Zurita vs. Cuevas
No vamos a descubrir acá a Raúl Zurita, pero si valdría la pena diferenciar entre el valor estético de una obra y el discurso que su autor teje alrededor de ella; sobre todo cuando esa retórica conlleva el riesgo de opacar sus momentos más interesantes. La lengua es puro trauma ‒nos dice el poeta‒, imposición violenta de un sistema cultural que expresa el dominio de lo más fuertes sobre los más débiles. Zurita no sólo se refiere al pasado chileno, a las víctimas de la dictadura pinochetista, sino también a todas las víctimas de la Historia: como expresión del sufrimiento universal la poesía es el único lenguaje capaz de unir a los muertos y los vivos, gran depósito del dolor humano recorriendo todas las épocas. Es así que, apoyado sobre una importante obra, después de las vanguardias y las neovanguardias que asolaron el siglo XX, Zurita nos anuncia otra versión del romanticismo más cristianizante: sacralización del lenguaje poético, reducción de la Historia al Mal absoluto, el hombre condenado a la desesperación y la esperanza (véase sino la entrevista titulada“Poeta en las nubes”, Página12, 17 de marzo de 2019).
Dado que la ola Zurita viene en alza últimamente vale la pena referirse a otro autor contemporáneo como José Ángel Cuevas. Las treinta canciones del ex — poeta… (1992) es uno de sus libros bisagra: ahí están el gobierno de la “Unidad Popular” y las consecuencias del pinochetismo entremezclados con imágenes salidas de la memoria emotiva, la oralidad paratáctica y el léxico realista, muy cercano al documento político o la discusión partidaria. Esa experiencia es el tema principal de sus libros, captada a la manera de un presente absoluto, desde la perspectiva de sus dilemas prácticos y teóricos en su libro 1973, recordada como si aún no hubiera llegado el pinochetismo (al inicio de Cosas sepultadas) o incluso alucinada como un sueño contra-factual que describe paso a paso la derrota de los militares golpistas (Maquinaria Chile y otras escenas de poesía política). Aunque Cuevas haya pertenecido a una bohemia más proletarizada y no se referencie en la neovanguardia de la que fue contemporáneo, mucho de ese experimentalismo repercute en su memoria izquierdista. Su estilo tiene algo cercano a la “pintura de acción” de Jackson Pollock: un discurrir de sintagmas nominales desplegados como manchas, instantáneas colectivas con nombres de organizaciones sociales o individuos concretos, en versos que combinan calles, restaurantes y centros de tortura. Es cierto: Cuevas no es el único autor chileno que habla de estos temas. Pero ahí donde un escritor como Zurita reivindica una poesía que relativiza las condiciones del presente proyectándose en la experiencia humana universal, el “ex — poeta” opta por una lengua que intensifica sus aspectos más circunstanciales e idiosincráticos: la voz de un militante derrotado que interpela sin renegar de códigos y referencias inescindibles de esa identidad estigmatizada, mezclando el habla de Santiago con los ideologemas partidarios y las alusiones rockeras; así hasta llegar a un poema hecho con los avisos de oferta sexual en los diarios. Esa escritura elocuente, “mal hablada” y precisa a la vez, le impide caer en la nostalgia idealizadora: junto a las imágenes emotivas, en sus textos se suceden los ajustes de cuentas, las críticas y discusiones entre camaradas. Cuevas no cree en la inocencia del pueblo y esto por suerte nos evita todas las abstracciones del humanismo bienpensante; en su poesía hay más bien individuos anónimos con compromisos y fracasos, presentados desde una enunciación fiel a esa experiencia llamada “Unidad Popular”. Dejamos acá algunos de sus poemas.
“A los tipos de Antes”
Mariconcito Labriola/ tú no
Participaste en tu papel/ la Fracción Comunista 70.
El Rock de los Buitres/ Happening.
No viste cómo les saltó sangre
en los mamelucos y overoles.
Se me aparece tu casa llena de telarañas
Y Uds. borrrachos de mierda, sacándose los trapos.
Tu casa está Quemada
por siempre y para siempre jamás.
Una Atmósfera de Derrota.
Cada velita cada pantalón.
No soportaron la última descarga.
Y les digo:
su cochinita depresión no salvará a M. Juárez
el escribiente engominado
ex-anarquista de la VOP/ tipo arcaico
que se gastó 45 millones en dos años.
En qué dirán Uds.
GÜEVIANDO, haciendo fiestas para cien personas
en Casas de Masaje/ Discoteque Gente Sucia,
regocijo y desorden, hablando de Pepe Derrida
que uno confunde ilusión con percepción
y tonteras por el estilo.
Su largo poema sobre la Tercera Guerra
Quedó inédito, se lo comieron los ratones,
Fue devorado junto al homosexual Jean Lapierre.
Era una inmensa mugre
los papeles cagados llegaban al techo y los condones
botellas vacías. Un Olor que lo cubría todo.
Se veían con horror manchas de sangre de los caídos.
La pesadilla de la Casa Sucia.
(de Maxim, carta a los viejos rockeros, 2000)
(de 1973)
Qué grande es para la existencia personal
un alzamiento revolucionario / dentro del propio país
todas las contradicciones antagónicas se agudizan
se suceden hechos trascendentales
fuertes determinaciones.
Uno cierra los ojos y ve fábricas
funcionando en manos de sus operarios
no de los empresarios.
Sale humo.
Los diarios de clase dirigen titulares con
sangre
y odio como si estuviéramos en 1917.
Día a día se dispara difamación
por las Cadenas Edwards y Cía. / sale lava
ardiendo
porque se preparan asesinatos masacres
Que después vendrán.
Se procede a confiscar tierras mal
explotadas
en las zonas centro y sur.
Los Comandos Industriales se declaran
en Estado de asamblea.
“Poema 17”
Cómo voy a ser amigo de E. Hernández
que se negó a recibirme esa noche que anduve muerto
de borracho. Krespi no es mi amigo es un traidor
que tanto habló y habló con su bandera
y su hoz su hez su martillo
fruncía la boca el mala tela
apenas caído el Muro se pasó al otro lado
y Meza, sumamente depresivo
siempre diciendo idioteces detalles innecesarios
sobre un acontecer insustancial
Ricardi ríe como un demente de las tonteras
que él mismo dice
sus dos personalidades / pero su mujer lo domina
y hasta ahí nomás llega el culeado.
Lo mismo sucede con el leso de Bonfi que no sabe conversar
no escucha a nadie / tampoco confío en Olmos ni Torrijos.
En estas circunstancias es necesario el repliegue
aplicar borrón y cuenta nueva.
(de Cosas sepultadas, 2011)