BARRADEL

Los futuros líderes del país pasaron varios días esperando, expectantes, para salir a la cancha a jugar una nueva temporada de su año lectivo.

Algunos se angustian por la espera forzosa. Otros se ponen ansiosos y se preparan, como esos que tienen todo listo para el partido de su vida. La miran desde afuera, esperan a que los dirigentes quieran abrir el estadio.

En la otra esquina están los de siempre. Los famosos de las “causas justas”. Los que cierran el estadio diciendo que todo está mal, sin importar que esté bien, porque parece que no piensan en los jugadores.

Obvio que, como en todo, hay dirigentes buenos. Esos que a pesar de las piedras de las barras se animan a abrir igual y dejan brillar a cada una de esas almas que se ponen la camiseta blanca, bien planchada, y la mochila como pelota.

También están los amigos de la barra. Los que piensan que lo importante pasa por ellos y nunca por la cancha. Los que no se fijan qué campeonato se juega. Les da lo mismo la A, la B, el nacional y el barrio. El negocio es de ellos. A veces hay algo de verdad en los cuentos futboleros, en las piedras de la barra y los dirigentes madrugadores y corajudos.

La lucha no es sólo con un concepto elaborado. La lucha también es la de los pibes que esperan a llegar al aula, no sólo porque quieren llenar su panza, sino porque quieren romperse el lomo llenando su cabeza por un futuro mejor.

También está la lucha de los maestros. Los de vocación, los que abren el estadio para que salgan a jugar.

A veces no toca ser la gota que rebalsa el vaso. Venimos de una provincia donde la norma no era lo regular, donde estaba bien que los docentes no cobren en tiempo y forma, y donde no se reconocía el esfuerzo de los miles de docentes que se ponen al hombro el futuro de los pequeños bonaerenses.

Es momento de comenzar a diferenciar las luchas. Las realistas, en la que estamos todos juntos sabiendo qué es lo justo. Las de escritorio, que tienen fines políticos o para unos pocos.

Muchos quieren enaltecer sus afinidades políticas, pero un dirigente decía “los únicos privilegiados del proyecto son los niños” y, claramente, hoy eso no estaría sucediendo gracias a la dirigencia sindical.

Nadie dijo que iba a ser fácil. Nos eligieron para gobernar, para tocar las fibras más sensibles que estaban mal. El cambio pasa cuando escuchamos a los hinchas y nos preocupamos por los jugadores. Al final de la película la barra siempre se va a poner celosa.