Tango con aroma de mujer

Por Mercedes Tombesi

¿Cuántas cosas que perduran en el tiempo son tan nuestras como el Tango?

En el mundo, Argentina es Tango. Y el Tango no es sin una mujer.

La mujer forma parte del tango aún antes de ser parte de la danza, cuando sólo se bailaba entre varones. Ella era la musa inspiradora de la música y las letras, el motivo de las penas de los hombres que cantaban, la razón de una pelea, la queja de un bandoneón…

El tango y la mujer son uno sólo, aunque ella sea apenas un recuerdo, una evocación.

Basta recordar aquellos primeros tangos que tienen nombre de mujer: La morocha, Felicia, Margot, Grisel, ¿Qué habrá sido de Lucía? U otros que hablan de ella en sus letras, Mi noche triste: “Percanta que me amuraste en lo mejor de mi vida, dejándome el alma herida y espina en el corazón” o Milonga del 900: “Me la nombran las guitarras cuando dicen su canción. Las callecitas del barrio y el filo de mi facón. Me la nombran las estrellas y el viento del arrabal. No sé pa´ qué me la nombran si no la puedo olvidar.”

Pero no sólo aparece la mujer — amor o la mujer — amante, sino también la mujer-madre evocada -por ejemplo- en el tango El Pañuelito.

La mujer fue desde el principio protagonista de las letras. Pero no pasó mucho tiempo para que también fuera quien prestara su voz. Así lo evoca el tango Malena que “canta el tango como ninguna y en cada verso pone su corazón.” Hubo además mujeres bandoneonistas, como Paquita Bernardo, la flor de Villa Crespo, o incluso, a cargo de una orquesta, como Ebe Bedrune, la dama blanca.

En el tango canción brillaron desde sus comienzos muchas mujeres, de hecho el tango La Morocha fue escrito para que lo cantara una mujer. Flora Rodríguez de Gobbi fue quien lo grabó en París.

Así, poco a poco y taconenado, se fueron abriendo camino en la Argentina y el exterior. Actuaban, cantaban y bailaban, tocaban instrumentos, dirigían orquestas, escribían letras de tangos y hasta las partituras.

Aquellas primeras mujeres se casaron con el tango y le entregaron su alma, su cuerpo y su voz. De la mano del tango, se impusieron en los escenarios y en la radio, pero el Cine las consagró.

Hoy sus nombres son sinónimo de Tango. Imponentes, gallardas, bellas, inolvidables. Mujeres mitológicas que han dejado su huella en nuestra cultura y que la pantalla grande inmortalizó. Fueron el emblema del tango argentino en la piel de una mujer.

Tita Merello, la morocha argentina; Libertad Lamarque, la reina del Tango; Azucena Maizani, la Ñata gaucha; Mercedes Simone, la dama del Tango, compartieron cartel en Tango (1933), la primera película sonora argentina. Cada una con su estilo, se destacó y brilló con luz propia. Ninguna fue sombra de la otra, más bien entre todas potenciaban esa impronta única y diferencial que marcó para siempre al Tango.

Sólo mujeres como ellas, aguerridas, talentosas, de rostros bellos y angelicales, de siluetas naturalmente despampanantes, pudieron pisar fuerte y abrirse camino en un terreno que pertenecía a los hombres.

Ellas son sólo algunas de las mujeres que le dieron al tango belleza, desparpajo, sensibilidad y el estilo femenino de mujeres fuertes y audaces. Atrevidas jovencitas que disputaban a los varones el decir arrabalero. Desafiaron las reglas de una época. Atravesaron las fronteras de su tierra y se consagraron como estrellas en el tiempo.

El tango llevó al cine su historia de vida, su realidad. La gran pantalla fue la ventana a un mundo orillero que luego fue ganando respeto en otros espacios.

Eran sus ambientes y figuras la vida nocturna de la ciudad, los cafetines, el barrio, el conventillo, el drama del bajo fondo, los amores frustrados, el hampa, el malandrinaje y el vicio de la ciudad. La buena muchacha de barrio que deja su hogar por la mala vida, o la inversa, la chica de vida ligera que se enamora del hombre que la saca de allí y cambia su destino. El seductor, el malevo o el otario, la pebeta y la percanta, el purrete y la viejita, la joven inmigrante de rizos dorados, la china de los ojos negros, la morocha ardiente y el bandoneón.

Milonguita, Muchacha de arrabal, Melenita de Oro, Corazón de criolla, La maleva, Galleguita, La costurerita que dio el mal paso, Muchachita de Chiclana, Perdón viejita, La Modelo de la calle Florida, La muchacha del Tango, Muñequitas porteñas, son algunas de las destacadas películas del cine mudo con sabor y aires de tango. Algunas fueron éxitos, otras, fracasos. Pero en todas hay un sello de distinción: la mujer es protagonista.

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