-.16.3.2016.-

Una mano a cada lado de la pila. Se aferraba a la fría porcelana como si aquello fuera a salvarla. Miraba el agua correr, caliente, el calor dilata. Echó un vistazo al espejo, quería verse una vez más. El vapor subía empañando todo el cristal, pero pudo ver su rostro, demacrado. Las ojeras moradas bajo sus ojos, las mejillas hundidas, el pelo sin brillo, los ojos tristes… Apretó las manos un poco más y volvió a la realidad cuando empezaron a mojársele los dedos, el agua había subido demasiado, respiró hondo y cerró el grifo. Volvió a mirarse en el espejo, pero esta vez ya no vio nada más que una mancha a través del vaho en el cristal. Estiró los brazos y se miró las muñecas. ¿Iba a hacerlo de verdad? Sí, claro que iba a hacerlo. ¿Por qué no? Cogió la cuchilla entre sus dedos y la apretó con fuerza, le temblaba el pulso. Una lágrima comenzó a caerle, rápida, impasible. Volvió a agarrarse a la pila un segundo. Necesitaba un respiro. Miró fijamente el espejo que tenía delante, aunque no se veía, pero clavó sus ojos hasta que las lágrimas no le permitieron ver nada, hasta que su corazón se hizo tan pequeño que le costaba latir. Inspiró. Mantuvo el aire en los pulmones, una de sus últimas bocanadas. Luego lo soltó despacio. Era el momento. Tocó su piel con la esquina del metal, la rasgo lentamente, apretando. Un gemido de dolor. O de sorpresa, no era para tanto. Una línea roja a lo largo de su antebrazo. Apretó el puño y la sangre comenzó a brotar se golpe. Ahora el otro. Esta vez hizo dos cortes. Sumergió sus brazos en el agua caliente y notó alivio. Al cabo de un minuto se sentía mejor, más aliviada, menos pesada. Media sonrisa. Veía como el agua se volvía roja, y se relajó. Pocos minutos después cayó al suelo y se golpeó la cabeza, pero eso ella ya no lo sintió.