Muchas veces, cuando uno empieza a hacerse preguntas sobre política, termina haciéndose preguntas sobre la vida. Los límites entre ambas se borronean bastante rápido. ¿Qué le pedimos a la política? ¿Qué le pedimos a la vida? Si a la vida le pedimos que nos permita ser felices, ¿podemos pedirle a la política que nos haga felices?
Nuestra respuesta es: depende.
La política ciertamente puede mejorar la vida de las personas, aumentar su bienestar y darles un sentido de pertenencia y comunidad. Esta idea ha sido uno de los pilares de nuestra gestión en la ciudad. Mientras otros partidos políticos preferían hablar de ideología y declamar grandes consignas, nosotros decíamos que el Estado, con una mirada abierta y ambiciosa, tenía un potencial enorme para mejorar las vidas concretas de sus ciudadanos.
Es decir, hacerlos más felices. Creemos que una de las misiones del Estado es aumentar el nivel colectivo de felicidad de sus habitantes, especialmente la de aquellos que han tenido menos suerte. Es en la felicidad de estas personas sin trabajo, o con problemas de vivienda, de salud o de acceso a la educación, donde el Estado tiene la posibilidad de hacer un mayor impacto. Cuando alguien vive día a día, siempre resolviendo problemas urgentes, sin la posibilidad de descansar o planificar, es difícil ser feliz.
Para la felicidad del resto de la población, sin embargo, que tuvo la suerte de recibir una buena educación o crecer en hogares más o menos cómodos y estables, el poder de fuego de la política es más limitado. El Estado puede llevarnos hasta el borde de la felicidad, darnos autonomía para tomar decisiones y hacernos sentir protegidos como miembros válidos de la sociedad. Pero no puede protegernos de nuestros errores o de la mala suerte o de los errores de otros. Aun con la mejor política y el mejor Estado, habrá miles que sufrirán penas de amor, otros miles que se llevarán mal con sus jefes o cuyos equipos favoritos perderán finales en tiempo suplementario.
En las últimas décadas, países de todo el mundo se fueron dando cuenta de esto. Después de siglos de guerras y autoritarismo, lo que la mayoría de la gente quiere es una vida sencilla, segura, sin dolor y que, en la medida de lo posible, permita a cada uno alcanzar sus objetivos y los de sus familias. Y los Estados modernos más exitosos han intentado darle a cada uno la posibilidad de ser feliz. Se trata casi siempre de una promesa sin épica, porque no ofrece grandes relatos ni recompensas emocionales. Pero es una promesa posible.
Nuestra visión es la de una política que ayuda a sus ciudadanos a tener las vidas que quieren tener. No puede prometerles la felicidad, porque eso depende de cada uno. Pero sí puede contribuir a ponerla a su alcance.
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