Lo que cuento mientras hago las maletas. Los suizos son los europeos más felices.

Los suizos son los europeos más felices del continente…así comienza la lectura de un librito que compré en unos grandes almacenes de Ginebra. Escrito por una pareja de periodistas. No he decidido si confiar o no confiar en su palabra. Será verdad o mentira, porque me parece que no hace mucho leí la misma afirmación hecha sobre Dinamarca. Seguramente uno de ellos exagera estas apreciaciones. Depende con qué gafas se observe. Después de caminar por esa librería inmensa, subo las tres plantas y me tomo un café "noisette" en su cafetería. Hasta el último momento he pensado en comprar otro libro. Me llamó la atención una pequeña "biblia" del conocimiento, algo así como una colección de enciclopedias de bolsillo, se titulaba “Un minute", un minuto para cada rama del saber.

Ginebra es ya otra más de las ciudades que le enamoran a una en Europa. Con proyectos y planes para el año que viene, empiezo a pensar que debo renovar mis cuadernos y agendas. Aunque Suiza y Ginebra no están aun presentes en mis planes de vida y trabajo,seguro que puedo lograrlo, me dicen. Una no ha dejado de viajar este año y así no se puede reposar ni ordenar. Desde las clases en la escuela de la Isla de Fyn, el viaje a Lyon por carretera, la mudanza, el contrato como profesora, siempre ocupada viviendo y cumpliendo con el deber de turno, como mercenaria, sin comprometerse para realizar proyectos soñados. Claro que a mi amigo Hans no le entra en la cabeza que no eche raíces en algún lugar. Mi generación, o algunos por lo menos, se ha acostumbrado a billetes de avión no demasiado caros, a ofertas de empleo temporales, a relaciones sentimentales para consumir con fecha de caducidad, a sentir vértigo
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Pero si todo este huracán comenzó, también puede parar. Debe parar, ahora, mientras escribo. Letras y recuerdos, la patria son. Los obstáculos, son las oportunidades de mejora. Actuar de corazón debe ser norma en la amistad. Lecciones aprendidas.

No es compatible ser distintos y convivir durante mucho tiempo. Al final cuanto más viajamos, la identidad más se perfila, caen las máscaras, se queda uno solo con su esencia y por tanto puede volverse o bien poco o bien muy tolerante. En mi caso lo cierto es que siento los dos extremos. La falta de ocasiones este año para sentarme con un buen café y al lado, la compañía de una persona en quien confíe o a quien admire de mi entorno habitual, me ha hecho comprender que pierdo el tiempo. No es asunto sencillo ser periodista y vivir lejos de tus seres queridos, a veces ellos son los únicos que pueden sostener la realidad, cuando tu trabajo consiste en proponer perspectivas y reflexiones sobre el contexto en que nos movemos como sociedad. Ellos iluminan el mundo interior y es agradable, es necesario, poder sentir que ellos nos miran con cariño y nos responden.

Justamente no hace muchos meses una persona que cada vez aprecio más me regaló un trozo de tela y lo guardo como un tesoro. Un trozo de tela. Su valor sentimental es muy superior a lo que parece, lana verde y nada más.

Me regaló ese trozo de tela, una de mis amigas en la isla de Fyn. Ella acababa de llegar de un viaje a Nepal. Fue una experiencia tormentosa, por un terremoto horrible que dejó desgraciadamente víctimas humanas. Y se salvó de milagro, como suele decirse. Le dejó secuelas, durante un tiempo apenas quería hablar del accidente, como es lógico. Pero poco a poco se sintió cómoda en un clima de confianza y lo solía relatar. Esta tela me parece la trama de su vida, ella misma la cosió. Vive en una ciudad maravillosa de Dinamarca, Aarhus. Le encanta. Al igual que otras ciudades, como Paris, Aarhus tiene un barrio latino. Es el barrio más acogedor aunque su decoración tiende al minimalismo: la madera, los espacios vacíos, las velas en las mesas. En Aarhus, igual que en la capital danesa, Copenhague, la vida social en la calle, es bastante más frecuente de lo que parece. Esta persona amiga mía adora esos cafés que me enseñó en otoño, guía turístico excepcional. En aquella ocasión no entramos en ninguno, había que seguir la tarde. Aarhus tiene un teatro que de hecho es de los más antiguos del país donde HC Andersen llevó al escenario una de sus obras. Una gárgola o un murciélago corona el tejado. Tomamos varias fotos. Las subimos a nuestras redes sociales, como hacemos últimamente con todo lo que nos emociona. En invierno del año pasado una obra en este teatro se titulaba algo así como "El faquir de Bilbao", si no recuerdo mal. Bilbao. Resulta que era una de las ciudades preferidas de mi amigo Hans.

Pero Hans, tuvo la mala suerte de bajar conduciendo desde Dinamarca a España durante una semana muy turística y me contó un poco decepcionado, esa sensación masificada de Málaga, que no le gustó. 
La bella Málaga era la ciudad española preferida de HC Andersen y tengo la sospecha que hasta allí peregrinan los daneses al menos una vez en su vida.

Pero he comenzado a hablar de Aarhus, he desviado a Bilbao y lo he dejado en Málaga. ¿Ven a qué me refería con la idea del vértigo generacional?

Precisión suiza