Tranquilos, se burlaron de todos

Dicen que los jóvenes ya no queremos cambiar el mundo. Estamos enfermos de tecnología y no le damos bola a la realidad que nos rodea. Posteamos nuestras quejas e inquietudes en las redes sociales, “como si eso fuera a cambiar algo”.

Es que las redes sociales hoy son nuestro medio de debate. Y eso no es negativo. Nos llevaron al encuentro de personas con opiniones distintas que nos ayudan a cuestionar nuestras propias ideas, a ponerlas en tela de juicio, a generar argumentos a prueba de balas. Inclusive a adoptar nuevas ideas que nos van enseñando. Estamos formando opinión constantemente.

La lucha ideológica se hace a través de la palabra y el movimiento. Exponer lo que uno piensa en una red social es también un acto de lucha. Nunca llegaré a entender por qué la gente ve este acto como algo negativo, como algo que enajena a la realidad. No dista demasiado de publicar una columna en un diario o llamar a la radio para opinar sobre el estado de las calles de la ciudad.

Lo que no nos explican cuando nos dicen “los jóvenes ya no quieren cambiar al mundo”, es que los cambios son graduales y lentos. Toman generaciones en cimentar, en asimilarse como parte de la moral colectiva. Ningún derecho se ganó de un día para el otro.

Se me burlan todos los días y yo los entiendo, porque me fascina la Historia y me he tomado, como muchísimas otras personas, el tiempo de entender cómo funciona. No me ofende que se burlen de que sea feminista, porque en la historia siempre se burlaron de todos los que tenían una inquietud. Y la superaron. Y lograron que se entienda y se acepte.

“El Partido Demócrata era el partido del odio racial, el fanatismo y el Ku Klux Klan, que data aproximadamente de mediados del 1800. ¡Y estaban orgullosos de ello!

Hoy pensar que una persona negra no es un Ser Humano nos parece una falta de respeto y la esclavitud nos horroriza. Hace doscientos años existieron personas que pensaron como nosotros pensamos hoy, pero los trataron de locos enfermos y se les rieron en la cara. La propaganda (ese término que tenés que separar de “publicidad”, porque tiene otro significado muy distinto) se burló de ellos, inferiorizándolos y exponiendo lo que creían que era una locura en aquel entonces: que un negro sea un ciudadano con derechos. Se burlaron tanto de las personas negras como de los blancos que luchaban junto a ellos por la libertad.

Pero esa batalla fue ganada. Una de las tantas, porque a los negros (en connotación no-despectiva) todavía les quedan cientos de derechos por ganar. Derechos de los que aquí en Argentina no escuchamos muy seguido y muy poco nos importan, porque pensamos que no nos toca de cerca la situación.

Pero a ellos si. Y puedo apostar que más de un argentino debe pensar que “se quejan de llenos, si ya no son esclavos”. Pero ellos tienen muchas más razones para pelear y muchos más derechos por conquistar. Que no los entendamos por falta de empatía, no nos da derecho a menospreciar su lucha.

Cuando una lucha te parece estúpida, pensá que a la gran mayoría el abolicionismo le pareció estúpido en su momento.

Siguiendo en la lucha de las minorías (cuando hablamos de “minoría”, no nos referimos a la cantidad de personas en-comparación-de, sino a los grupos con derechos colectivos e individuales limitados), el caso de las “suffragettes” es sin dudas el que más se asimila a nuestros tiempos.

“Lo que haría con las sufragistas”

¿Qué era una “Suffragette”?

“Suffragette” (del Inglés “suffrage”: sufragio, voto y “-ette”, sufijo diminutivo para “femenino”) fue el término despectivo con el que se trató a las mujeres que perseguían el derecho al voto.

La diferencia era simple: La “suffragette” era una militante por los derechos de la mujer que salía a la calle a movilizarse y protestar. La sufragista era la que no peleaba, la que recibía el derecho de callada, porque alguien más había peleado por ella.

Las suffragettes eran caricaturizadas como mujeres feas, viejas y solteronas y generalmente se las veía -en la propaganda- amedrentando o golpeando varones, o se burlaba el cambio de roles de género de la época: el hombre aparecía enojado, lavando la ropa y cuidando al bebé, mientras la mujer jugaba a las cartas con sus amigas fumando un puro.

¿Nos suena a algo conocido?

Si. Nos suena a la propaganda anti-feminista del 2017.

¿Por qué existe propaganda anti-feminista? Porque existe gente que menosprecia la lucha por el pensamiento de “se quejan de llenas, si ya pueden votar, trabajar e ir a la escuela”. Si, podemos votar, trabajar e ir a la escuela, pero aún quedan muchísimos más derechos por conquistar. Acordate lo que te dije hace unos párrafos: que no puedas empatizar con la lucha ajena no te da derecho a disminuirla.

El feminismo fue burlado en aquel momento cuando pedían derecho al voto, pero cien años después (el movimiento sufragista inició en 1904) ese mismo derecho es venerado y esas mismas feministas son aplaudidas. Lo que les regala el argumento falaz de “esas eran feministas, ustedes no”. Lo mismo les dijo alguien a ellas en ese momento.

Para separar a aquellas que ellos creen “verdaderas feministas” de las que hoy luchan por más derechos, se acuñó el término “feminazi”, derivado de “feminista” y “nazi”. Por si no se entiende el absurdo: se compara un movimiento que busca derechos con un régimen que orquestó uno de los genocidios más atroces de la historia de la Humanidad.

Pero esto tiene una explicación: el lema “muerte al macho”.

El término “feminazi”, entonces surge a partir del temor que conlleva la malinterpretación de la palabra “macho”.

Cuando el feminismo habla de “macho”, no se refiere al varón (la malinterpretación viene de la asociación de la utilización de esta palabra para designar al género biológico en el reino animal), sino a la concepción social del “macho”, protagonista -pero no único actor- del machismo.

En pocas palabras, el lema “muerte al macho” es una metáfora que significa “cesar con las actitudes machistas en las personas” y no “matar a todos los varones”.

Si me querés retrucar esto contándome que hay mujeres que dicen ser feministas y quieren matar a todos los hombres, también puedo explicarte que todo movimiento tiene un grupo de fanáticos con ideas peligrosas. Pero eso no quiere decir que el feminismo quiera matar hombres.

Para la palabra de autoridad: quien suscribe es feminista y no está a favor del asesinato. Ni de personas, ni de animales. Bueno, de mosquitos sí, porque son mi doble moral.

Que el árbol del grupo radical no te tape el bosque de la búsqueda de derechos.

Pero bien, cuando una minoría exige derechos, el grupo dominante se siente amenazado por la creencia de que “más derechos para otros significan menos derechos para mi”. Pero los derechos no son una torta.

Hoy en día es muy común asimilar la asignación de derechos con el ejemplo de la balanza de dos platillos: símbolo universal de justicia. La cuestión con los derechos es que ningún platillo desciende. El concepto tradicional de la balanza es obsoleto. En la asignación de derechos, la minoría se nivela hacia arriba para alcanzar al grupo dominante y no al revés.

Cuando esto sucede, el grupo dominante pierde su calidad de “dominante”. De ahí viene el temor. A eso es a lo que consideran una amenaza: perder los privilegios. Los privilegios no están bien. No son justos, no son sanos.

Cuando uno se siente amenazado, puede tomar dos caminos: defenderse (si tiene argumentos) o burlarse (si no los tiene).

“Voy a salvar nuestro matrimonio”. “¿Vas a dejar de beber, engañarme, golpearme y vas a ir al psicólogo?”. “¡Pero no! ¡Voy a votar contra el matrimonio igualitario!”.

Y acá viene el caso más curioso y que más nos toca de cerca esta semana: el de la revista LIFE en 1938.

Hace casi 80 años, un hombre sin remera era un exhibicionista. No fue sino hasta que un francés dijo “a la merde”, que la tendencia corrió en las playas de la Costa Oeste de los Estados Unidos y más tarde en el mundo entero.

Para quienes no tengan buen manejo del Inglés, algunos de los epígrafes en las fotos ridiculizan la idea y hasta se quejan diciendo “no es así como deberías usarlo”.

Cuando el mundo empezaba a aceptar al hombre con el pecho desnudo en público, surgió la eterna doble moral. No todos pueden tener el mismo derecho:

Traducción: “Inclusive después de que el estado de Nueva York levantara la ‘prohibición al pezón masculino’, aquellos hombres que se paseaban con el torso desnudo se arriesgaban a ser arrestados si eran ‘percibidos’ homosexuales. En 1947, Harvey Milk fue arrestado por ‘exhibicionismo’ en Central Park junto a un grupo de hombres sin remera, pero los hombres casados que estaban en el parque sin remera no fueron arrestados.”

Harvey Milk fue el primer hombre abiertamente homosexual elegido para un cargo público en Estados Unidos. En una sola oración, porque todo lo que cuenta la Historia sobre tipo es fascinante. Recomiendo ver la película “Milk”.

Con este último caso de los hombres en “topless”, podemos verificar que la historia primero te va a tratar como un loco tarado, después va a considerar tu posición y mucho más tarde la va a adoptar.

Todo lo que rompa la zona de confort del imaginario colectivo va a ser rechazado por una gran mayoría en un principio.

La última indicación es quizás la más triste, pero la menos egoísta: el cambio no es para nosotros.

A los derechos no los vamos a ver nosotros, pero si no salimos a bancarnos que nos traten de locos hasta que entiendan nuestro punto, tampoco lo van a ver dos, tres, cuatro generaciones futuras.

Todo lo que peleamos no es para nosotros. Igual que los abolicionistas, que el colectivo LGBT y que las suffragettes, nosotros peleamos hoy por la ideología que les va a dar derechos a los que vienen atrás.

Así que resistí las burlas, como las resistieron todos los que se animaron a pelear por un mundo mejor o quedate sentado en la zona de confort viendo cómo otros dan la cara por vos, cada uno elige.

Si, los jóvenes todavía queremos cambiar al mundo.