Por qué decidí dejar de ser agresiva en mis redes sociales.

No hace tanto, entraba a Twitter con el dedo en el gatillo y la armadura puesta. Era una batalla campal y yo iba a ganarla.

Mis inicios en Twitter fueron como los de cualquier otra adolescente: usaba esta red social para hablar de temas que me interesan y conectar con gente diversa.

Pero cuando comencé a leer y tener ciertos rudimentos sobre política, me volví especialmente mordaz. Atacaba, insultaba y ponía en evidencia a quiénes parecían no enterarse de que mis ideas eran las correctas, a pesar de que yo misma me repetía que el dogma no debía existir en mi cabeza.

Esto solía venir aparejado con un tirón de followers, además de insultos y amenazas hacia mi persona. Pero, ¡fama! Qué más daba que mi discurso se percibiese como radical o se perdiese, si yo iba a quedar (moralmente) por encima.

Sin embargo, ¿servía eso de algo? ¿Convencía a alguien así? ¿Merecía la pena recibir amenazas por un puñado de followers? ¿Ridiculizar a alguien con unos memes absurdos por rascar notificaciones? ¿Crear un círculo vicioso de desprecios, regodeándome en un narcisismo atroz?

Tardé en darme cuenta de que no. De que citar a ese desconocido con alguna mordacidad sobre el género no iba a hacer que leyese a Simone de Beauvoir. Más bien, conseguía todo lo contrario.

Así que cambié el chip. Convertí mis redes en un sitio seguro, mi burbujita. Idílico y alejado de la realidad, pero con la sucia realidad trago a diario. Convertí a “Bloquear”, “Reportar” y “Silenciar” en mis mejores amigos.

Es mejor elegir bien las batallas, no gastar energías con quiénes desean pisotearte (tal como hice yo una vez) y crear espacios amables de diálogo.

No he rebajado la radicalidad de mis ideas, pero ahora no tengo la necesidad de ser una bully para compartirlas.

Porque, al final, esa aparentemente inocua agresividad bloquea que las ideas fluyan y que la información sea compartida, y me convirtieron (nos convierten) en alguien que yo no quiero ser.

Hacer de nuestros espacios cibernéticos lugares seguros, cómodos y amigables; ignorar y reportar a los trolls y contribuir a que personas cuya ideología es un claro peligro no tengan voz en estos ni en ningún otro lugar; también es un acto político.