En construcción
Cada mes representa un nuevo reto. De manera casi quirúrgica he tenido que maniobrar para adentrarme en los múltiples estadios por los que atraviesan mis estudiantes, para guiarlos en la búsqueda de su mejor versión y que sean capaces de potencializar sus habilidades académico-sociales dentro y fuera del aula.
Cuando me acerco a los alumnos y les pregunto por su día a día, con la intención de identificar sus niveles emocionales, su primera reacción es una barrera comunicativa. Evaden con respuestas que llegan en monosílabos: bien, “normal”, “X”. En algunos otros casos el feedback vuelve como un
segundo cuestionamiento: “¿para qué me pregunta eso?” “¿eso qué tiene que ver con la materia?”
En otras circunstancias, son afirmaciones contundentes las que responden a mi acercamiento: “a usted no le debe importar cómo me siento” “yo creo que usted debe limitarse a dar su clase” “eso de las emociones es perder el tiempo”.
No puedo culparles de la incomodidad que resulta para ellos el exponerse al “natural” en un espacio donde históricamente se supone que se asiste para recibir “instrucción académica” y no a que “me pregunten cómo me siento”. En el último periodo he agudizado mi observación del espacio en el que se desarrollan dichos actuantes, con palabras y actos que se pueden ver, pero también de los que se puede hablar y recordar, para establecer narraciones (Peza, 2008) que dan cuenta de la vida y aspectos de la vida estudiantil paceña.
La Paz, Baja California Sur es un lugar conformado de una manera muy particular. La población se extiende a las zonas de la periferia. Los jóvenes ya no quieren bajar al centro de la metrópoli. La capital paceña está segmentada y significada, pero al mismo tiempo, se localiza en un proceso de resignificación, en el que juegan papel importante la nueva reforma educativa y la pugna política entre el Gobierno Federal y el Gobierno Estatal por el no reconocimiento de la Baja California Sur como estado fronterizo, hecho que deriva en impactos económico-socio-culturales.
Recientemente me he dado la oportunidad de retornar a la lectura de autores que no leía desde la universidad. En las últimas semanas he vuelto a reconectar con la perspectiva de Turner (1969), para re-comprender cómo es que las culturas se construyen, a partir de una ruptura con el entorno social que les rodea.
Cada ser humano, sociedad y nación posee su propia gama de ritos y rituales que facilitan la materialización del entramado social que avanza al ritmo del contexto histórico. Es así que, a partir de la metáfora de los ritos de paso, entiendo la vida estudiantil de los adolescentes paceños en razón de una sensación de “no pertenencia” con su entorno y sistemas sociales, fruto de la ausencia de escenarios académico-culturales.
