Guatemala, el país de la eterna doble moralidad

Viví en España por unos meses y una de las principales cosas que me chocó fue el trato de los europeos. Estaba acostumbrada al buenos días, a la sonrisa de las personas, a la amabilidad y hospitalidad de mis paisanos. Para mi sorpresa cuando llegué me topé con caras largas y la frialdad que solo alguien que ha vivido allá puede entender. Paseaba por las calles sin que nadie me volteara a ver, nadie me ofrecía una silla o me intercambiaba una sonrisa (a excepción de una mujer que nunca olvidaré, que sin decirme nada se puso junto a mi y me compartió su paraguas para cruzar la calle) Por supuesto, nadie tampoco me ayudó cuando casi me deja el tren y lidiaba con mis tres maletas porque me había metido en el coche que no era.

Y eso fue lo que más extrañaba, la vida era buena pero me hacía falta ese “saborcito latino”. Cuando volví a mi país sentí un alivio, la gente me daba las gracias si les daba paso y me saludaba cuando entraba en algún lugar. Pero claro, ahora lo ví con otros ojos.

Vivo un país donde pareciera que la mayoría de la gente es amable. Sin embargo, somos uno de los países más violentos de Latinoamérica y del mundo entero, reportando hasta 15 muertes violentas por día. La gente es cálida y solidaria, pero ocurren granadazos en mercados y hospitales matando a miles de inocentes y las pandillas no dudan en amenazar, extorsionar y descuartizar a quien se les ponga en frente. Y hablando de hospitales, acá las mujeres tienen que parir en el suelo porque no hay insumos suficientes. Acá la gente murió por una diálisis mal practicada porque al entonces director del IGSS le gustaba comprarse carros del año y contratar a farmacéuticas ficticias.

Claro, aquí no me tiraron la puerta en la cara como en Madrid, pero cuando un hombre me abrió la puerta en un centro comercial de zona 10, lo primero que hizo fue verme el trasero cuando pasé. Por supuesto, los hombres acá nos sonríen y nos ceden su asiento pero en el transmetro se masturban y eyaculan en nuestros pantalones. Allá nadie me volteaba a ver, acá tengo que esquivar las miradas y andar con piedras en las manos solo porque hacía calor y me decidí poner short.

Nos jactamos que somos los más hospitalarios y empáticos, cuando más del 60% de la población vive en condiciones de pobreza y aún así, al ex presidente y la exvice les gustaba tomar el sol en su finca en Zaragoza, a la que que iban en su avioneta privada un día después de ver a los recién nacidos de los hospitales en cajas porque no habían incubadoras. O cuando los transportistas no paran para que la gente pueda descender y unas varias veces he visto a gente caer y abrirse la cabeza.

En Guatemala el alcalde de la capital está a favor de los “morongazos” a los vendedores ambulantes, pero se indigna con el maltrato animal (que no está nada mal cuando también se exige un trato digno a los seres humanos) Y no hablemos de la doble moral de los miles de guatemaltecos que salieron el 27A a manifestar -un sábado por supuesto- y ahí todo estaba bien; pero cuando los campesinos caminan desde las aldeas más remotas exigiendo respeto a sus tierras y a sus vidas lo primero que se dice es “ya van estos indios a bloquear el tráfico y a no dejarme trabajar”. Somos una sociedad que invisibiliza, nos atribuimos el derrocamiento de un presidente y olvidamos que habían manifestaciones, indígenas, campesinas y de otros sectores que empezaron mucho antes que nosotros, pero que no salían en la televisión, ni cambiaban su foto de perfil de facebook para que todos sus amigos vieran su “activismo político”.

Y no digamos todo este asunto de la memoria histórica, la unidad y el racismo. Somos un país que para hablar de Pluralismo Jurídico se nos ponen los pelos de punta y hasta sacamos videos desinformativos recordando que “Guatemala es una”. Pero que no se hable de unidad cuando el CACIF pide exoneración de impuestos. Cuando los argumentos en contra del pluralismo se basan en “es que ellos linchan” pero estamos a favor de la pena de muerte y queremos agarrar a puro palo al famoso “motocaco”. O cuando nos indignamos porque dijeron que Tikal era de México, pero creemos que son estúpidas las tradiciones mayas y forzamos a nuestros niños a aprender el español en la escuela porque su lengua materna «no sirve».

Vivo en un país donde el Presidente de la República llega vestido- o disfrazado mejor dicho- con su traje típico a presentar la agenda, porque así más cul. Pero que alguien le pregunte a la bancada oficial que piensa de la justicia indígena. Ahí nadie quiere ser tan “indito”. También vivo en el país donde los ex militares condenados por casos de genocidio y crímenes de lesa humanidad llegaron al juzgado también con camisas típicas, claro después de exterminar al pueblo Ixil y someter a las mujeres de Sepur Zarco, y quien sabe de donde más, a la esclavitud .(No es cuento, miren las fotos)

Mi país es ese donde la hija de un ex militar, condenado por genocida y que ahora se agarra de senil (porque demente siempre estuvo) pide la “pena de muerte” como solución a los asesinos. En el país donde los mismos que están a favor de esa pena ahora salen con que son “pro-vida”. Y viceversa también. Ah, y de paso son las mismas personas y pseudo diputados que se rehusan a la educación sexual garantizada.

Donde el ejército, ese mismo que como dijo Manuel José Arce «Ha bombardeado aldeas miserables, ha torturado niños,ha cortado los pechos de las madres rebosantes de leche» se pronunció a favor de la vida y juraban no permitir que el famosito barco del aborto tocara tierras guatemaltecas. Sí, ese mismo ejército que hacía reportes donde se habían asesinado a “chocolates” (código con el que denominaban a los niños y niñas) como medida contrainsurgente. Claro, no vaya ser que el niño naciera, creciera y se convirtiera en enemigo de la patria. (Ojo, que no estoy a favor plenamente del aborto, sino de su regulación. Y aún así me parece todo un mal chiste)

Vivo en ese país donde culpamos a las mujeres por ser violadas o agredidas. Donde culpamos a la policía pero les damos mordida. Donde nos pela que la gente muera de hambre, donde hayan niñas embarazadas, una niñez trabajadora, una clase élite opresora y dominante que no paga impuestos. Donde aplastamos al pequeño y argumentamos con rabia, con el hígado. Donde nos quejamos del tráfico y no mencionamos a los pilotos asesinados. Donde la derecha es corrupta y la izquierda también.

Y no trato de endiosar a una Europa muy civilizada, porque sus problemas tendrán y gran parte de su “grandiosidad” fue gracias a nuestros países. Pero lo que es cierto, y lo digo desde mi experiencia personal, es que allá nunca me amenazaron con una pistola en la cara para robarme el celular, allá había un carril especial para las personas con discapacidad y los ancianos no vivían escondidos en sus casas porque no habían ciudades adaptadas para ellos. Allá no me tiraron el carro cuando iba de peatón y no ví que atropellaran a un agente de tránsito por no darle vía.

Y entonces comprendí, que tal vez no quería que me sonrieran, tal vez está bien si no me saludan al entrar o si no son las personas más cálidas del mundo. Tal vez solo quiero que seamos más empáticos, que los niños y niñas no mueran de hambre, que la hija de la señora que trabaja en mi casa tenga las mismas oportunidades que yo y que al final, podamos si no todos estar de acuerdo, lograr construir un mejor país.

Porque da asco la doble moral.

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