Ojalá no fueras un niño de Guatemala

Hoy estabas sentado a la orilla del semáforo esperando el rojo. Para vos el rojo es una oportunidad. Te vi con tu carita cansada y tu piel quemada. Te paraste y empezaste a caminar. Pasaste al lado de los carros con unas papalinas algo rancias. Nadie te compró.

Te volví a ver arriba de la espalda de otro como vos, llevabas naranjas en la manos y con una sonrisa pintada tratabas de malabarear. Te pegaste una carcajada porque se te cayó una y le diste a tu hermano en la cara. Terminaste la rutina y caminaste hacia mí, yo te reconocí, aunque seguro vos no a mi.

Ahora estás lustrando zapatos, tratando de aprender las letras que caen con la sombra del periódico. O estás en el campo, trabajando. Quizá amamantando a un hijo que no querías, que jamás pediste y que te obligaron a parir. O estés sentado en el parque, contando los algodones que te faltan vender. Probablemente caminás abajo de un puente con tus nuevos hermanos, esos que te enseñan a disparar un fusil que no te cabe en las manos.

Como quisiera que no fueras una estadística, que no fueras del 45.5% desnutridos, o de los 4.2 millones que jamás han pisado la escuela. Ojalá fueras cualquier cosa, menos una de las 325 niñas que tuvieron que parir en los primeros meses del año. O de las 41 que murieron solas, abandonadas en un cuartito del lugar donde se suponía te iban a cuidar.

Ojalá tus ojos nunca tuvieran que ver un arma o un muerto. Que nunca tuvieras hambre, que jamás un hombre te tocara. Lo mucho que quisiera que pudieras leer todos los cuentos del mundo, que te asustaran los monstruos y no los seres humanos. Como quisiera que te quisieran, así, como sos. Ojalá no tuvieras que irte de aquí. Ojalá no te pusieran en una jaula.

Ojalá no fueras un niño de Guatemala.