Michel Houellebecq, un humanista empedernido

Mientras que las zonas más decadentes del mundo literario lo rechazan, mientras que la crítica del periodismo cultural lo acusa de nihilista o de pesimista o se jactan de sus travesuras, y mientras los lectores no dejan de comprar sus libros pese a los evidentes síntomas de agotamiento de su estrella, pocos leyeron en serio a Michel Houellebecq. Este artículo indaga en las aporías de un proyecto antimoderno que sin embargo se muestra agujereado por los vicios del humanismo. Por Facundo Carmona.

En un paredón adyacente a la cancha de fútbol del barrio Catalinas Sur es posible leer la siguiente inscripción: “Amistad, Familia, Respeto”. “Cuidemos la canchita entre todos”. En el barrio, la amistad –lejos de ser entendida como un valor inclusivo, abierto y democrático– delimita un afuera –los no-amigos– que permite la constitución del grupo de referencia. La valoración que ordena los significantes es clara: familia y amigos son los únicos espacios de referencia donde el respeto es posible.

Una ponderación similar de los grupos primarios –y desconfianza de toda instancia de socialización secundaria– ocurre con las relaciones humanas en la obra de Michel Houellebecq. Así se comprende su desprecio a los sentimientos de vivir en democracia y al voto, el descrédito del ciudadano, y la falta de interés por el futuro de Francia, entre otras cosas. “Todo esto –señala Houellebecq en un correo enviado al filósofo Bernard-Henry Lévy el 16 de marzo de 2008 y compilado bajo el título Enemigos públicos por Anagrama– ha contribuido a aislarme del mundo, a convertirme en alguien que no se considera en lo más mínimo un ciudadano. (…) Me he acostumbrado a ver el espacio público como un territorio hostil (…) que atravieso lo más rápido posible para desplazarme de un domicilio privado a otro también privado”.

Para Houellebecq, el repliegue en lo privado es el resultado lógico de una sociedad que quebró la familia como último bastión de comunismo primitivo por medio de técnicas de segmentación del individuo. Esta estrategia –que incluyó la liberalización de las relaciones sexuales (más que liberación) y una nueva eticidad del consumo que se consolidó a partir de la década del 60 de la mano de las culturas juveniles, Mayo del 68 y la universalización de la sociedad del espectáculo– señaló un punto de quiebre donde lo social, para su correcto funcionamiento, no necesita fundarse en un sujeto de derecho ni en la opresión de las pulsiones. Por el contrario, el flujo del deseo y la comunicación es estimulado en el juego lúdico que establecemos con el mercado. De esta forma nos damos un tipo de organización social en la que se desembaraza el superyó de su función de instancia ética y se reemplaza por un reclamo constante de exigencia al gozo.

En este punto, lo importante en Houellebecq –como señaló Alan Pauls– es que logró convertirse en una competente máquina de describir el funcionamiento de lo social en Occidente: donde aquellas certezas provistas por la religión y las utopías sociales –que daban sentido y estructura a la existencia humana– se encuentran en estado de anomia; la lógica de consumo se torna en principio hermenéutico y organizador; y las relaciones sociales son causa de dolor y perecimiento.

Houellebecq tiene, entonces, la extraña virtud de poner sobre la mesa el cadáver tibio del proyecto humanista al que antepone una mirada tecnógena. Pero pese a esto, su plan continúa anudado a algunos yeites del humanismo: piensa la alternativa técnica vinculada a una nueva síntesis corporal, y la vincula con una conformación identitaria (de su especie neohumana) ligada al modelo literario, a procesos psicológicos superiores (la lecto-escritura) supeditados a la función de transmisión cultural. Aquí se manifiesta el espíritu houellebecquiano, que tiene su expresión más poderosa en su obra poética.

En este contexto, resulta notorio que esta tensión no pudo ser leída por el campo literario, o por la recepción de la obra del escritor francés en la prensa cultural, que ancla sus lecturas en tradiciones banales y no siempre confesadas como el formalismo, el humanismo o el lirismo. En esa matriz crítica, existe un consenso donde la técnica es repudiada por privar al humano de algo que resulta esencial; el lamento del humanismo por intrusión técnica ante lo verdaderamente humano. Sin embargo, mientras estas posturas continúan abocadas a la salvaguarda del Hombre, el estado de agregación tecnológica del mundo continúa su marcha, propiciando su convergencia con lo maquínico. Frente a la pululación de fenómenos culturales híbridos compuestos por un componente espiritual y otro material –donde el principio de información transita entre los pensamientos y las cosas, como un tercer valor entre el polo de la reflexión y el polo de la cosa, entre el espíritu y la materia– estas prácticas defensivas pierden terreno hermenéutico y la filosofía de la técnica se erige como una disciplina posible para vadear la ciénaga humanista y abrir el campo de lo enunciable.

Elige tu propio humanismo

Para la crítica cultural contemporánea, la novelística de Michel Houellebecq implica un salto al epicentro del malestar de las sociedades contemporáneas. Esto se ha dicho y se dice hasta el hartazgo. Autocalificado como escritor del dolor cotidiano y pintor de las frustraciones del europeo medio, Houellebecq nos describe el éxito de la lógica de consumo propagada a todos los rincones de la vida, lo porno como gramática de producción de sentido social, la genética, el terrorismo, y el hedonismo zombi. Tópicos que funcionan como fuel oil de su maquinaria literaria.

Existe también otro grupo, vinculado a la crítica neohumanista, que rotula a Houellebecq como nuevo reaccionario; y desarrolla su invectiva en torno a la vocación nihilista del autor, su carencia de una concepción más auspiciosa o matizada de la vida, y la ausencia de compromiso y rebelión. Como si la rebelión, el deseo, el compromiso fuesen valores y sentimientos ahistóricos. A esta crítica podría responderse que el hombre houellebecquiano, sumergido en la despersonalización de un mundo, tiene como alternativa la inhibición, el repliegue en lo privado ante la imposibilidad de lo público; y, en un sentido que recuerda a su mentado Schopenhauer, la resistencia solitaria de dejar de desear, producir una revolución fría: situarse por un instante fuera del flujo informativo-publicitario. Este hombre excedido pide a gritos una recomposición que, para escándalo del humanismo clásico, implica intervención genética y creación de una nueva especie. Una raza neohumana que en Las partículas elementales (Anagrama, 2001) supera la dicotomía sexual entre géneros –aunándolos en el propio cuerpo– e implicaría una rehabilitación efectiva del sentido de colectividad, de permanencia y de lo sagrado gracias al fin de la reproducción sexuada.

Sea saludando su desaprobación del capitalismo moderno actual, o cargando las tintas con su supuesto cinismo, la crítica olvida que Houellebecq sostiene un irrefrenable deseo de restaurar la imagen que el humanismo forjó del animal humano. La risotada cínica se contrapone con su prosa poética –compilada en Poesía y las intervenciones en Las partículas y La posibilidad de una isla– a favor de valores ligados a lo femenino como el altruismo, el amor, la compasión, la fidelidad y la dulzura. Pese a su crítica a los valores civilizados superiores, subraya Houellebecq en una entrevista brindada a Valère Staraselski: “hay que decir claramente que su desaparición total sería una tragedia”.

Por eso llama la atención que la crítica contemporánea utilice a la obra de Houellebecq como espejo de su propio humanismo y se resista a discutir los paradigmas donde lo técnico y lo humano se contaminan. Para Peter Sloterdijk, una de las mayores conquistas de la Modernidad es haber anudado con éxito la escolaridad a la educación. Al punto de tornarlos difícilmente disociables. Para ello fue necesario un proceso de infantilización de grandes porciones de población que hasta hace poco compartía los mismos placeres y penas que los adultos. Hasta mediados del siglo pasado, este humanismo escolástico se constituyó en el principal procedimiento antropotécnico. Tal como plantea el propio Sloterdijk, es allí donde podemos encontrar la esencia y función del Humanismo: una telecomunicación fundadora de amistad por medio de la escritura. Un circuito virtuoso de amistad a distancia que implicaba el envío, recepción y descifrado de mensajes escritos. El humanismo, que con la llegada de los Estados nacionales se vuelve pragmático y programático, amplia el modelo de sociedad literaria hasta convertirse “en la norma de la sociedad política”.

Sin embargo esta voluntad domesticadora diseminada por el globo, comprometida en el rescate del humano de la barbarie, resulta incapaz de brindar soluciones en el mundo de hoy. Houellebecq esquiva minuciosamente este problema. La modernidad no estalla tan sólo por una lógica contraria al humanismo, sino por su hiper-humanización. En 1999, con motivo del Simposio Internacional “Jenseits des Seins / Exodus from Being / Philosophie nach Heidegger”, Sloterdijk pronunció una conferencia capital para pensar nuestro tiempo Reglas para el parque humano. En ella observa que en el humanismo se despliega una metafísica clásica basada en la combinación de una ontología monovalente (el Ser es/el no-Ser no es) y una lógica bivalente (verdadero/falso). Esta metafísica, volcada sobre los dualismos de la Antigüedad retomados por el humanismo, se encuentra inhibida de dar cuenta de fenómenos culturales mixtos conformados por un componente espiritual y otro material, como la industria genética y las nuevas tecnologías. Con el ascenso de la noción de materia informada, con transferencia del principio de información a la esfera de la naturaleza –que podemos traducir como posibilidades discursivas del objeto– el humanismo encuentra su límite para dar cuenta de un mundo en el cual lo natural en oposición a lo artificial se encuentra desplazado. La “histeria antitecnológica” que denuncia Sloterdijk en gran parte de su obra es la reacción del humanismo frente al mundo de la técnica. Un resentimiento hiperbólico que hoy en día caracteriza los debates acerca de las implicancias y alcances de las novedosas tecnologías de la información. Desde los tratamientos con células madre y los bebés de diseño hasta la nueva economía de sentimientos like de las redes sociales y cierta cultura expositiva, son vistos como intrusiones en un funcionamiento “propio” o “natural”. ¿Es entonces Houellebecq un humanista “curado” de la histeria antitecnológica? Para responder a esta pregunta es interesante indagar en su lectura de la clonación, presente en La posibilidad de una isla, su anteúltima novela antes de El mapa y el territorio, donde la propuesta se interna en una deriva autorreferencial.

La gran contradicción

La posibilidad de una isla despliega una mirada ampulosa y lineal de la sociedad de la información. La isla de Houellebecq, ese espacio donde clones y terriers moran apaciblemente, es la apoteosis de una sociedad donde las posibilidades de ser con el otro se tornan insostenibles. En este sentido, La posibilidad es un trabajo de indagación sobre la conformación identitaria al interior de una sociedad que no se conforma necesariamente bajo el modelo político del estado nación. Contrapunto entre el relato autobiográfico de los últimos años de vida del personaje Daniel1, los comentarios y estudio de este relato de vida son el sustrato material que habilita la identidad de los clones futuros.

Los Daniel del futuro no necesitan nada más que de sales minerales y mensajes binarios para reproducirse o sustentarse. Salvo por un pequeño detalle. La posibilidad de transmisión de la memoria queda fuera de cualquier upload mnémico o posibilidad antropogénica. El estudio del relato de vida se instituye como principal prótesis de rememoración. Funda así una identidad, un sí-mismo diferente al original, a la vez que tiende un puente diacrónico con la historia personal. De esta forma se genera una relación en el tiempo entre Daniel y sus reencarnaciones, una tradición que selecciona y denomina, que transmite y preserva. Houellebecq recurre a la transmisión para subjetivar a sus clones. Con respecto a ella su conclusión es terminante: sin transmisión de una herencia cultural solo resta el salvajismo.

Esta autobiografía, que atraviesa el tiempo y relaciona a Daniel con cada una de sus actualizaciones, pone en juego la transmisión de una herencia, de un pasado cultural que habilita la familiaridad y la posibilidad de rebeldía (que Daniel25 salga de su espacio acondicionado). Y, en un sentido que recuerda Arendt, se respeta la libertad del donatario de hacer con ella algo distinto. En este punto, tal como explica el inefable Habermas, las nuevas generaciones pueden equilibrar retrospectivamente la asimetría de la dependencia infantil y liberarse, mediante un repaso crítico de su génesis, de los procesos de socialización que limitan su libertad. Bajo esta lógica de la transmisión, que en el clon se subsume a duplicación genética, meditación sobre el relato de vida del predecesor y redacción del comentario, es como se une pasado y presente, y se proyecta futuro.

Hasta aquí la ficción de una existencia indolente sostiene la ilusión identitaria de los clones; quienes para constituir un-si-mismo, necesitan fundar un afuera. Para ello se valen de lo humano de manera doble: por un lado, como oposición a los salvajes que vagan en las inmediaciones y, por el otro, mediante el estudio de la autobiografía del primigenio Daniel, de su “relato de vida”. La exclusión de lo humano, en el desprecio a los salvajes, y la inclusión, en el estudio del “relato de vida”, opera como síntoma, como señal de un desequilibrio que lejos de dar cuenta de elementos que pueden ser superados en una síntesis posterior, funciona como su elemento constitutivo. Así se conjura el peligro de lo social.

Pero, otra vez, el humanismo que se echa por la puerta se cuela por la ventana, cerrándose la chance para la autocomprensión por medio de la intervención genética. La obra literaria de Houellebecq pone en evidencia el malestar que produce el retroceso de la narrativa humanista en las sociedades actuales y elabora un acertado diagnóstico de la angustia imperante. Sin embargo, el hombre houellebecquiano, imposibilitado de trascendencia social, extraña la posibilidad de ser con el otro. En ese punto exacto emerge su principal contradicción. Si hay un humanismo en Houellebecq, este se subsume a la partícula, a lo individual, y se despliega en la añoranza melancólica de una sociedad idealizada, transparente, donde las cosas eran más sencillas, y existían posibilidades concretas de reconocimiento. Un liberalismo primitivo que se sostiene en la negación de la posibilidad de un comunismo antropo-técnico.

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