Primavera Margi 2016: una crónica

Ayer volví del Primavera Sound 2016, mi primer Primavera Sound 2016, mi primer Primavera Sound y mi primer festival en muchos años.

He leído alguna crónica de la mandanga un poco por encima y hablado con amigos que también han asistido (pero a los que apenas he visto o no lo he hecho en absoluto) y parece que el festival al que he ido ha tenido que ver bien poco con el que cuentan. Porque es que no he visto a Tame Impala, no he visto a Radiohead, no he visto a Sigur Ros, no he visto a Explosions In The Sky, no he visto a Deerhunter, no he visto a LCD Soundsystem ni por supuesto a Beirut (que Alá les confunda), sólo la última canción de Savages, medio concierto de PJ Harvey y el inicio del de Moderat (antes de huir despavorido).

Una amiga que gusta de regañarme lo definió con la frase «quédate en tu festival para margis». Así hice y de nada me arrepiento.

Día 1, jueves 2

Empecé mi aventura festivalera en soledad la tarde del jueves. Vagué por el recinto y mis erráticos pasos me llevaron al Beach Club, una suerte de minifestivalillo con DJs, acceso a la playa y una especie de ninot cutre de Bacardí que pretendía ser una decadente casa habanera en la que servían mojitos. Me pedí uno y estuve un rato gosando de la sesión techno de Erol Alkan, aún con el sol cercano al zenit. La zona era bien curiosa. Una carpa con suelo de madera para bailotear, unos bloques de hormigón, colchones y sombrillas, un suelo amarillo segado y cubierto por lo que primero pensé que eran cagadas de oveja y luego decidí que no, que eran otra cosa (tampoco pegaba mucho un rebaño de ovejas por el Fòrum de Barcelona), un montón de guiris como abducidos de una fiesta balear, otros de un partido de fútbol del Arsenal, españoles de amplio espectro y al fondo una ciclópea zona industrial que dominaba con su ominosa presencia este remedo de pequeña Ibiza, creaban un contraste peculiar.

Contrastes

Tras el gozo de la electrónica bailable corrí al encuentro de la primera actuación que de verdad quería ver: Alessandro Cortini, un señor italiano que hace electrónica EN ABSOLUTO bailable. Fue en el auditori, que es un sitio precioso en el que la potencia y calidad prístina del sonido te reordenan los órganos vitales. Oscuridad total, una pantalla con visualizaciones como de paisajes confusos y los loops atronadores del colaborador de Nine Inch Nails me brindaron el primer rato extático del festival.

Un tema amable de Alessandro Cortini

Después de este primer concierto vi, ya en compañía, a Mueran Humanos y BEAK>, dos grupos que tenía también en mi lista de deseos, y lo hice con satisfacción. He leído mucha crítica respecto al volumen de los conciertos, pero yo hasta ahora estaba teniendo experiencias ensordecedoras y a la vez definidas, una panacea a la que uno no está muy acostumbrado en un erial de la acústica como Madrid.

Por fin me encontré con ese problema cuando bajé a ver a Empress Of, otra de las actuaciones a las que tenía ganas, y que resultó una experiencia muy deslucida, en parte por el insuficientísimo volumen del escenario Pitchfork.

A estas alturas de la tarde algo que ya empezaba a petarme la cabeza era la presencia de grupos de ingleses de despedida de soltero. Por suerte su actitud tirando a borreguista les hacía evitar los conciertos para niños especialitos que yo estaba frecuentando.

Más tarde Suuns, otra de mis bandas preferidas del festival, lo hicieron muy bien, muy raros, muy oscuros, tremendamente ruidosos y con esos graves y subgraves que te hacen dudar de si estás teniendo un ataque al corazón, con los lamentos de ese cantante que parece un actor español sin serlo, pero se solaparon con otro de los artistas a los que más ganas tenía del cartel, Vince Staples, lo cual me jodió algo. No obstante llegué a tiempo para gritar durante unos minutos «fuck the police».

No voy a hacerme el guay y decir que no me gusta ninguno de los grupos de los que la mayoría de crónicas hablan. Me encanta Tame Impala, pero coincidía con John Carpenter, un señor de 68 años que ha dirigido una de mis pelis favoritas (The Thing) y otra (They Live) que inspiró el mensaje que todos esos modernos llevan o llevaban en sus gorras y camisetas: OBEY. Vamos, que la decisión era sencilla: a tomar por culo Tame Impala. El concierto del venerabilísimo director/compositor no fue ni técnica ni artísticamente de lo más inspirado, pero sí que supuso uno de los ratos más divertidos y emotivos que pasé en el festival. La banda hizo un repaso por la carrera musical/cinematográfica del compositor/director proyectando extractos de las películas cuya banda sonora tocaban en una pantalla detrás. Escape from New York, Assault on Precint 13, Halloween, The Fog, In the Mouth of Madness, Christine, They Live, Big Trouble in Little China y hasta un homenaje a Enio Morricone cuando tocaron el tema principal de The Thing. El público estaba exultante. Como para no emocionarse, joder. Ni un solo pensamiento para ese otro concierto que me había perdido.

Y obedecimos

Cerré la jornada con los conciertos de Mbongwana Star, un muy curioso grupo congoleño compuesto por dos señores en silla de ruedas al cante y unos jóvenes rockeros a los instrumentos que perpetraron una especie de fusión entre rock frenético y sincopado y lo que supongo será folk del Congo, y el garajeo ruidosísimo (tener a dos baterías tocando simultáneamente ayuda) de Thee Oh Sees, otro grupo de mi lista.

Me fui a casa derrengado con la idea de que nos quedaban dos jornadas más pero que ya había visto casi todo lo que quería de este Primavera Sound.

Día 2, viernes 3

Queríamos haber ido al concierto de Lubomyr Melnyk, un virtuoso del piano ucraniano maestro de la Música Continua (o esto pone en su ficha), pero estábamos destruidos por la pequeña paliza del día anterior más el extra de una obra que empezaron a ejecutar a las 8:00 en el edificio en que nos alojábamos. Así que nos lo saltamos. Seguro que moló.

Nos enganchamos a nuestro particular festival margi —ya había comprobado que nuevamente no iba a coincidir con amigos en casi ningún momento— a eso de la media tarde con el concierto de White Fence, una banda californiana de rock psicodélico que estuvo bien. Más tarde tenía el corazón dividido entre lo punk de Titus Andronicus y lo industrial de Cabaret Voltaire. Ganó lo industrial, y sobre todo lo auditori.

El Cabaret Voltaire de 2016 tiene poco o nada que ver con el de los 70 y 80. Su único miembro actual (Richard H. Kirk) salió al escenario en completa oscuridad, y empezó a meter ruido de máquinas sobre unas visuales lisérgicas sin ningún respeto para nuestros tímpanos. Los temas se iban sucediendo sin pausa, mezclándose unos bucles con otros, con el mismo nivel de estruendo y abstracción. Puro ritmo, cero armonía, melodía, humanidad. Lógicamente, desde el primer tema muchos de los asistentes empezaron a abandonar el recinto. Pero los que nos quedamos estábamos cada vez más a tope, un poco en trance. A mitad de concierto algunos exaltados se levantaron de sus asientos no para irse, sino para bailar, y cada vez más gente los imitó. Lo malo de esto es que provocó que la seguridad del auditorio se cagase un poco y encendiesen las luces, lo cual por otro lado dio pie a que más gente se uniese a la rave improvisada. ¡Qué bien lo pasemos!

Una de las cosas que más me gustaron fue el presenciar como un tipo nacido en los años 50 y, que sí, que casi inventó la música industrial, pero que también ha hecho pop, se descuelga con un espectáculo tan radical (me recordó mucho a Vatican Shadow y a Pete Swanson) y sin deudas con lo que le dio la fama.

El señor Cabaret petándolo fuerte

Me gusta Savages. Me encanta Savages. Aunque después de Cabaret Voltaire ya estaba bien empezado su concierto, nos encaminamos hacia él. Era la primera vez que pisaba la zona de los grandes escenarios, que ya no era el recinto exquisito y pavimentado que había visto hasta ahora sino una enorme explanada polvorienta llena de mierda y de muchos miles de personas. Conseguimos llegar hasta una zona en la que la música más o menos se oía y podíamos ver al grupo a través de una pantalla, pero no tuve contacto visual directo con ningún cuerpo real. El contraste con la experiencia inmediatamente anterior no ayudó a mitigar el nivel de decepción que estaba experimentando, y de pronto todos los conciertos programados en esta zona bajaron uno o dos peldaños en mi escala de preferencias. Por suerte ya había visto a Savages.

El Fòrum es un sitio un poco de locos

Las rayadas de Cavern of Anti-Matter, de Tortoise (flojillos me resultaron), y el hardcore melódico de Royal Headache (cuyo cantante debió caminar unos 30km durante el concierto) nos dejaron listos para Holly Herndon, una tipa de la electrónica que tenía muchas ganas de ver. Traía un par de acompañantes, y los tres estaban dispuestos como compartiendo mesa en un sitio de co-working, con sus macbooks y sus trastos. A la izquierda de Holly, el encargado de las visuales, que incluían los escaneos 3D de su estudio que ya había visto en sus videoclips además de fotos de Ada Colau y banderas esteladas (lo que provocó la ovación de parte del público, supongo que la parte más local), también se dedicaba a escribir sus impresiones del concierto, reivindicaciones políticas, agradecimientos. A su derecha lo que en principio me pareció un blackmetalero, pero que luego se reveló como yo qué sé qué. Llevaba una camiseta que rezaba «GENDER IS OVER!» y acompañaba a Holly a las voces, a ratos de una manera muy teatral. Cuando hablo de voces no me refiero a canción melódica. La gracia de Holly Herndon es que utiliza la voz como entrada y le aplica mil filtros para generar sonidos, bucles, capas sobre otras capas. Esto da una cualidad bastante orgánica a la actuación, cosa de agradecer en un género tendente a sonar en directo como si sencillamente hubiesen pulsado play.

Holly Herndon es muy buena como música pero no muy ordenada

Después de esta dosis de electrónica avanzada esperamos otra más populachera, la de Evian Christ. Vaya si proveyó el zagal. Cañones de humo hacia el público, luces estroboscópicas, música de saltar mucho y quizá acabar participando en un tiroteo por un asunto de drogas, y en un momento convirtió aquello en una discoteca de la ruta destroy (para menores de cien años: la legendaria ruta del bakalao valenciana de los 90, techno muy duro y pastillacas). Muy divertido y revitalizante, tanto que después de bailármelo un rato me sentí más descansado que antes de la sesión/concierto.

Día 3, sábado 4

El último día de festival lo encaramos misteriosamente descansados pero con una actitud de «ya me da igual todo». La primera cosa que vimos empezó a las 19:00 y se trataba de U.S. Girls, dos muchachas cuya procedencia seguro que adivinas y que básicamente son Las Grecas. Pop hortera, monos (la ropa, no el mamífero), y música reproducida en un casette (lo digo totalmente en serio, traían su propia música en cinta) con ocasionales solos de guitarra de un tipo disfrazado (y subrayo disfrazado, que no es lo mismo que vestido) de cowboy que entraba al escenario cada vez que tenía que hacer lo suyo y se volvía a ir. La sensación que me dejó aquello es que si destilasen un poco más el componente hortera y festivo podrían llegar a hacer un espectáculo divertidísimo, pero que todavía no lo tienen del todo pillado.

Tras U.S. Girls, nos fuimos de cabeza a Autolux, otra de las bandas que tenía en mi lista de prioridades del festival. Hacen una cosa muy noventera, como un cruce entre… QUE LOS ESCUCHES:

La batería y front-woman (aunque se reparten las voces de los temas entre los tres) es maravillosa y todo fue bien. Contundente, ruidoso, bien.

No había terminado el concierto aún cuando salimos corriendo a ocupar un asiento en el auditori para ver a Current 93, la institución del dark folk post-industrial lo que sea. El escenario ofrecía un aspecto muy diferente al de los días anteriores. En primer lugar SE VEÍA. En segundo, no consistía en un apilamiento amorfo de máquinas, sino que se podían distinguir instrumentos conocidos, muchos instrumentos: su bajo, su batería, su piano de cola, sus micros, su guitarra…

David Tibet y nutrida banda salieron en medio de un apocalipsis de ruido blanco altísimo y ocuparon posiciones ante la ovación del público. Traían hasta un saxofón. Despliegue de medios, bitches.

Y empezó el recital entre la niebla y el contraluz. Y qué sonido, qué belleza, qué de letras arcanas, gnosticismo, satanismo y apocalipsis. Fue tan alucinante que se me olvidó que también quería ver a Deerhunter y no iba a poder hacerlo, y sólo puedo describir la experiencia justamente poniendo aquí un cumshot compilation video (cosa que no voy a hacer).

Resultó ser el concierto más largo que vi en los tres días, cosa que no me pareció en absoluto mal, pero hizo que llegásemos a la siguiente cita, PJ Harvey, cuando tenía ya la barra de progreso al 50%.

Era la segunda vez que hollábamos la zona de los dos grandes escenarios. Costó acercarse hasta una distancia en que el volumen y calidad del sonido no diesen la risa, pero como el día anterior con Savages, me sentí decepcionado. Y es una pena, porque Polly Jean lo estaba haciendo de muerte. Pero el sonido, la lejanía, la aglomeración.

Tras el concierto salimos de esta explanada malhadada y degustamos otro fantástico kebab (el tercero en tres días), unos churros, y vimos un poco sin querer el principio de la actuación de Julia Holter, un trozo de la de Parquet Courts, hasta que volvimos a la zona postapocalíptica para ser testigos del espectáculo de Moderat. No hizo falta que tras unos minutos recordase que en realidad ya no me gustaba Moderat y por qué, la masa de ingleses ya en avanzado estado de descomposición y las despedidas de soltero de ingleses en avanzado estado de descomposición bastaban para describir la situación como MUY DESAGRADABLE. Después de soportar un par de cantaditas coldplayeras huimos de allí para no volver jamás y nos refugiamos nuevamente en nuestro hogar, en la zona margi, donde se oía bien, se caminaba bien, se bebía y se meaba bien.

Y casi de casualidad llegamos a otra de las cumbres del Primavera Sound 2016, el concierto de Ty Segall and The Muggers, que por algún problema neurológico (porque adoro a Ty Segall) había obviado. La lió tantísimo. Fue todo tan divertido, tan intenso, tan loco, que cualquier otra banda de rock que habíamos visto hasta ahora se convertía en el recuerdo en un coro de misa. Aquí un trozo de la (casi) conclusión del concierto, con un espectador enloquecido al que Ty externalizó parte del espectáculo.

Fue el único concierto de los que vi en que el público se quedase tras su conclusión vociferando hasta conseguir un bis.

Y aquí dejamos el festival. En lo más alto. Pasamos de DJs, del amanecer y de morir.

Mi objetivo para el año que viene (si voy) es ni pisar la zona de los grandes escenarios. Y ver a más gente: me he quedado con las ganas de haber visto a Islam Chipsy, Roosevelt, Sheer Mag y otros.

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