Siempre sentí cierto misterio en las terminales…

He tenido la suerte de viajar varias veces en avión o en ómnibus, vuelos largos y cortos, con escalas o sin escalas, por trabajo o por placer… y cada vez que me encuentro en alguna terminal, me siento en un lugar único.

No sé dónde Borges escribió, por ejemplo, “El enamorado” pero si tengo que apostar, digo que fue en un aeropuerto.

Puedo imaginar a Benedetti esperando en Tres Cruces algún bus que lo lleve a su Paso de los Toros natal y sobre una servilleta escribir:

“…si alguna vez
advierte
que la miro a los ojos
y una veta de amor
reconoce en los míos
no alerte sus fusiles
ni piense qué delirio
a pesar de la veta
o tal vez porque existe
usted puede contar
conmigo…”

Creo que me seduce esa mezcla de vorágine y calma que se puede respirar en las terminales.

Con el tiempo descubrí por qué me gustaban tanto. En las terminales podemos ser testigos de las emociones más genuinas del ser humano.

Abrazos que estaban guardados desde hace años, besos que callamos en varias noches de invierno, lágrimas de felicidad por quienes se reencuentran y lágrimas de tristeza por quienes se despiden.

¿Cuántas promesas se deben haber realizado en las terminales?
¿Cuántas angustias habremos cargado en las maletas que despachamos?
¿Cuantos besos habrán sido el último beso?

Escribo porque es la forma que encuentro de intentar dejar registro de lo que piensa la cabeza y grita el corazón.