Boca-River, una mirada personal

“El Monumental” y “La Bombonera”. Creditos: INFOBAE

Nos encontramos ante la primera final de Copa Libertadores que se jugará en dos sábados de noviembre, la última con el formato de partidos local-visitante, y una rivalidad cuyos alcances trascienden el fútbol mismo. De hecho, la rivalidad cada vez desplaza más al fútbol pues cuesta recordar el último Boca-River con buen nivel de juego. En cambio, sobresalen las acciones extra-futbolísticas de los hoy directores técnicos durante la semifinal de Libertadores en 2004, un irreconocible Marcelo Gallardo arañando a Roberto Abbondanzieri y un Guillermo Barros Schelotto con su marca patentada de provocación. Bajo su influjo se enfrentarán en esta ocasión el River más River y el Boca más Boca posibles. Mención aparte merecen la sinfonía de patadas de la semifinal de la Copa Suramericana en 2014, y, como si el objetivo fuera hacer siempre lo más absurdo, el bochornoso incidente del rociado de gas pimienta a los jugadores de River en los octavos de final de Libertadores en 2015.

Gallardo y Abbondazieri.Creditos: INFOBAE

La antesala ha tenido todo los componentes necesario para confirmar, como si acaso hiciera falta, que en Argentina el fútbol es más que un deporte. Y es que no parece existir un punto intermedio entre los aspectos positivos y los negativos del apasionamiento de los argentinos. Los cantos ensordecedores y la estética visual de las banderas en las tribunas son inseparables de la violencia, el populismo y la sobreexposición mediática. Mauricio Macri, el actual presidente argentino, y quien construyó su proyecto político a partir de una exitosa presidencia en Boca Juniors, trató de intervenir para que el público visitante pudiera asistir a los dos partidos, algo que no se hace desde hace casi una década debido al alto nivel de violencia de ambas barras: Los Borrachos del Tablón de River y La 12 de Boca. Es más, el actual presidente de Boca, Daniel Angelici es muy cercano a Macri, lo cual tiene consecuencias directas en medio de las impopulares medidas económicas del gobierno de Macri. La dirigencia de River Plate, encabezada por el empresario Rodolfo D’Onofrio, ha sido más sobria frente a toda la locura que se ha desatado para capitalizar políticamente la situación de otra manera.

Parafraseando impunemente al analista Francis Fukuyama, asistimos al fin de la historia futbolera suramericana como la conocimos y al último superclásico argentino. Aunque seguramente tendrá algunos rezagos de su mística tercermundista, las mañas, la improvisación y la aspereza, todo lo que ocurra de ahora en adelante con la Copa Libertadores será diferente, gracias a la obsesión de los dirigentes de la Conmebol por imitar el formato europeo sin el más mínimo interés por respetar la personalidad propia del torneo, una impronta del efecto Infantino en el fútbol mundial. Por otra parte, nada será igual para los hinchas de Boca y River después del 24 de noviembre de 2018, las posibilidades de revancha en el contexto internacional son escasas y en caso de darse otro cruce del mismo calibre este nunca superará al primero. El delantero de Boca Mauro Zárate definió la situación en términos muy argentinos: “el que pierda se tiene que ir del país”.

Riquelme con su icónico Topo Gigio. Creditos: Goal. Com

Tal vez por nostalgia, con seguridad por morbo, e incluso por falta de alternativas, esta final despierta un innegable interés para mi. Quisiera tener la imparcialidad del simple observador, de aquel que va a vivir la final solo por su pasión al fútbol y todo lo que este produce, pero me gana mi filiación por el azul y oro bostero. Quiero que gane Boca pero reconozco la superioridad futbolística de River, lo cual le daría un plus a una eventual victoria de Boca. Ahora bien, un triunfo de River no será el fin del mundo para mi, en realidad espero que para nadie. Innegablemente, esta final marcará un antes y un después en todas mis vivencias futboleras.