verdad como principios rectores. Carente de toda guía por voluntad propia, se aferra al cuerpo de sus iguales.
La segunda amenaza a la cultura es la utilidad y el inmediatismo. Hoy en día, si algo es estima inútil o demanda esfuerzo y paciencia, es despreciable. Queremos todo, queremos más y lo queremos “rapidito”. Y estos principios, si es que lo son, resultan incompatibles con la cultura. Hace muchas décadas Rilke nos recordaba que el arte nos exige saber madurar como un árbol, que no apremia su savia: la imagen es pertinente: cultura y cultivar comparten la misma raíz, colere. ¿Cómo podemos apresurar la siembra, el crecimiento, la cosecha? ¿Podemos esperar buenos frutos si, persuadidos por un sentido erróneo del valor de las cosas y del tiempo, pretendemos poner prisa donde no tiene cabida? La prisa de nuestros tiempos es la antítesis de la cultura, alimenta la barbarie, el fanatismo y es la base de una de las muchas paradojas de nuestros días: queremos ser libres, pero ni siquiera somos capaces de darnos tiempo para aprender a serlo.
Lamentamos todos los días el egoísmo, la ruptura de nuestros lazos comunitarios; pero al mismo tiempo renegamos de la cultura, no le damos tiempo, no nos entregamos a ella para cultivar el desinterés y el aprecio por la gratuidad. Si, como decía Ionesco, imaginar es tan importante como respirar, nos estamos ahogando, sofocamos nuestra humanidad. Hoy como nunca tenemos a nuestra disposición increíbles acervos hemerobibliográficos, pero preferimos actualizar nuestros estados en las redes sociales.
Esta prisa, este vértigo insensato de todos los días, está secándonos. Nos aleja de nosotros mismos y de la vasta herencia cultural de la humanidad. Extraviados en un sentido perverso de lo que es útil, hacemos de lado con desdén las muchas oportunidades que tenemos para detenernos a pensar, a observar, a tomar agua en los mares de la cultura humana. Olvidamos que el tiempo está en el corazón y que decir “no tengo tiempo” es lo mismo que decir “no tengo corazón para ello”.
Queremos tiempo. Y cuándo lo tenemos ¿qué hacemos con él? Queremos vivir en paz, pero ¿qué hacemos por ella si no somos capaces ni siquiera de estar en paz con nosotros mismos? Queremos una vida mejor ¿cómo esperamos lograrla si renunciamos a la heredad que nos han dejado los que nos antecedieron, si claudicamos de nuestro derecho a imaginar? Queremos ser útiles ¿para qué, si no tomamos el tiempo para descubrir nuestros valores? Queremos poder ¿para qué, si renunciamos a imaginar un mejor futuro? Queremos todo, queremos más, rapidito, a cambio de nada, sentados en una ignorancia soberbia y en una soberbia ignorante.
Bárbaros apresurados, corremos el riesgo — y con nosotros la cultura — de ser pasto de fanáticos. En todo el mundo, en diferentes formas, veladas o explícitas, se pueden ver los signos del fanatismo, ese del que nos advirtió Menno Ter Braak, que se deleita en estimular la agresión y el enojo, carente de ideas propias y que no está interesado, por más que lo afirme, en las soluciones a los problemas sociales, pues la injusticia es necesaria para mantener una atmósfera de odio y vilipendio, clima ideal para que su retórica hipnotice a los bárbaros con prisa quienes, a cambio, ceden su conciencia.
Este es el tercer riesgo que enfrenta la cultura y nosotros con ella. El fanatismo que, parafraseando a Fellini, está firmemente enraizado en el culto del resentimiento y en el vacío que éste llena en la sociedad, crece siempre ahí donde abunda el barbarismo, la falta de conocimiento de los problemas reales y el rechazo de la gente — por pereza, prejuicio, avaricia o arrogancia — a dar un significado más profundo a sus vidas. El fanatismo que florece en donde las personas se jactan de su ignorancia y buscan el éxito para ellos mismos o su grupo, mediante la presunción, las afirmaciones sin sustento y una falsa exhibición de buenas características, en lugar de apelar a la habilidad verdadera, la experiencia o a la reflexión. El fanatismo que no puede ser combatido a menos que reconozcamos — y para eso necesitamos pensar y darnos tiempo para ello — que se trata del lado estúpido, patético y frustrado de nosotros mismos, y del cual debemos estar avergonzados.
Quiero agradecerles su compañía en este viaje, y antes de decirnos “hasta luego”, dejarles este pensamiento. Lo debemos a Kant, quien lo escribió en 1784 a propósito de la Ilustración:
La ilustración es el abandono por el hombre de la minoría de edad que debe atribuirse a sí mismo. La minoría de edad es la incapacidad de valerse del propio intelecto sin la guía del otro. Esta minoría es imputable a sí mismo, cuando su causa no consiste la falta de inteligencia, sino en la ausencia de decisión y de valentía para servirse del propio intelecto sin la guía de otro. Sapere aude! ¡Ten la valentía de utilizar tu propia inteligencia!
Fuentes
Para la realización de este ensayo, se consultaron las siguientes obras:
- Abbagnano, N. Diccionario de Filosofía.
- Eco, U. Contra el fascismo.
- Israel, J. I. La Ilustración radical. La filosofía y la construcción de la modernidad, 1650–1750.
- Kant, I. ¿Qué es la Ilustración?
- Livio, M. Por qué: Qué nos hace ser curiosos.
- Ordine, N. La utilidad de lo inútil: Manifiesto.
- Ortega y Gasset, J. La rebelión de las masas.
- Ortega y Gasset, J. En torno a Galileo.
- Pagden, A. La Ilustración.
- Marina, J.A. y Rambaud, J. Biografía de la humanidad: Historia de la evolución de las culturas.
- Reale, G y Antiseri, D. Historia del pensamiento filosófico y científico.
- Riemen, R. Para combatir esta era: Consideraciones urgentes sobre el fascismo y el humanismo.
- Russell, B. La perspectiva científica.
