Ricardo Tito Franquelo

Un compadrito con asistencia perfecta a la milonga

Es un tanguero de pura sangre. “Desde los 18 años no dejo de bailar ni un solo día”.

Por Bettina Albamonte y Mercedes Tombesi

Tito en su casa de Barracas con el libro del National Geographic en el que colaboró.

Cada día de la semana asiste a una milonga diferente: lunes, viernes y sábados el lugar elegido es Obelisco Tango; los martes, El Beso; los miércoles, la gran pista de Villa Malcom; los jueves le toca Maracaibo y los domingos, El Arranque. En cada lugar lo espera su mesa, “un champucito” y la muchachada. “Primero dejo pasar varias tandas hasta que suena la orquesta que me gusta, Caló o D´Arienzo, y ahí es cuando cabeceo a la mujer que elijo para bailar”, dice Ricardo Tito Franquelo. No altera su rutina milonguera por nada del mundo. Cuenta que una vez tuvo que ser operado de várices y no podía manejar ni bailar, pero eso no le impidió hacer lo que más le gusta: milonguear, porque el tango le da vida.

La pilcha. Su colección de camisas para lucirse en la milonga.

Su “ritual sagrado” consiste en prepararse tres horas antes de salir, un ligero baño y una afeitada, y luego elige cuidadosamente la ropa que va a vestir entre sus más de cien camisas -muchas aún sin estrenar- y una importante colección en composé de corbatas y pañuelos de seda. Los zapatos, de diferentes modelos, combinan perfectamente con la ropa. Tiene al menos catorce pares de gamuza “porque son los más cómodos para bailar”, asegura.

Tito empezó a bailar tango en el Club Pirañas de Parque Patricios donde conoció a su “gran amigo y hermano del alma”, Carlos Gavito -reconocido bailarín, maestro y coreógrafo de tango-. Allí tomaban clases con Eduardo Arquimbau, quien junto a su esposa, Gloria, hoy conforman una de las parejas más emblemáticas del tango argentino. Recuerda que cuando era joven, el tango se bailaba en cada rincón de la ciudad, en los cafetines y en las veredas, y solo se practicaba entre varones: “yo aprendí a bailar entre muchachos, las mujeres lo hacían en sus casas dando algunos pasitos”. Su primer baile con una chica fue en el Club Miriñaque “era una piba hermosa, se llamaba Pichi”. Por aquella época, los hombres debían asistir a la milonga con el pelo corto y vestidos de traje y camisa blanca.

Desde entonces, Tito recorrió las noches de cuanto club social había en Buenos Aires con la barra inseparable de amigos a quienes acompañó hasta sus últimos días: “aquellos viejos amigos ya no están, se fueron de gira”, cuenta emocionado.

Amigos entrañables. Carlos Gavito, Tito Franquelo y Osvaldo Zotto en Sunderland en 2005

Recuerda que una noche de 1975, los muchachos quedaron en la milonga del Savoy, allí estaba “Chiche”, una mujer “despampanante”, era la rubia mireya de esa época y se formaba ronda pa´verla bailar. Durante dieciocho años frecuentó ese lugar solo para fundirse en un abrazo con ella al ritmo del 2×4.

En 1993 reabre sus puertas, con el nombre de Maracaibo, el viejo cabaret “El Marabú”, convirtiéndose -como en sus épocas de gloria- en el nuevo referente de la noche porteña. Allí, junto con los gomias, durante los siguientes siete años, le sacaron viruta al piso. El tango se convirtió en su forma de vida y la noche, en su mejor aliada, que para el tanguero, es como la percanta: intensa y hermosa, pero hay que saberla manejar.

El tango le dio amigos y muchas mujeres, y si bien bailó con todas, nunca se casó. Habla de la mujer como la flor más hermosa que dio la vida, pero su único amor fue y será el tango. Con 73 años y un metro 86 de estatura, Ricardo Tito Franquelo aún conserva el porte decompadrito de sus años mozos. Vestido como un dandy, peinao a la gomina va dejando a su paso el aroma del perfume que usa desde pebete, ese que “dura toda la noche”. Y haciendo el ademán del fumador que ya no es, concluye: “El tango es pasión, entra por el oído, pasa por el corazón y llega a las piernas” pa´sacudirle su firulete. Es el compás criollo y se acabó.