Tangas de leopardo

Hoy me pasó algo que no tenía el horror de experimentar desde hace algún tiempo.

Y la verdad, la cosa no paró ahí.

Después de enumerar cosas que van desde los tipos que acosaban a mis amigas, rodeándolas a cada clase, otros que molestan “en plan de juego” a las chicas — a veces creo que nunca superarán la primaria— para hacerse amigos de ellas , y alguno más cuyo tema de conversación alguno de estos días fue “¿Crees que fulanita sea de esas morras que usan tanga de leopardo?” Pues como que sí comienzas a preguntarte en qué parte de la vida aprendieron que si podíamos discernir entre el bien y el mal, esto pertenecía al bien, o en cualquier caso, que no pertenecía al mal.

Particularmente el ejemplo que más me hizo poner cara de WTF fue el episodio de la tanga. Porque claro, el respetable vertebrado no se podía cuestionar qué libros le gustaban o al menos alguna otra tontería, como le pasaba a Fausto Ponce con Angelique Boyer cuando se preguntaba si en verdad le gustan los Ruffles. No pudo hacer eso por dos posibles razones:

  1. Creo que alguien vio mucho porno. Y peor que eso, se creyó que el mundo real así era.
  2. Es incapaz de pensar en las mujeres más allá del cuerpo. Al concebirlas únicamente como un paquete senos-vagina-cara bonita todas las demás posibilidades de explorar los horizontes de su razonamiento valieron shit.

Traté de no pensar mucho en eso y seguir leyendo este libro de Mauricio Montiel que encontré en la biblioteca (por cierto, cada cuento está erótico-poético-terrorífico, justo en ese orden. La verdad sí me está gustando) y llegada la hora iría a buscar a una maestra que tuve en este semestre. Todo eso parecía un buen plan, le ayudaría junto con algunos amigos a poner su oficina en orden y regresaría temprano a casa.

PERO.

No pasaron cinco minutos cuando el wey de la tanga, al que llamaré Juan (preservaré su identidad con el nombre más genérico del mundo, we) llamó a la puerta. Al inicio no entablamos gran conversación, pues estábamos muy concentrades todes en las instrucciones que nos daba la maestra.

Obviamente que después de dos horas toda esa concentración valió pa’ pura madre una vez que, sin saber cómo sucedió, nos quedamos 7 de 8 personas entorno a una mesa destrozando papeles viejos. A alguien se le ocurrió poner música y adivinen quien se sacó las de reggaetón: Sí, fue Juan.

Antes de decir cualquier otra cosa, no tengo nada en contra del reggaetón, pero de 7 personas presentes, sólo a Juan le gustaba a tal grado de monopolizar la tablet en cuestión. Todes tratábamos de platicar con el agrabable fondo musical, pero el sonido de los papeles rompiéndose era un mejor evasor que cualquier otro, al punto que nos quedamos en silencio, rasgando nuestros papeles, con la música y la voz de Juan, quien ya estaba a dos centímetros de perrear con la mesa.

Y fue ahí cuando me malviajé horriblemente.

Me acordé de todas las veces que Juan trató de fiscalizarme el tono en las últimas dos semanas, incluso ahora puedo mencionar las dos peores:

  • Cuando me preguntó por decimoquinta vez algo que la maestra acababa de decir le respondí “¿Por qué nunca pones atención?” Oh, grave error. Me estuvo chingando media hora, cualquier comentario que le hacía era respondido con algo que tenía que ver con poner atención. Ya saben, me trató de nerd y matadita (que no veo por qué estaría mal si fuese cierto pero en su mente es casi reprobable ser así… aunque su promedio diga lo contrario).

ES SÓLO QUE NO PUEDES SER MULTITASKING, PENDEJO. Acéptalo de una vez.

  • Un día, por azar, acabé estudiando con sus amigos (un Club de Toby* hecho y derecho, todos muy amables) en la biblioteca. Al llegar ahí, saludó a toda la raza como la gente. Conmigo, se limitó a decir “¿Y tú qué haces aquí, Magnolia?” con el peor tono que tenía. Hasta sus amigos se sorprendieron y reprobaron levemente su reacción. Yo me limité a decir “¡Uy, perdón!”

SI WEY, PERDÓN POR INVADIR TU DERECHO MASCULINO A USAR EL CEREBRO Y CONVIVIR CON HOMBRES, NETA PERDÓN.

… A estas alturas el calor de la habitación se confundía con el calor que emanaba mi cara, enrojecida.

(* Lo que descubrí en ese Club de Toby debería ser tema para oootro post.)

Por fortuna los hombres decidieron salir por más papeles. Todas las que quedábamos ahí éramos mujeres y suspiramos aliviadas al quitar el reggaeton (jajaja). Pero al poco rato regresó Juan con más papeles. Nuestra conversación fue algo así:

***

Juan: Les traje más papeles, niñas.

Yo: Wey, no mames. Ya estamos cansadas. ¿Por qué no nos ayudas a romperlos tú?

Juan: A ver, ¿Me dijiste wey? A mí no me digas wey, somos amigos, no me weyees, ¿sí?

***

BrBrrrrBRrrrrRRbr.

Perdone usted, individuo de fina estampa. Debí advertir que su fina piel se lesionaba con la navaja de mis domingueras palabras.

Haría una sesuda reflexión de porqué no me puede fiscalizar el tono o de la cantidad de veces que le he escuchado decir cosas sexistas sin chistar pero les juro que la memoria no me alcanza para tanta pendejada (Además de que en Estereotipas ya hicieron un buen video explicando como está la fiscalización del tono: clic.)

¿Alguna sugerencia para quitarme a este estúpido de encima?

Y otra cosa: No soy amiga de alguien que intenta fiscalizarme el tono, imbécil.