Compartí una cerveza con un magistrado en la playa

Luce algo abigarrado pero despreocupado a la vez. Es de gran tamaño, ciertamente obeso. Quizá tenga unos 55 años, no más de 60. Una cadena de oro se adhiere a su cuello y pecho. De ella pende un dije de la Virgen de Guadalupe. Un reloj suntuoso adorna su muñeca. El traje de baño que porta y sus accesorios le dan un aura de millonario retirado. El pelo es escaso, aunque conserva cabellos negros de entre aquellos grises. Apoya su puño izquierdo en la cintura, haciendo un ángulo con su codo. Con su mano derecha sostiene la cerveza que acaba de pedirme y que yo saqué de la hielera sin pensarlo, y sin saber aún quién era ese hombre. La botella descansa sobre una panza prominente.

-Está algo caliente, mano- dice franco.

En su voz no hay reclamo. Es más bien una manifestación de transparencia y apertura, un anuncio de su disposición a convivir. El tono transmite alivio. Como si se acabara de librar de un peso inescapable. Como si finalmente fuera libre de poder hablar sin tener que pensar tanto. Agradeció de todos modos la cerveza con intención sincera.

-Mi favorita es la Montejo- agregó. Pero la Tecate estaba bien. Aunque hubiera preferido que fuera de la roja.

Yo no respondí nada.

Me dijo que era un magistrado. Al menos lo había sido en su otra vida, porque esta que vivía justo ahora ya era otra que él se había permitido. Un poco tarde para su gusto, dijo, pero seguro. Dice que extraña su natal Tijuana. El DF era un monstruo inmundo que debía ser exterminado.

Mira al horizonte con ojos inmóviles. Como si allá se hubiera quedado la vida que acababa de dejar tras de sí y ahora la contemplara desde la otra orilla. Esa vida que él describió como un laberinto cuya única salida honrosa consistía en pegarse un balazo. Pero él no quería morir. No todavía. En un momento de iluminación tuvo una idea. Tomó lo necesario. Cobró algunos favores, hizo un par de diligencias y listo. Años de cabildeo y compadrazgos convenientes, frutos de su posición, finalmente servían para algo. Un nombre nuevo, pasaporte nuevo, dinero en cuentas offshore imposibles de rastrear, en fin.

-No sé por qué te cuento esto- dijo. -Supongo que ya no importa lo que haga. Toda esa mierda para mí no existe ya. Volví a nacer-. Dio un trago a la cerveza, sin quitar la vista de las nubes dibujadas allá al fondo.

Me contó que estaba peleado a muerte con su esposa. Una pinche frívola, según sus palabras. En un cumpleaños de ella, él le había comprado de regalo una camioneta de lujo, pero no la Mercedes, que era la que ella quería. Cuando le dio la noticia en el restaurante, ella maldijo en voz alta, aventó platos y derramó el vino en su cara. Tuvo que intervenir seguridad. También llamaron a la policía. Hubo que pagar a la prensa y hacer unos arreglos para que el escándalo no saliera a la luz. Menos mal que no había muchos comensales. Con lo que gastó en ello hubiera podido comprar la Mercedes.

–Un puto desmadre–, sonrió con sorna. Y bebió otro trago.

Tenía además broncas con unos matones. Había hecho planes para unos bisnes un poco chuecos. Lo de siempre, dijo, nada nuevo. Sólo que esta vez el negocio no había salido bien, la había cagado en serio. Tuvo que jugarles mal para salvarse a sí mismo y quedar limpio. La cosa se puso “algo fea”, dijo no sin cierta indiferencia.

–De todos modos siempre cargo una pistola–, se llevó la mano al bolsillo, con la seguridad que da saberse dueño del plomo. –Por si las moscas, ya sabes–.

Me miró de reojo.

Hace calor, pero el sol da tregua. O más bien las nubes. El mar trabaja a su ritmo, acompasado, hipnotizante. No hay mucha gente a esta hora en la playa. A lo lejos un hombre camina cerca de la orilla. Tal vez viste de traje. O es un espejismo. Yo estoy de vacaciones. O quizá también huyo de una esposa y matones imaginarios.

Volteó a verme por primera vez y detuvo su mirada. –Estás muy chavo–, dijo sorprendido. –Lo que daría por tener tu edad. Haría mierda al mundo, hijo. Ve despacio, hay tiempo para todo. Ah, y cógete a todas las que puedas. ¿No eres casado, verdad? Bueno, no importa, al final esas chingaderas son puras mamadas–. Rió desenfadado, con una liberación verdadera. En su carcajada no había falsedad ni sarcasmo. En efecto: había vuelto a nacer.

Dice que está convencido de que la vida es de rachas, buenas y malas. Sólo que él llevaba más de 15 años en una mala. Y si el azar o el universo no colaboraban, él solito forzaría las cosas. –A veces hay que torcer el destino, hijo. Chingue su madre el destino, apréndete bien eso y ya la hiciste. Yo lo aprendí muy tarde–.

El hombre que camina cerca de la orilla ya está más cerca. Viste de traje y corbata. El saco cargado al hombro con la mano derecha, la izquierda en el bolsillo. El magistrado aún no nota su presencia.

Dice que le preocupa su hijo. Se compadece de él porque tendrá que resignarse a crecer con esa loca hija de la chingada. Y sentía culpa. Pero a veces hay que ver por uno. –Vida sólo hay una, por eso hay que crearse otras–. Y si la vida quería, se reencontraría con su hijo tarde o temprano y compensaría todas sus faltas como padre.

–Ser magistrado es una chinga–, confiesa de pronto. –Hay que lidiar con cada pendejo, secretarias feas, funcionarios lameculos. También hay que poner cara de imbécil con los de arriba, sacrificar el ego. No lo vale. Además, las leyes las aplicamos a los jodidos. Pero seguro eso ya lo sabes. No te cuento nada nuevo–. Dio un nuevo trago a la cerveza.

Tenía años de no ir a una playa. La primera vez que fue de niño casi se ahoga, pero él igual quedó fascinado. Su papá lo sacó a jalones de las olas y lo reprendió: no sabes nadar cabrón, no te metas. –Me metió mis buenos putazos, para que aprendiera la lección–. Un tipo duro su papá. Pero sí, aprendió la lección: 50 años después salía a gatas de una vida que casi lo ahoga.

El hombre de traje ya camina en línea recta a unos 10 metros de nosotros. Tras de sí deja un rastro de huellas de zapato. No parece molestarle el calor sofocante, ni que las olas le mojen los pies. Fuma un cigarrillo, la mirada fija hacia nosotros. El magistrado nota su presencia y enseguida su mano se dispara como resorte al bolsillo.

Yo iba a ofrecerle otra cerveza, pero entendí que el pasado nos persigue. No se puede dividir.