La musa de Botticelli

Rostro de Venus. El nacimiento de Venus, de Sandro Boticelli. 1485.

Por Mercedes Tombesi

Sueño con abrazos nunca dados imaginando el momento de besarte, y en cada pincelada te besaré hasta el fin de mis días. Estas palabras parecen brotar de los trazos del pintor italiano Alessandro di Mariano di Vanni Filipepi, Sandro Botticelli, quien afanosamente y embriagado de amor, inmortalizó en todas las mujeres que ha pintado, el rostro de Simonetta Cattaneo, su musa y eterno amor.

Esa joven muchachita, hija de un noble genovés, de cabellos dorados y largos, de ojos claros y mirada dulce, de una piel nevada inocentemente tentadora, fue proclamada Reina de la belleza en Florencia en 1475. Desde entonces, se conoció en el mundo y en el tiempo como la mujer más hermosa del Renacimiento.

De una belleza sin igual, Simonetta no sólo enamoró al hombre que la desposó cuando apenas tenía dieciséis años, Marco Vespucci, sino a todos los hombres, artistas y aristócratas de la Florencia renacentista; entre ellos, a los hermanos Lorenzo y Giuliano de Medici, mecenas de –entre otros- Sandro Botticelli, quien reservó su corazón eternamente a la hermosa joven.

El pintor guardó en secreto sus sentimientos amándola respetuosamante y en silencio, pero la bella historia de amor trascendió los siglos y las fronteras oculta tras los perfectos trazos de sus obras.

El nacimiento de Venus. Temple sobre lienzo, 1,72 x 2,76. Galería de los Uffizi, Florencia (Italia)

No puede negarse que su obra cumbre, El nacimiento de Venus, es un homenaje a su amada. Botticelli terminó esta pintura en 1485, nueve años después de la temprana desaparición de Simonetta, quien falleció de tuberculosis a los 23 años. “La bella Simonetta” –como se la llamaba- interpreta a Venus, la diosa del amor, que llega del mar sobre una concha empujada por los dioses alados. La escena representa el acto mismo de la encarnación y esperar ser cubierta por una túnica roja simboliza que obtendrá un cuerpo material. Quizá de esta manera, el pintor manifiesta su deseo de volverla a la vida, en un renacer como diosa del amor y la belleza, tal como sus ojos enamorados la veían.

Era más sencillo tenerla inalcanzable que perderla. Su amor parece haberse vuelto una obsesión. Botticelli se pasó la vida retratándola y a través de sus pinturas, podía hacer realidad el sueño de vivir a su lado. Así lo demuestra el cuadro Venus y Marte, en el que los dioses del Olimpo son representados por Simonetta y Boticelli juntos como una pareja. Y qué decir de los labios carmín de la Virgen de la Granada, o el perfil femenino y delicado de la Madonna del Magnificat. No es casual la belleza y perfección que el pintor imprime en los rostros de “sus mujeres” que son siempre la misma; y tampoco es casual que deje ver en la expresión melancólica de esos rostros su propia melancolía, o la angustia de un amor truncado en la mirada ausente de sus vírgenes.

Fue tan grande y sincero el amor que Sandro Botticelli sentía por Simonetta que jamás contrajo matrimonio y pidió que a su muerte, sus restos fueran sepultados junto a los de su amada. Su deseo fue cumplido. En 1510, 34 años después del adiós de Simonetta Vespucci, Botticelli fue enterrado a los pies del sepulcro del amor de su vida, en la Iglesia de todos los Santos de Florencia. Desafiando al destino y a la vida que los había separado, al fin la muerte los unió para siempre.

One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.