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Estábamos con mi sobrina en una plaza del barrio, ya habíamos pasado más de una vez por cada juego y de lejos, pude ver cómo los últimos rayos de sol le empezaban a dar en la cara, anunciándome que en pocos minutos el día terminaría. Pero yo venía demasiado apurado por resolver otros problemas como para tratar de entender lo que esa enorme estrella tenía para decirme. 
Al llamarla, Valentina intenta frenar uno de esos juegos que dan vueltas y te marean, y se baja corriendo con los ojos cerrados, hasta chocarse de frente contra una pared. El golpe fue tan fuerte que yo también lo sentí. 
De repente pude ver cómo la ansiedad, la falsa confianza y la distracción habían estado jugando también conmigo durante todo ese tiempo, mareándome, tapándome los ojos y lanzándome de un empujón a la vida una y otra vez, para dejarme tirado en el piso y con un dolor muy fuerte. Un dolor que intentaba enseñarme que nadie, ni siquiera las estrellas, pueden decirme en qué momento tengo que frenar para no chocarme de frente contra una pared antes de que el día termine.

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