Sueños que mortifican

Me dices que quieres dormir. Abro mis brazos y te recuestas sobre mi pecho, colocas una de tus manos sobre uno de mis senos y aprietas. Suspiro.

-Te quiero tanto…

Te quedas dormido casi que al instante y yo, por dentro, me quedo temblando ante ese comentario. Mientras duermes en mi seno no me atrevo a moverme, a perturbar el descanso que has buscado en mi cuerpo. Suavemente acaricio tus cabellos y siento la presión que ejerce tu cuerpo sobre mi. A pesar de estar dormido sigues emanando calor. Te comienzas a mover como si estuvieses teniendo una pesadilla. Te abrazo y te doy un pequeño beso en la frente. Te calmas y sigues durmiendo. Contemplo el techo y pienso en todo lo que nos ha costado llegar a este momento. Las peleas, los malos ratos, los celos y la incertidumbre de saber si realmente ibamos a poder lograrlo. Miro por la ventana y observo una de las cientos de antenas que están sobre los edificios. La tarde esta tranquila y existe una ligera amenaza de lluvia. Pienso por dentro de mí que ojala llueva antes de que te despiertes, para yo poder disfrutarlo y que tu no te vayas a poner melancólico. Te revuelves en tus sueños y me aprietas mas contra ti, mientras dices un nombre de mujer que no es el mío. Siento mis extremidades entumecerse y como una niebla de rabia se asienta en mi mente. Busco la manera de calmarme pero no la encuentro. Me mantienes apretada contra ti y comienzas a roncar suavemente. Siento como el corazón me late cada vez más rápido y se me secan los labios. Trato de buscar en mi memoria ese nombre pero estoy tan ofuscada que no lo consigo, a pesar de que siento que te lo he escuchado antes. Consigo de alguna manera calmarme; ya lo enfrentaré cuando te despiertes. Consigo también conciliar el sueño mientras acaricio tu cabello y olvido el nombre de la otra.

Cuando despierto no estás en la cama pero huele a pan tostado y a té, asi que todavía debe ser temprano. Me levanto sin vestirme y me dirijo a la cocina, mientras paso por el comedor, veo que has puesto la mesa y todo. Llevas un suéter tejido que te sienta de maravilla y unos pantalones cortos. Estas descalzo a pesar de que te he dicho cientos de veces que en la cocina no andes descalzo, que es peligroso. Me coloco detras de ti mientras remueves algo en el sartén, subo el suéter y te abrazo por la espalda, pegando mis senos a ella. Te beso el omóplato izquierdo y no aguanto las ganas.

-¿Quién es Alejandra?

-¿Alejandra? Pues… La única Alejandra que conozco es mi madre. ¿Por qué?

Caigo en cuenta de todo y de porque me sonaba tan familiar. Siento como algo parecido a la felicidad explota dentro de mi pecho y cerca de mi pelvis mientras sonrío. Estiro la mano y apago la hornilla.

-Amor, dejame terminar de cocinar sino no vamos a poder comer.

No te oigo y te arrastro de regreso a la habitación donde, bajo una mirada de sorpresa y al final de placer, te hago el amor mientras gritamos nuestros nombres hasta dejarte exhausto y seco. Me abrazas al final y todavía manchada de ti esta vez soy yo la que se recuesta en tu pecho. Con la voz todavía entrecortada y cansada hablas.

-¿A que carajo se debió eso? Jamás habías hecho algo así.

-¿Te gustó?

-Por supuesto que me gusto. Me encanto. Pero quiero saber el por qué.

Sonrío y te acaricio el pecho.

-No existe nadie más que tu. Nunca ha existido nadie más que tu.

Me miras extrañado y me abrazas.

-Para mi tampoco. A pesar de todo lo que paso, hoy y para siempre, soy solamente tuyo.

Te vuelves a quedar dormido abrazandome. Pienso que la mesa se ha quedado puesta y el huevo en el sartén a medio hacer. Esta vez de tus labios no salen más que ronquidos.

M. Figuera

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