Gusano

-cuento corto-

No había amanecido cuando Martita llegó a la casa sin avisar, me tocó los pies y me dijo que Carlos había vuelto. Yo, como es costumbre, le llevé un vaso de agua, ella sacó dos ramitas de canela que siempre guarda en el pecho y se empinó la porcelana ; decía que eso la tranquilizaba. A la abuela le toca quitarle los cinco vestidos que lleva puestos y tratar de encontrar la forma de liberarla del lazo que trae amarrado entre el calzón y su cuerpecito esquelético.

La abuela cree que yo no me doy cuenta, pero varias veces le he visto frotarle a Martita una especie de ungüento para que el tabasco que tiene la entrepierna no le queme tanto. La pobre Martita se la pasa llorando todo el rato mientras la cambian, tiembla de miedo y mira unas diez veces a la ventana para asegurarse que nadie la esté espiando, o en el peor de los casos, que Carlos acabe entrando por la puerta. Nadie sabe lo que le pasó a Martita y de dónde proviene su extraño e irracional miedo.

Una vez, en el velorio de su tía, Martita se embriagó muchísimo y la abuela, que nunca pierde oportunidad, quiso escabullirse entre sus más oscuros recuerdos para ver si iluminados por el alcohol podían salir a flote. Resulta que Martita no dijo nada triste más que el arrepentimiento de comer tanto chocolate y pasar días acostada en su cama. De Carlos no dijo nada, los recuerdos que tenía de su hermano parecían nobles y muchas veces insignificantes.

Andrés, que estudió psicología en la ciudad, está seguro que Martita guarda algo; algo tan fuerte que ni el licor de velorio puede hacerla escupir. Los demás, que no conocen ni de psicología ni de Carlos, se la pasan armando hipótesis sobre su infancia y lo que posiblemente podía ser la raíz de sus más grandes males. Como nunca logran llegar a una teoría sustentable decidieron acordar que lo mejor que podían hacer era tratar mal al hermano, por aquello de las moscas. Pero la abuela , que ha conocido a Carlos y a su hermana desde pequeños, no tiene duda que lo que vive en la cabeza de la pobre Martita es un gusano. Uno de los que no se ven; que se sienten, pero que no existen. Esos que algunos de nosotros cargamos y a veces nos lanzan pequeñas mordeduras que no curan rápido. Pero a Martita el gusano le crece solo en las noches.

A eso de las 6 de la mañana Carlos entró a la casa. Traía la cara pálida y sus ojitos azules de siempre se miraban más desteñidos. Estaba buscándola; Martita dormía en el cuarto de la abuela aferrada a un viejo almanaque de estampas. Cuando la abuela le explicó lo que había pasado la noche anterior el pobre se soltó a llorar. Contó que no había conseguido hotel en el pueblo y se quedó dormido en el sillón unos minutos antes que ella apareciera. Cuando despertó tenía un lazo amarrado entre las piernas y un trapo que le llegaba hasta la garganta; fue cuando se dio cuenta que a su hermana no solo le había crecido el gusano sino también el miedo.

Estaba a punto de terminar de contarnos su desdichada noche cuando Martita apareció en la cocina con el delantal de la abuela. Parecía no recordar nada de lo que le había hecho pasar a su hermano y a nosotras. Nos hizo el desayuno y le dio al pobre Carlos un beso de buenos días. Como era de esperarse, nadie habló de lo que había pasado.

Le pidió a su hermano que la llevara a casa y nos contó que se iba a poner guapa porque al medio día verían a su madre en el cementerio. Carlos se despidió de mi con un beso en la frente y me pidió disculpas por todo. Yo le dije que no había de qué. Los dos salieron por la puerta de atrás y emprendieron su camino a casa; la casa donde vivían los dos de día pero solo ella en las noches. Yo volví a cocinar con la abuela y ninguna de nosotras mencionó el desagradable altercado del que ya estábamos acostumbradas.

Nunca nadie ha logrado diagnosticar la extraña condición que acecha a Martita cada noche, pero desde ese día en adelante rezamos para que siempre haya disponible para Carlos un cuarto en el hotel y nunca se quede dormido en el sillón.