“El boxeo te da disciplina y la oportunidad de soñar”

Entrevista a Karen Carabajal

“¡Dale, dale! ¡Pegale! ¡Con la derecha, dale con la derecha!” Presenciar en vivo una pelea de boxeo es siempre una experiencia sensible. Mientras los entrenadores arengan desde ángulos opuestos, arriba del ring los cuerpos se arquean para esquivar golpes y se contraen ante el impacto. El sonido del golpe certero, el juego de piernas, la contracción corporal sobre sus múltiples articulaciones, el olor a sudor en ambientes herméticos marea al espectador inexperto. Cada uppercut, cada cross de derecha, transforma los rasgos faciales de los contrincantes: los ojos se achinan como un buda fatigado, las narices se aplanan como champiñones; y los pómulos se hinchan de silicona mutante. Nadie duda que luego de dos siglos y la pululación de diversas disciplinas de combate, el boxeo continúe entre los primeros puestos de los deportes más violentos. “Abajo dale. Ahora Karen. ¡Abajo!” Pero cuando la estrella del primer gimnasio de box de la Argentina es una mujer de 25 años, el mundo del box muestra su capacidad de adaptación y supervivencia. Nos metemos en las entrañas del pugilismo porteño para entender como entrena y que piensa Karen Carabajal, la boxeadora del futuro.

El Almagro Boxing Club además de ser el más antiguo de la Argentina, es también uno de los animadores de la novísima Liga Metropolitana de Boxeo. En sus salones, los entrenadores encauzan con aplomo el intercambio de golpes entre sus pupilos: un escuadrón de jóvenes de rasgos felinos enfundados en camisetas del Ascenso, que entrenan con esmero al ritmo de una cumbia densa y cadenciosa. El club en penumbras le pone el marco a una danza de cuerpos desensamblados, tabiques y metacarpos fracturados, cuencas oculares inflamadas y orejas de coliflor. Un adiestramiento intenso y de alto impacto que convive con puteadas, chistes y bromas que sonrojarían al mismísimo José Carlos “Yayo” Guridi. En el medio de este universo se encuentra Karen “Burbuja” Carabajal, una princesa en un reino de hombres brutales.

El ABC se alza sobre avenida Díaz Vélez desde hace más de siete décadas, a su alrededor es posible reconstruir el crecimiento de la ciudad, desde edificios racionalistas de los años sesenta hasta las modernas torres con amenities de la reactivación poscrisis. Rodeado de gigantes de concreto y locales comerciales, el club recuerda aquellas fotos donde los abuelos enanos por el paso del tiempo son flanqueados por sus vitales nietos. La única vía de entrada al edificio es una estrecha puerta corrediza de acero laminado en caliente, cuyos relieves en forma de diamante y respiraderos azules le dan la apariencia de una escotilla. La ausencia de ventanas en el frente de la construcción hace que desde fuera el gimnasio resulte una incógnita. El único indicio de actividad es una tropilla de motos estacionadas en la puerta y un monstruoso mural donde un boxeador de riguroso azul recibe un recto de izquierda en la mandíbula.

La ausencia de luz natural y las bolsas que cuelgan en recamara previa a gimnasio principal le otorgan al club un tinte cinematográfico, sórdido y crepuscular. Una ingeniería del espacio que se realizó a pulmón y creció por capas gracias a la voluntad y suerte de los diversos socios, entrenadores y directivos. Si el valor del gimnasio de franquicia es el hedonismo, la asepsia y cierta tensión sexual; si el valor del crossfit es su cuidada escenificación pos-apocalíptica, el diferencial del AMB es su innegable espíritu amateur. La camaradería que otorga reconocerse como protagonistas de una gesta individual, violenta y trágica que muchos piensan no debería tener lugar en el mundo de hoy.

La Burbuja

Karen Carabajal descansa su metro con 75 centímetros de pie al costado del ring, los codos apoyados en las tablas y la cabeza recostada sobre las cuerdas, se encuentra franqueada por cuatro compañeros que conversan con ella de manera animada. Ríe con la frescura que otorga la juventud. Antes de fin de año va pelear por un título Argentino. “La idea es ganarlo –dice con timidez que no se condice con su mirada profunda y atenta– e ir luego por el título mundial. Ganar un campeonato del mundo”. Karen es un astro solar alrededor del cual se organizan sus diferentes satélites. Aunque ella no sea muy consciente de ello. A medida que nos acercamos, los satélites cobran forma y se asemejan más a aquellos hermanos que cuidan con celo la joya de la familia: la dadora de vida, la única, la hermana menor. Nadie se va a llevar a Helena de esta fortaleza.

Karen nos escruta con la mirada y nosotros a ella. Es una mujer de cuerpo armónico, huesos sólidos y espalda ancha, pero sin resignar sensualidad. Alta y flaca, su imagen desgarbada recuerda a la del campeón de los pesos medianos Carlos Monzón. Un rostro delgado enmarca sus enormes ojos negros, que se rematan con una delicada barbilla y coronan con una frente de lóbulo frontal promontorio. Karen además de ser ágil con los puños es una hábil oradora. A esta psicóloga y futura campeona mundial, los vestigios de timidez le otorga a su exuberante vitalidad un aspecto delicado. “Cuando arranqué boxeo –nos dice– me interesó el desafío de practicar un deporte difícil, algo que no es para cualquiera. Y a la vez, estaba en la adolescencia en donde todos quieren mostrarse, digamos, y esto me daba seguridad, una herramienta más. –Y resalta– ‘¡yo hago boxeo!’”.

No tenía mucha vida a sus espaldas cuando comenzó a boxear, pero la suya ya era una vida experimentada. Su madre había partido con su único hermano a trabajar en la aduana de algún puesto fronterizo en Misiones y su padre estaba próximo a desaparecer de su vida para siempre. Tenía a sus abuelos, con quienes vive y de los cuales todavía escucha “que gusto por hacerte pegar”. Las amigas con quienes empezó, decidieron los caminos convencionales diseñados para la juventud urbana: conseguir algún empleo, bolichear y esperar que la familia llene los huecos existenciales de la sociedad de consumo. Karen sin embargo encontró en la disciplina del entrenamiento su lugar en el mundo. “Ellas venían tarde o no venían, y yo me quedaba una hora esperando sola en la puerta. Me daba muchísima vergüenza entrar sola. El Profe me veía que estaba ahí afuera y me invitaba pasar. Pero no quería porque eran todos hombres”.

El Profe es Fernando Albelo, un gigante de estilo afable y liderazgo light, que tiene entre sus pupilos a varios boxeadores con un futuro interesante: Ariel “El Demonio” Arias, un ágil peso pluma; Juan Velazco, un proyecto de estrella mundial y Abel Puche, futuro profesional y actual novio de la Burbuja. “Bloquea ahí y mete el upper” “Volvé, mete tré” “¡Meté tré!”. Albelo, de espalda ancha y brazos como troncos, maneja el grupo al ritmo de la chicharra del ringside, chequea el celular minúsculo y reparte algunas indicaciones entre sus protegidos. “Cuando ella se hizo profesional le dije que no la podía entrenar más. Yo no cobro por esto, ¿viste? Tengo que tener el recreativo para que me paguen la cuota. Un dirigente, que ahora está en la Liga (Metropolitana de Boxeo), Marcos Arienti dijo ‘despreocúpate vamos a poner un cartel, consiguió un auspiciante, se peleó y sacaron el cartel’. ¿Y ahora qué hacemos? ¿Sabés como hago? Voy a comisión con ella. Damos la clase (de recreativo) juntos y nos repartimos el salario”. Después de casi 10 años Karen continua diciéndole Profe a Fernando, que no será Cus D’Amato o Amilcar Brusa pero que tanto para ella como para el resto del equipo es una figura aglutinante y positiva. El paternal hermano mayor de una familia de niños huérfanos.

Día de entrenamiento

La imagen del salón se refleja en un espejo de unos 18 metros de largo donde 20 púgiles avanzados intercambian golpes en parejas. Escuela de combate es el nombre para este ejercicio que lejos de la militarización de las artes marciales –sincronización de movimientos de manera colectiva, parametrización del espacio y gritos rítmicos del sensei– remite más bien a un entrenamiento grecolatino: distribuidos de manera azarosa en el espacio los púgiles intercambian series de tres golpes. El boxeo es un arte de combate individual y occidental, su objetivo no es ganar guerras ni simular encuentro bélicos, para ello están los deportes colectivos, sino restituir la figura narcisista del héroe, del duelista victorioso en el seno de un espectáculo masivo.

La fenomenología del boxeo consiste en la conquista de un hábito de combate. En la sistematización del golpe a través de la práctica racional y organizada. Ni la fe ni la ciencia preceden a los hombres que las sostienen sino que la práctica de determinados ejercicios transforma al sujeto en un hombre de fe o en un científico. Con el boxeo pasa lo mismo, el ejercicio se ubica en el epicentro de la disciplina boxística. “Golpear miles de tiros –dijo alguna vez David Foster Wallace respecto de Roger Federer– desarrolla la habilidad de hacer por ‘instinto’ lo que no podríamos hacer pensando conscientemente”. La práctica hace al maestro, reza el adagio popular, Maradona practicaba de manera obsesiva tiros libres después de cada entrenamiento en el Napoli, igual Messi o Ali en el box y Jordan en el basket. El entrenamiento vuelve más preciso al deportista en la medida que los movimientos se hacen hábitos y se alejan del plano de lo consciente.

Para la Burbuja Carabajal el entrenamiento es una parte crucial de su disciplina: “Hay que plantearse la pelea. Que es lo que uno sabe hacer bien, como potenciarlo. Proyectarte realizando todo eso. Plantearla a nivel mental. Verte en la situación ejecutando el plan bien y también ejecutándolo mal. Para ver cuál sería la alternativa, porque después te subís al ring, te bloqueaste, y no tenés otra opción. Entonces todo eso se va trabajando. Porque te puede pasar aquello que le pasó a Lucas Matthysse -quién en octubre cayó por KO en el décimo round ante el ucraniano Viktor Postol- que se bloqueó, no le salió nada y es un boxeador fenomenal”.

La belleza de este deporte reside en el orden y sus heraldos son aquellos que sobre el lienzo de la repetición pueden adelantar el golpe, improvisar y modificar su estrategia en el aire. Como en la escena de Matrix, la película de los hermanos Wachowski, cuando Neo puede ver el mundo en stop motion. Pero esto no se logra en los términos mágicos propuestos por, para poner un ejemplo grotesco, la capoeira: ser uno con el mundo, alinearse con alguna energía cósmica. Sino que, tal como apunta Karen, el entrenamiento y la sistematización posibilitan que el boxeador “genere las imágenes que después va ejecutar. Yo soy la prueba de que eso puede pasar, después sale automático. No sale automático porque sos un crack sino porque lo trabajaste tanto física como mentalmente en eso”.

La escuela de combate continúa por el transcurso de unos 45 minutos, los golpes de los puños sobre las bolsas y los cuerpos tienen la regularidad de un tren deslizándose sobre las vías. Después de una hora las caras lucen convulsionadas, las risas se ahogan en la máxima expresión de concentración que haya visto en mucho tiempo. La intensidad de los golpes aumenta, el calor se incrementa, y los cuerpos sudados bailan en silencio. El sonido de los cambios de guardia sobre el piso de goma, los golpes sobre los cuerpos y las exhalaciones se funden en un mantra colectivo. Un canto gregoriano de violencia. Una máquina de matar orgánica que respira al unísono. Albelo se encuentra en un costado con los ojos perdidos, absorto en el trance de puñetazos. La situación pudo durar un momento o extenderse una eternidad, pero terminó en el momento en que en el equipo de audio sonó un nuevo tema y todos retornamos al gimnasio, a nuestras individualidades. El entrenador grito dos movimientos y el sueño se disipo por los aires.

El sueño

Karen tiene un sueño, “me gustaría pelear por un título. Ser campeona del mundo, pero también me gustaría ser mamá y formar una familia. El día que sea mamá… Cuando sienta que di lo que podía dar, ese día termina mi carrera. Creo que va a ser difícil. Sentís que diste todo lo que podías dar y que por más que sigas intentando vas a dar lo mismo. No vas a variar mucho más”. Pero es consciente que no toco su techo: “todavía tengo un par de años” dice con los ojos enormes perdidos en el gimnasio, un gesto que alimenta sus rasgos de diosa egipcia. “Antes tenía mucho miedo. Cada pelea me asustaba. Me daba miedo a perder. Miedo a que no me vaya bien. Como en los exámenes. Pero si la contrincante gana es porque era mejor. No porque uno sea malo, porque no hiciste lo que tenías que hacer. Hay que erradicar el pensamiento de ‘yo soy la peor de todas’, ‘yo soy cualquier cosa’. Antes el 30% de lo que hacía en el gimnasio era lo que hacía en la pelea. Al inicio con esa 30 me alcanzaba, pero a medida que iba sumando rivales ese porcentaje se quedó corto porque subía la exigencia y calidad del combate. Pero nunca pude dar el 100%”.

Recién hace dos años, Karen inició una terapia con la psicóloga del club, y comenzó a notar un cambio: “el miedo desapareció, disfruto más, disfruto la previa. Antes la previa se me hacía un horror. Yo quería pelear pero sentía un dolor y me asustaba, o pensaba no tener fuerza. Cosas que sentís antes de la pelea, que no son reales pero que al pensarlas le das carnadura”.

Afirmar que en el boxeo se pone el cuerpo es una de las tantas obviedades que circulan alrededor de este deporte. Tampoco se puede negar que en el caso de los hombres, puede haber mucho dinero. Sin embargo, a la Burbuja el boxeo le da objetivos, una forma de vida. “Me da disciplina y la posibilidad de soñar. Mucha gente dice que el boxeo es un deporte individual pero no lo veo así. Es un proceso formativo y colectivo. Creo que necesitas al otro, al técnico, al contrincante, a los compañeros de entrenamiento. Y al contrario de las representaciones sociales que dictan que el boxeo es violencia, estoy convencida de que el box te obliga a relacionarte bien con todo el mundo”.

A Carabajal no la mueve el dinero para terminar la casita o ayudar a sus padres a tener una vejez tranquila. Tampoco la ambición desmedida y el lujo ostentoso de Floyd Mayweather o la frivolidad de Maravilla Martínez. Hay algo más peligroso en Karen, un destello honorable en sus ambiciones que asusta a nuestras subjetividades huérfanas de seguridades psicológicas colectivas y confortadas por el discurso publicitario. El cuerpo de Karen es un campo de pruebas, un lienzo sobre el cual despliega su necesidad superación. Cada curva, cada tendón, cada músculo trabaja para que Karen brille con luz propia: en la facultad obligándose a tener buenas notas, frente a su familia y amigos que no entendían que boxee, en el gimnasio poniendo a prueba su carácter reservado frente a un ecosistema hostil para una mujer bella y delicada. Hay algo de aquello que los alemanes llaman “flucht nach vorn”, que expresa -en definitiva- que cuando estás en desventaja o ante una inminente derrota no queda otra que ir al frente.

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