Ojalá nunca.

Ojalá nunca te hubiese conocido, que tan sólo hubieses pasado a mi lado, como un leve toque, como el posar de un hada.

Tú entraste en mi morada, en mi castillo de protección, en la cueva de un dragón dormido.

La vida del dragón es descontrolada por la grandeza de sus emociones, y por eso prefieren dormir, para no hacerles frente. Sólo despiertan ante algo tan precioso que perturbaría al mismísimo Sol y haría enojar a la Luna. Yo dormía, yo estaba frío, yo era inperturbable. Yo era un dragón dormido…

Has despertado mí agonía, has desatado una cascada estremecedora de emociones que se agolpan por emerger gritando y chillando una melodía traducida en un triste llanto. Por eso sufro. Por eso lloro.

Porque sufre más el pájaro que ha volado una vez que el que nunca voló, el nunca lo ahnelará, yo siempre te anhelaré.

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