Nuquí

Encerrado entre montañas de vegetación impenetrable, frente a un mar de color azul zafiro intenso se encuentra escondido un paraíso posible de explorar sólo para corazones valientes que se arriesguen a conservar la calma durante los 45 minutos que tarda el vuelo en una avioneta diminuta que transita dificultosa un cielo casi siempre nublado al punto en que las nubes son prácticamente sólidas y deben atravesarse a punta de empeño y persistencia de los pilotos, mientras la tripulación, cerrando los ojos, aguanta la respiración enfocándose en el premio que le espera mas allá de esa espesura gris.

Justo antes de aterrizar se tiene la primera satisfacción y el pecho se hincha de emoción: la avioneta da un giro estilizado sobre el mar con el único propósito de enseñarnos en todo su esplendor una bahía enorme con playas desocupadas que recorren kilómetros y la mente automáticamente absorbe tanta inmensidad y le atribuye una explicación a esa aparente desolación: espera por mí.

Bajarse de la pequeña lata de atún voladora no es ni remotamente el fin de la adrenalina que esta tierra encierra, y es que es justamente esa mezcla entre el querer entregarse al paraíso y estar todo el tiempo expectante de los giros inesperados que da la naturaleza lo que hace de este lugar una aventura de amores y de odios, de descanso y exigencia, es volver a la versión mas pura y rústica de la existencia natural, pues allí donde se juntan el mar y la selva recreando un paisaje prehistórico, se unen también nuestros fragmentos instintivos animales, esos que traíamos diseminados bajo las capas de civilización y cultura, esos que no se dejan olvidar y reclaman y son precisamente los que nos impulsan a hacer viajes de éste tipo, a probarnos frente a los elementos y vencer, a despojarnos de toda comodidad para recordar que la maravilla es mucho mas sutil y siempre presente cuando los sentidos se agudizan.

El corazón siempre recuerda sus millones de años vividos en este planeta cuando observa con respeto la fuerza de un mar que es capaz de mover su orilla mas de 20 metros en menos de 6 horas, cuando escucha a la selva despertar con sus aullidos y cantos a mas de un centenar de árboles tan viejos que podrían contar la historia del universo, el cuerpo recuerda que siempre ha hecho parte de la tierra con cada pisada que da sobre arenas que antes fueron volcanes y en cada sumergida en cascadas heladas de agua tan pura que brotan directamente del corazón de una tierra prehistórica. Es por eso que viajo a Nuquí.

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