Salvación

Esta es una historia que escribí hace más de un año y en conmemoración de que ya esta viejita la subo acá. Enjoy.

Tenía la respiración agitada y las pupilas dilatadas. Los ojos a los cuales sólo les quedaba un leve reconocimiento de cordura, las manos temblorosas que dejaron caer la jeringa y después de varios intentos tratando de soltar la liga que apretaba el brazo pudieron por fin liberarse de la misma. El pecho subía y bajaba rápidamente. Arriba y abajo. Arriba y abajo. No sabía dónde estaba pero sabía que ahora la vida si era buena, que la vida ahora sí valía la pena.

- La droga hace que todo valga la pena, es una mentira, una vulgar mentira. — Se dijo a sí misma.

Alejandra se levantó y se guardó la jeringa y la liga en el bolsillo de adelante de los vaqueros que llevaba, se palpó qué todavía llevara la cartera y las llaves de su apartamento. El dolor de hacía unos minutos había desaparecido para dar paso a una tranquilidad, a una calma absoluta antes de la tempestad, cuando la heroína entrara en su sistema como un huracán arrasando todo a su paso en especial la vida de Alejandra. Comenzó a caminar hacia la salida de los baños sucios del antro adónde había ido esa noche; casi no variaba, apenas conocía unos 3 ó 4 locales en la ciudad.

- Tampoco es que necesite muchos más… — Dijo en un murmullo.

Afuera en la sala principal de “La montaña” (que era como se llamaba el lugar de mala muerte dónde estaba Alejandra) la música no paraba de sonar, los cuerpos en la pista de baile fundiéndose los unos con los otros. El olor a sexo, sudor y látex la golpeó en la cara como una brisa refrescante y comenzó a sentir el cosquilleo familiar en los dedos que le decían que la tormenta venía, que ya arrasaría, que todavía tenía tiempo de retirarse y estar a salvo.

- Pero no quiero ser salvada quiero irme… Irme tan lejos.

Sintió que una ligera melancolía comenzaba a entrar en su cabeza y la agitó tratando de deshacerse de ella. Fue hasta la barra y mirando sensualmente al bartender pidió un trago puro sin hielo. Comenzó a beber y pronto también a perderse en todo este mundo oscuro que la llamaba a gritos. El huracán llegó y rompió con todo a su paso. Alejandra gritó y cantó, bebió y fumó, bailó hasta que perdió el sentido y una vez perdido no había vuelta que se pudiese dar hacia atrás.

Al día siguiente se levantó en su apartamento con la misma ropa de la noche pasada oliendo a vómito y a usada. Una sensación de tristeza y dolor, además de culpa comenzó a golpear en la parte de atrás de su cabeza. Se fue derecho al baño y vomitó todo lo que todavía le quedaba en el estómago, se metió a la ducha y se aseó; al salir se vistió, cambió las sábanas y boto la jeringa usada que todavía tenía en el pantalón.

Sacó una nueva de un empaque transparente y usando sus herramientas de siempre se dispuso a inyectarse nuevamente. A Alejandra no le gustaba inyectarse de día pero tenía la necesidad absoluta de hacerlo ya que el sentimiento de culpa amenazaba con no irse. Tenia la peculiaridad de que siempre se acordaba el porque se inyectaba aunque todo el punto de inyectarse fuese no acordarse de eso.

Alejandra tenía la cabeza perdida. Estaba teniendo un mal viaje debido a la resaca, la culpa y la última inyección que había amenazado con ser una cantidad demasiado generosa. Veía como el cielo se abría de par en par, el suelo se caía a pedazos hacía una bruma de color rojiza y monstruos comenzaban a acecharla en el rincón dónde estaba sentada. En la lejanía se escuchó el inconfundible sonido de un teléfono y Alejandra pidió que se callase. Se fue hasta la cocina y comenzó a buscar en gavetas de las cuales veía como salían miles de bichos y alimañas.

- Nada es real… nada es real…

El timbre del teléfono seguía sonando, Alejandra sacó entonces el cuchillo y se fue al cuarto de baño donde se encerró con llave esperando que el mal viaje pasará. Al cabo de varios minutos la puerta comenzó a sonar y a moverse bruscamente como si alguien o algo quisiese entrar, Alejandra comenzó a palidecer, jamas los malos viajes habían sido tan reales. Comenzó a escuchar su nombre en una voz grave y suplicante que le dejara entrar, que le dejase pasar, que no le haría daño. Alejandra sabia que solo era un mal viaje.

- Nada es real, nada es real. Dios salvame, llevame lejos, llevame contigo… — pedía entre sollozos.

Sabía lo que querían, la querían a ella pero ella no iría. Si ella se iba primero las voces se irían y tal vez Dios en su infinita misericordia la recibiría en sus brazos abiertos. Comenzó a cortar suavemente sus muñecas con el cuchillo de mesa que había agarrado de la cocina y pensó que no dolia tanto como ella pensaba. Una a una líneas de rojo comenzaron a aflorar en la tez morena de Alejandra. Una a una comenzaron a salir pequeñas flores rojas en sus brazos maltrechos por la droga y la maldad del universo. La puerta entonces crujió y cedió ante el peso de las criaturas.

Alejandra cerró los ojos y gritó. Unos ojos azules y vidriosos la vieron cuando la puerta cayó al suelo sobre las baldosas manchadas de la sangre de Alejandra. Alejandra pensó que era un ángel.

- No… Alejandra, ¿qué has hecho?

Alejandra ya no sentía. Estaba sola y fría en un maravilloso estado de no-conciencia y de no-lucidez que jamás había experimentado. Sintió que los brazos del ángel la garraban y le llevaban al más allá, al paraíso. Alejandra perdió la conciencia.

Se despertó fuertemente amarrada a la cama sin prácticamente poder moverse, le dolía la cabeza cómo nunca le había dolido y notó que había un ligero aroma a caldo de pollo en el aire.

Alejandra intentó desatarse sin éxito. Suspiró frustrada. El ángel entonces apareció por la puerta, llevando una bandeja con el caldo que ella había olido. Se sentó delante de ella y la miro con sus ojos azules. Alejandra no resistió y volteó la mirada.

- Mirame… ¿Por qué hiciste eso?

- ¿Quien eres? ¿Cómo entraste a mi casa? ¿Qué haces aqui?

El ángel se rascó la cabeza y la miro confundido.

- Samuel. Tienes una manía de dejar la puerta abierta sin seguro y estoy aqui para buscar mi chaqueta pero resulta que ahora te estoy cuidando.

Alejandra estaba aún más confundida con esa respuesta.

- ¿Y por qué tu chaqueta estaba aqui?….

Samuel la miró y se frotó el entrecejo.

- Anoche… Tu y yo estábamos en el bar.. Y ya sabes. El punto es que me la olvide aqui hace unas horas cuando me fui e intente llamarte pero no contestabas.

Ah… El dichoso teléfono… — pensó Alejandra.

- Pues no necesito que me cuiden, ni tu ni nadie. Ademas no me estaba haciendo nada.

- ¿Si?, las manchas rojas de los vendajes tendrían que estar en desacuerdo.

- Yo solo…

- Alejandra, yo te puedo ayudar. Te puedo ayudar a salvarte, a alcanzar un paraíso. Juntos los dos. No tienes que hacerte esto a ti misma. ¿Te gustaría?

Alejandra dudo… Tantas veces le habian hecho daño. Tantas veces su confianza y amor se habian visto pisoteados y aun así… ¿Como no confiar en esos ojos azules y esa voz grave?

- Si… Si me gustaría.

- Bien, ahora… ¿podemos desatarte verdad?

Samuel entonces se acerco cuchillo en mano a Alejandra. Los ojos más hermosos del universo viéndola a ella, justo directo en su alma. Samuel se acerco y beso sus labios, fue cuando Alejandra se dio cuenta de que ella estaba llorando por que le supo a sal y a armonía. Samuel entonces llego y corto las dos tiras que unían las muñecas de Alejandra a la cabecera de la cama. Luego agarro el mismo cuchillo que Alejandra había usado para cortarse las venas y lo hundió profundamente en el pecho de Alejandra.

Alejandra no sintió nada. Lo vio a el, a sus preciosos ojos azules, totalmente sorprendida, totalmente vencida. Esa si no se la esperaba. Luego se vio a ella misma. Samuel se acercó y susurró en su oído.

- Ahí tienes tu paraíso, ahora Dios si te aceptara en sus brazos amada mía.

Samuel se levantó de la cama y se disgustó al ver que tenia una mancha de sangre en la manga derecha de la cazadora. Pensó que tal vez con el nuevo detergente que había comprado saldría. Se dirigió a la cocina y se dispuso a comerse la sopa de pollo que había preparado.

Y así Alejandra alcanzó su amado cielo, a manos de un ángel que había sido el primero en cumplir las promesas hechas.

M. Figuera

One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.