Una carta de amor

Una carta de amor es un disparo. Es escuchar el nuevo disco de Tiersen y tambalear. Una carta de amor no representa nuestra amor pero lo imita; astuta, y alimenta las almas solas, las que están lejos, las que se miran al espejo y se ven irreconocibles y se asustan. Una carta de amor describe a dos mártires arrodillándose tanto que olvidan su estatura, su peso y la forma en que su pecho se dibuja. El descender del aire en sus pulmones. Una carta de amor se escribe cuando sangran tus letras. Las nuestras. Y pensarte cada día, y cada hora, y cada minuto. Y mentiré y diré que no, que no te escupiría aunque muriese de sed, que no te querría hasta la saciedad de los domingos, que no traduciría las dudas a besos y que no escribiría libros sobre nuestras historias, forjadas siempre con nuestras negaciones.

Una carta de amor es una cárcel. Y la mía fue la tuya y no lo sabes. La luz que habito, el ser que habito, esta habitación gris de cinco paredes no me sujeta. Siento que no me voy a ir a ninguna parte pero que tampoco me gusta estar en esta. Y cojo lo que escribí de tu voz y lo leo con la misma. Y me asusto porque la recuerdo. El cálido tacto de tu vibración, las curvas y los círculos expuestos a un sol naranja y a un piano.

Intentas definir las cartas de amor y yo te respeto. Y adoro tus palabras y las admiro. Al tacto resultan suavísimas como la encimera de una cocina sin polvo, como las dudas sin polvo, como el polvo sin polvo. Como todo sin ti. Eres perfecto pero no sabes nada de esto. Están las cartas de amor y están las tuyas. Y las mías, me imagino. Del lector solo queda entonces un rastro barato, un barco roto y una muñeca sin brazos y con el pelo sintético, rubio y pegajoso. Un náfrago a la deriva de tus oraciones sintáctica y semánticamente pulcras. Tus cartas son distintas. Tú lo eres.

Las leo, te leo, la leo y me da miedo olvidarme de tu nombre. Que seas el recuerdo sin rostro, la voz sin vello, la mirada sin sello, el libro sin aroma. Entonces asumo que nunca jamás va a ser un buen momento para leerte de nuevo. Es mi óptima forma de tortura y la llevo a cabo hasta que me sale un humo humano de la oreja y escupo el aire con el que golpeaste mi estómago hace unas semanas. Y sé que no debo. Que es un instinto intrínsecamente natural evitar las nauseas.

Supongo que sólo me queda hacer como si nada.

Como si nada fuese.

Como si nadase.

En tu mar, en tu río; ahora caudaloso, ahora seco como mis medias lunas moradas.

Una carta de amor es todo lo que dijiste y lo dijiste tan bonito y tan perfecto… Pero las tuyas no son cartas, son rehenes.

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