Reflexiones visuales escuchando «After The Storm» de Mumford & Sons

El dolor remese el corazón humano. Lo despierta, lo pone contra sí mismo y le hace preguntas terribles sobre el sentido de todo, incluso de la alegría. El sufrimiento nos pone de rodillas, nos hace mirar al cielo buscando hallar respuestas… pero el cielo calla; o habla de un modo que no podemos comprender. Y el corazón espera, podría esperar mil años si fuese necesario, porque la esperanza es la condición del hombre en este mundo; y no existe corazón humano que no busque…: la visita de un rayo de sentido, por ejemplo, la estrella fugaz de una coincidencia o, si queremos ir más allá, la simple posibilidad de conectar un haz de luz y una centella con tal de descubrir que la noche cede el puesto al día, y que así se suceden las cosas de este mundo…

El precio de perder la esperanza es la hipoteca de nuestra humanidad. Quien conoce la vida, conoce la muerte, el dolor, la miseria; y sabe que son pocos – o ninguno – quienes salen librados de probarlas. La inteligencia más simplona nos llevaría a la resignación, a la desesperanza, a doblegarnos ante la verdad contundente de que somos seres para la muerte… y sin embargo, el corazón se alza en rebeliones inauditas: nos lleva por caminos escarpados y senderos imposibles con tal de rehuir a lo inexorable. Y lo más impresionante…: cuando alzamos la mirada vemos que es toda la humanidad la que recorre la misma dramática y estrecha senda de esperanza.

Y de pronto alguien nos toma de la mano y su presencia se convierte en un recuerdo misterioso de la tierra a la que pertenecemos. La certeza maciza del mal se enfrenta a una tímida pregunta sobre el bien… y es que se despierta la fe y se levanta el rostro cuando otra mano susurra cercanía y pide permiso para rozar nuestra existencia. La bondad del encuentro se transforma en amor y su pregunta, una vez tímida, ahora se desteje y se yergue hasta la afirmación: «¡Mi patria no es la muerte!» – la imagino gritar – «La comunión es mi hogar»… y su grito penetra y traspasa el dolor, resquebraja los linderos de la nada y enciende lámparas en la penumbra. La existencia se encrespa de emoción ante este descubrimiento… ¡Así es! ¿Acaso no sabes que los primeros brotes de la alegría aparecen siempre en los cultivos del miedo?

Y habrá un día donde llegaremos al lugar al que apuntaba la brújula de nuestra nostalgia. Un lugar donde el miedo, el dolor y el odio no existirán, porque el amor los habrá consumido. Ahí la amistad no solo rozará la palma de nuestras manos sino que tocará lo más hondo de nuestro corazón; y el amor… el amor no nos volverá a hacer llorar, al contrario, cada lágrima derramada en su nombre se convertirá en un caudal de gozo grande, amplio, tan hondo como la tristeza que supimos cargar. ¡Esta es mi felicidad! ¿Me entiendes? Deja que te alcance… porque la alegría no es más que la realización de la esperanza.

He aquí la respuesta. No la encontré fuera de mí sino dentro… y no la he colocado yo ni la poseo a pesar de tenerla en mi interior. El temor de que el universo se derrumbe encima mío permanece como permanecen intactas todas mis fragilidades de hombre y la oscuridad de mi alma. Pero esa luz de comunión está ahí, y aunque a veces quiero negarla – porque la desesperanza duele pero su senda es ancha –, brilla más fuerte que todo lo que hay de oscuro en mí. He aquí la respuesta, y lo maravilloso de mi esperanza, si me lo preguntas, es precisamente esto, que yo no la poseo, no la controlo, y yo no me la he dado.

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