Muerte, resurrección y venganza

En una de las zonas cercanas a los Siete Cementerios yace un precipicio, rocoso con abundante tierra y con un camino al estilo caracol del ancho de una carroza que desciende a las profundidades de éste, dejando al descubierto rastros de musgos y ganchos sobre las paredes. Habían partes del camino en el que era empedrado pero parte ello estaba roto. El centro estaba oscuro y lleno de neblina, el aire era de un frío espantoso y un ambiente desolado. Sólo que éste lugar no era uno cualquiera sino que habita una bestia en el interior, situada en una mesa circular de piedra enorme y con una frase en rúnico ilegible. Debajo de este pero en latín, por los bordes tallados y por agrietados…
Leviores pardis equi ejus, et velociores lupis vespertinis astuti. Ecce quasi nubes ascendet et quasi tempestas
El hedor a carne podrida culminaba sobre el aire. En el medio de la mesa de piedra se encontraba un caballo negro, muerto y petrificado, las cadenas que lo sujetaban estaban oxidadas. El corcel yacía en una posición de descanso, gigantesco. Su cuerpo estaba rodeado de cadenas y clavos. Desde el canal yugular hasta la quijada, desde la ijada hasta las costillas y desde los cuartos traseros carecían de cortes profundos. Sobre los menudillos, las rodillas y el corvejón poseían unas cadenas muy pesadas y gruesas pero el resto estaba intacto.
Los ciudadanos lo catalogaban como un monstruo, antes de separar a “Ruta Cero” de todas las localidades las personas tomaron la decisión de matar todo lo que proviniera de aquellos lugares. El nombre del caballo se desconocía ya que no tenía un dueño registrado en sí. Se rumoreaba de que todo estaba maldito y se heredaban a todo ser maligno al que haya vivido allí.
Fue cuando resucitó la bestia, haciendo resonar los clavos y las cadenas, sus ojos estaban al rojo vivo al igual que su crin flameaba, de los ollares salía humo y la cola resplandecía como una antorcha. La neblina se esfumaba como un torbellino alrededor del caballo dejando a la vista la luna llena.
Un silencio se hizo presente entre el gentío que miraban sorprendidos hacia lo desconocido, los ojos estaban abiertos como platos. El corcel dió un paso y la muchedumbre retrocedía con sus antorchas pero otros sabían lo que estaba por suceder dado que se escapaban gimoteando del miedo.
Comenzó con un trote lento rodeándo a las personas que quedaban dentro del precipicio, la mitad intentaba escabullirse en vano. Cuando el caballo empezó a correr ya no había salida, corría como en un coliseo, cada paso que dejaba levantaba una hondada que se convertía en llamas seguido de gritos y alaridos, las cadenas entrechocaban una con otras y así también matando y generando una masacre sin piedad.
Corcoveaba al sentir el gran charco de sangre.
Con el paso de los años, muchos familiares hincan rodilla en tierra a unos metros del precipicio en señal de respeto, la neblina no deja visualizar lo que vive dentro pero la mayoría de los que escaparon y estuvieron presentes intentaron dejar todo en el olvido y seguir adelante
