Aguas Verdes

Pedro Maza
Sep 4, 2018 · 6 min read

Aguas Verdes es un lugar que ahora se me presenta muy lejano en la memoria, pero en los primeros años de mi vida pareció ser muy importante, al menos eso parece en las fotos, en lo que me cuentan mis viejos y mis hermanos o en los fugaces recuerdos. Fuera de temporada Aguas Verdes no tiene más de 1000 habitantes, la mayoría jubilados o peones de campo. Durante los calurosos días de enero la historia cambia, y Aguas Verdes se transforma en un centro turístico bastante concurrido por su tranquilidad y su prácticamente desértica playa, en comparación con la cercana San Bernardo o Costa del Este.

No recuerdo exactamente el año, pero supongo que habrá sido por el verano del 2005 cuando viajamos a Aguas Verdes por última vez. Mis dos hermanos y yo viajábamos en la parte de atrás de un Golf blanco modelo 97 manejado por mi papá. En el asiento acompañante iba mi mamá, con las piernas flexionadas y corridas para un costado para dar espacio al perro, Oliver, que siempre nos acompañaba a todos los viajes. Oliver, que ahora es un perro viejo y desganado, en ese momento era un animal muy carismático e hiperactivo. Pese a esta tendencia a moverse, ladrar y molestar constantemente, él parecía entender perfectamente que durante las cuatro horas que duraba el viaje tenía que quedarse quieto, y lo hacía.

-Es un santo este perro- Decía mi papá mientras le tocaba suavemente el hocico.

Nadie contestaba nada, pero todos estábamos de acuerdo; o por lo menos yo estaba de acuerdo. Contradecir a mi papá durante mi infancia fue, sin embargo, algo muy divertido, aunque en el fondo yo siempre pensara que él tenía razón, era gracioso hacerle pensar que no.

El viaje a Aguas Vedes siempre se me presentó interminable, agotador. Salíamos a las cuatro de la mañana, con el alba. Mis hermanos y yo estábamos eufóricos por irnos un mes a ese pueblo, a ver el mar, la arena y principalmente a nuestros amigos de allá. Esa euforia se convertía muy rápidamente en impaciencia y malestar. La ruta parecía interminable y en todas las paradas me dolían las piernas. Ese último viaje del 2005 no fue la excepción.

Solíamos irnos todo enero, pero esta vez mis viejos habían tomado la decisión de ir quince días, argumentando que ir tanto tiempo era aburrido. Ahora pienso que seguramente era una cuestión económica; no sé si alguien de mi familia sabía que ese iba a ser el último viaje, yo no lo sabía. De haberlo sabido hubiera hecho más cosas, no sé.

Ese verano llegamos a Aguas Verdes por la tarde, no recuerdo muy bien por qué no salimos a la madrugada como siempre, pero me acuerdo de que ese cambio no me gustó para nada. En la entrada del pueblo se veían arboles muy altos y cargados de hojas alrededor. Apenas uno entraba se daba cuenta de que ya no estaba en casa, pero sin embargo se sentía como otra casa, había algo muy cálido en esa calle asfaltada de la avenida principal, atravesada por varias calles de tierra en donde permanecían inmutables las pequeñas casitas.

Lo primero que se ve cuando entrás es una garita de policía al costado, mi papá siempre tocaba la bocina y los policías lo saludaban con cierto aire de solemnidad y respeto. Adentrándose en la calle principal se ve un minúsculo almacén sin nombre, atendido por una mujer muy vieja que apreciaba sobremanera las charlas ocasionales con los nuevos clientes que traían las vacaciones. Unos metros más adentro hay una escuela primaria en muy buen estado y ya casi llegando a la playa están los dos o tres barcitos y “electrónicos” en donde pasábamos algunas noches, cuando había plata.

En esa último viaje, habíamos ido unos días antes para pasar año nuevo. Mi papá volvió de hacer unas compras a la casa que alquilábamos, la tarde previa a fin de año; estaba muy contento por un reciente descubrimiento y se lo comunicó a mi mamá. Esa noche pasamos año nuevo en un restaurante minúsculo perdido en una de las calles interinas del pueblo. La comida y la atención fueron muy malas, y sumado a eso nadie más que nosotros y los parientes de los dueños estaban allí. Finalmente nos fuimos y mi papá pasó varios días diciendo que lo habían estafado, buscando unas palabras cómplices en mi mamá, pero solo obtenía risas y burlas.

Ese verano fueron varios de nuestros amigos; Franco y Gonzalo eran hermanos y venían de Quilmes, por aquellos tiempos eran dos promesas del futbol, sobre todo el menor, Franco: un volante con criterio. Sin embargo nunca más supe nada de ellos, así que calculo que todo quedó en promesa. Después estaban otros tres chicos, tres hermanos que venían de un pueblo llamado La Pelada o algo así, de la provincia de Santa Fe. Con ellos y un par de chicos más jugábamos a la pelota toda la tarde, hasta que oscurecía. Después íbamos corriendo al mar y salíamos tiritando al instante con el infalible viento nocturno.
Los viejos de Franco y Gonzalo eran amigos de los míos, por lo que además de verlos en la playa, a veces lo veíamos a la noche, en alguna cena o juntada nocturna. Ellos tenían además otro hermano, que por entonces tenía 25 años. Todos los adultos lo llamaban “La nena” por sus modos afeminados. Ahora lo recuerdo hablando y diciendo que estudiaba teatro y comedia musical, mientras hacia reír con algún chiste o algo. Ni Franco ni Gonzalo parecían querer saber mucho con este hermano, e incluso recuerdo que ellos también se referían a él como “La nena” cuando no estaban sus padres.

La casa que alquilábamos estaba a tres cuadras de la playa; era la segunda o tercera vez que mis viejos elegían ese lugar. Era una casa muy chica y sencilla, pero cómoda. Tenía dos cuartos y una sala de estar con un televisor de los años 80; invitábamos a todos nuestros conocidos y veíamos los partidos del torneo de verano. Adelante había un patio repleto de plantas y con pasto fuerte y bien cortado. El dueño de la casa, Omar, era un hombre muy parco y reservado, al igual que su hijo adolescente y su esposa Mariana, que prácticamente no nos hablaban cuando venían a hacer mantenimiento.

Ese verano en particular aceptamos la infaltable invitación de Félix y su novia Amanda al circo del pueblo, que daba una función todas las noches en el centro. Amanda y Félix estaban en pareja hacia cinco o seis años, ambos tenían hijos grandes de otros matrimonios y ahora se dedicaban a viajar y a conocer lugares. Habían pegado onda con mis viejos el verano pasado y realmente era un gusto estar con ellos porque eran una pareja muy dinámica y moderna, aunque ninguno de los dos tenía menos de 50 años.

El circo del pueblo era nada más y nada menos que una familia de cuatro personas. La madre, una mujer joven y atlética, con rastas largas y sonrisa contagiosa, dirigía todo el show. El padre era un hombre que había quedado ciego y parecía bastante amargado, aunque cumplía muy bien su rol de presentador y animador. Los dos hijos, de entre 12 y 14 años, también tenían rastas como la madre. El espectáculo fue inolvidable, madre e hijos volaban por el aire, hacían piruetas y jugaban con fuego. Una vez terminado todo, pasaron una gorra y yo vi que Félix les dejó 20 pesos, que en el año 2005 era mucho.

-Son artistas- me explicó sin que le preguntara.

El ultimo día de ese verano, como ya era ritual, nos las pasamos jugando al futbol, casi queriendo compensar todo el tiempo que desperdiciamos haciendo otra cosa. Recuerdo de manera bastante vívida ese partido porque llovía a cantaros. El partido se jugaba con mucha intensidad, de cara al mar, porque había marea baja. Seriamos diez o doce chicos. También estaba jugando mi papá y otro tipo grande. Una de mis últimas imágenes ahí, en esa playa, es ver a “La nena”, que en realidad se llamaba Julián, saliendo de un médano con un tipo gordo y barbudo. Me acuerdo de sus gestos corporales, preocupado y mirando hacia los costados, entre la lluvia torrencial. Creo que fui el único de todos los que estábamos jugando que pudo verlos, porque rápidamente se escondieron.
Aguas Verdes era un buen lugar para un chico, según recuerdo.