Dios, el tiempo y Europa. Crónicas francesas. #bonjournalist

En otra época pasada, el tiempo era exclusivo poder de Dios o de los dioses, antes que los burgueses de las ciudades, en rivalidad con la presencia religiosa, se apropiaran de la medida del tiempo, como símbolo de su poder desde el nacimiento, como manera de contar el trabajo, el suyo y el de los que trabajaban para ellos. En la ciudad de Lyon, el tiempo se mide, evidentemente, en los relojes más bellos y curiosos que haya visto jamás. Los descubrí el verano pasado al mismo tiempo que aprendía el significado de la palabra francesa “horloges”.

La Iglesia de San Pablo en el Norte de la ciudad, ignora la hora, va a su ritmo, en su propio mecanismo, uno de los más viejos, bien escondidos, reconocido reloj como tesoro patrimonial. Tiene una inscripción en letras mayúsculas en la parte de atrás, donde se puede leer “Los señores canónigos de esta iglesia colegial y parroquial de San Pablo de Lyon ordenaron construir este reloj en el año 1676 a A. Rousseau, maestro relojero de Lyon”.

Dios, el tiempo y Europa, en simetría, a lo largo del Renacimiento, salen a cada paso sobre las piedras del camino en el Viejo Leon. Uno de esos ratos de paseo me llevaron a la asociación “Renaissance du Vieux-Lyon”. Es fácil caer en una trampa y retroceder a otra época, cuando se abren las puertas de los pasadizos, “traboules”, que serpentean a través de calles emblemáticas como Rue Saint-Jean. La belleza de los siglos se descubre inmortal, mientras sostengo entre los dedos un helado de limón que sin embargo, tiene los segundos contados.

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