Mis alas francesas

Tenía una mezcla de ansiedad y angustia que por momentos sentía que pesaban más que las maletas que arrastraba por aquel inhóspito suelo francés.

Los días previos habían sido de mucha adrenalina, una mezcla de sensaciones avasallantes que pocas veces en la vida habré experimentado, al menos por tanto tiempo. La combinación de ser mi primer contacto con la concreción de un sueño de toda la vida, más la proximidad a ese encuentro que me esperaba al final de aquel camino me habían convertido en un ente que caminaba por inercia.

Fueron unos 2.5 km caminando a orillas de las vías del tren con la esperanza de que cada vez faltara menos para la estación en donde estaría la última formación de vagones esperándome; la última que me llevaría a aquel encuentro que potenciaba mis deseos de que todo sucediera “ya”.

Habían pasado 3 años de la única vez que nos vimos; de esa primera y última despedida en la cocina, dubitativa, extraña. Una despedida que seguía analizando allí, a orillas de las vías de algún rincón de Francia que me daba la bienvenida al país de la fraternidad. Recordaba sus ojos, su sonrisa y el hueso prominente de sus muñecas delgadas; sus manos friccionando los dedos en un intento por disimular la timidez y el nerviosismo por tener que despedirse.

Aún nerviosa, su sonrisa era hermosa, conquistadora; solo que no me atrevía a pensar en eso, trataba de evitarlo en una suerte de ignorancia de lo que realmente estaba sucediendo.

Sonreía estúpidamente con esa sensación que tuve en aquel estómago adolescente, la primera vez que tuve una cita, detrás de un templo, una noche de octubre. Pensaba en lo intensas que habían sido mis últimas semanas, las primeras de esa aventura que planee durante toda la vida; aventura que había cambiado su significado tres años atrás; aquel día en la cocina, en aquella despedida.

Desperté de aquellos recuerdos, en una estación que tenía un reloj gigante en la fachada que le hacía frente a las nubes que parecían descender. Un escudo que tenía alas y las primeras gotas de lluvia me daban la bienvenida mientras me dejaba obnubilar una vez más por aquella sonrisa y ojos brillantes que corrían hacía mí. Me mantuve inmóvil y dejé caer mis brazos cuando sentí que mis pies perdieron contacto con el suelo en aquel estrujante abrazo que me desarmó y desconectó por unos segundos, los más fugaces. Sentí, por primera vez, que alguien había estado esperándome con la misma ansiedad que me llevaba a su encuentro. Sentí un abrazo como pocas veces había sentido; ni siquiera mi pulso pudo traicionarme como suele hacerlo y acelerarse sideralmente, simplemente volé, volé como nunca. Fuí libre.

Empezaba allí, otra etapa del viaje que había planeado en detalle casi en vano, pues simplemente deje que todo siguiera su veloz curso.

A él le gusta conducir a altas velocidades, sobre todo al atardecer, cuando los caminos están despejados. Mi lugar era el del acompañante, ese sitio donde sus miradas de reojo y sonrisas cómplices no dejaban de conquistarme, sin importar cuan cerrada parecería ser una curva para lo veloz que el coche marchaba. Ni siquiera llegaba a igualar el ritmo de mi pulso que se relajaba cuando nos encontrábamos en la cima de alguna montaña observando la inmensidad de la ciudad que, se hundía entre verdes colinas.

El sonreía y nada más me importaba.

Fuimos cómplices por algunos días. Pocos para lo que significó la larga espera; pocos al haber esperado tres años para volver a verlo mirarme a los ojos pero, suficientes para revolucionar todos mis sentidos y sentir que algo más nos unía, algo de lo que ninguno de los dos tomaba consciencia.

En todos los años que hace que vivo abiertamente mi orientación y, en los pocos que he experimentado mi sexualidad, pocas veces y, casi no las recuerdo, he sentido tales revoluciones (aunque siempre diga lo mismo). Estaba a doce mil kilómetros de casa, experimentando un viaje que escondía una intensa búsqueda de respuestas y los deseos más profundos de volver a verlo; aunque todo siga siendo tan confuso como aquella primera despedida.

Nada podía quitarme cada minuto que estuve a su lado, ni siquiera las reiteradas llamadas de su novia.

Habíamos compartido mucho más de lo que podría describir. Él, no es francés pero, encaja en los estereotipos de ese país que adoptó: libre y fraterno. Fraternidad extrema que probablemente me haya confundido más de la cuenta y que incluso me había hecho replantear la continuidad del viaje. París o cualquiera de los próximos destinos ya no eran tan interesantes como antes de llegar a esta ciudad de montañas donde me esperaban esas manos delgadas y esos ojos claros que iluminaban todo lo que mire.

Allí estaba, enamorado de una idea, nuevamente; de un modelo que creía perfecto hasta en sus más profundos defectos. No me había sentido así de querido, de esa manera, por ningún hombre; lo que supongo, hizo que todo sea más intenso. Una combinación cannábica que me hizo sentir el centro del universo.

Buscaba respuestas pero, he fallado. Tal vez hoy me acompañen más preguntas que, la distancia y un océano de por medio no responderán pero, guardo en mi cada segundo en los que nuestras pieles estuvieron en contacto; cada mirada, cada salto desde una cascada y cada curva peligrosa que recorrimos; como también guardo el nombre de la mujer que ocupa sus tiempos libres.

Su sonrisa no tiene idea de que ha sido el motivo de una de las decisiones más importantes de mi vida, ni que aquella aventura que llevará muchas páginas resumir no ha sido más que una cara excusa para encontrarlo otra vez. Para endulzar mis oídos con su particular tonada y finalmente abrazar su alma en las horas mas fugaces de mi viaje.

Otra vez nos hemos despedido con un hasta pronto, con la diferencia de que esta vez el que se quedaba era el. Otra vez espero el reencuentro mientras escribo para no decirle en un posible erróneo impulso que mi alma rejuveneció con cada uno de sus detalles.

Una vez más el amor idealizado y surreal, absurdamente fraterno me devuelve las ganas de escribir. Otra vez me siento un esclavo libre, un viajero que no dirime cuando vive la realidad y cuándo está simplemente soñando; un viajero con una particular y platónica manera de ver y sentir.

Un forastero de otra dimensión, idealizador que vive de fantasías cuasi perfectas.

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