El güey de la basura

El otro día me encontré al míster de la basura. Esto es irrelevante porque no saben que hay uno nuevo que pasa por mi calle, al que no le agarramos la onda con sus horarios y que jamás se detiene el tiempo suficiente, pasa gritando “basuraaaaa, basuraaaaa” y en lo que agarramos bolsitas ya está hasta el fondo de la calle y para eso mejor topamos al camión que se para aquí a la vuelta cuando se le da su chingada gana (tampoco sabemos sus horarios).

El caso es que me topé al don que durante años recogió la basura en esta cuadra y desde lejos nos saludamos. “Buenas, ya me lo cambiaron de lugar”, dije yo. “Si, jefe, es que fíjese que ya me dieron mi plaza y me reubicaron”, dijo él mientras nos dábamos la mano. “Estuve muchos años como voluntario y ahora ya me paga el gobierno” dijo y el cabrón se veía bien contentote (esa es la expresión correcta /bien contentote/) “¡Que bueno que lo veo, jefe, me gusta compartirle esta alegría!”, remató. Yo no pude sino abrazarlo sinceramente, felicitarlo por su alegría. Nos despedimos y él se llevó su carrito basurero y su sonrisota.

Esto me ha pateado la canica toda la mañana.


El míster alcanzó una meta que había planeado desde hace un chingo y cualquiera podría pensar que es una pendejada, pero para él ha sido un logro maravilloso. Para este hombre trabajar para el Gobierno es alcanzar una meta. Este hombre al que jamás he visto con un libro, con el que jamás he hablado de las circunstancias del país, un hombre cuyo horario (voluntario y ahora entiendo por qué tanto afán) le impediría ir a Reforma a marchar y a manifestarse contra el estado, este hombre al que he visto saborear terribles, villanas y heteropatriarcales Coca-Colas en la tiendita, este hombre está feliz de trabajar para el mal gobierno, la cumbre de la mierda del país, esa caterva de asesinos, ladrones, corruptos, malaleche, hijos de perra, chichifos, etc., porque significa mejorar su calidad de vida. Este hombre ¿no es el pueblo? ¿no está de nuestro lado aunque no esté hombro con hombro? El día que triunfe la revolución sin manos que todos anhelan ¿no merece este hombre un lugar mejor en nuestra nueva República (lo que quiera que todo esto signifique)? ¿O lo vamos a rechazar como rechazamos a los comodinos güevones que no están marchando para cambiar el país rompiendo un vidrio a la vez? Ese es el maldito riesgo de hablar, trabajar y pensar en absolutos. Al ser categóricos dejamos de mirar los matices y nos llevamos entre las patas a un chingo de gente. Gente que trabaja para el maldito gobierno represor (¡Renuncia, Mancera!) y sin cuya obra la vida sería peor todavía, al menos en mi casa está culero que se acumule la basura porque no le agarro el tren a la ruta del nuevo barrendero.


Hace unos días alguien decía que no entendía cómo seguir trabajando con tanta tristeza

Pinches ridículos.

Yo escupí un sonoro y sentido “Ay no mames” y me mordí los dedos para no decirle ridícula, porque me resulta excesivo, bochornoso y ridículo que alguien interiorice al grado de la depresión. Porque si en verdad estás profundamente triste al grado de no poder divertirte o siquiera trabajar, ¡carajo! entonces estás deprimido y necesitas atención psiquiátrica, tal vez drogas chéveres y muy probablemente el origen esté en tu miserable vida de mierda y el país tenga poco o nada que ver. Lo dejé así, pero más luego encontré un tuit que representaba mi sentir:

@rr4wr se refería a este tuit:

¿Y saben qué? Son unos pinches ridículos de mierda. No son menos odiosos que los Testigos de Jehová evangelizando a la gente para imponer sus criterios morales y condenando, con mayor o menor ímpetu, a quienes no piensan como ustedes. Andan por la vida intentando generar en los demás culpas que decidieron asumir voluntariamente y están pa’ la verga si creen que esos chantajes, esas imposiciones morales, esas cátedras de superioridad son una buena forma de conseguir adeptos para una causa.

Ojo, no estoy hablando de empatía, la empatía es una cosa muy otra que están confundiendo gacho de culero. No es lo mismo tirarse al drama y al regaño porque otro no piensa/siente/hace lo que uno cree que debemos estar pensando/sintiendo/haciendo y otra cosa muy distinta es celebrar las desapariciones, encabronarse con las malditas marchas que tienen paralizado al país hasta el grado de aventarles el coche a esos mugrositos que bloquean Reforma porque son necios y creen que hacer marchas es hacer algo y luchar.

Quisiera saber cómo reaccionarían estos cancerberos de la empatía, estos administradores del dolor ajeno ante la sincera alegría y enorme gozo de mi barrendero. ¿Acaso debemos poner en pausa nuestra vida para sentir el dolor y la angustia de todas las ánimas del purgatorio? No, chavos, fluoxetina y masturbación para ustedes.


Por último y menos importante: Menciono a este hombre en un poema. Él es el güey de la basura a quien doña Emma olvidó dejar propina en Amnesia:

No tenía idea alguna de su rostro, su carácter, su nombre o sus aspiraciones cuando lo escribí, pero es a él a quien me refiero. El güey de la basura recogió durante años la basura de doña Emma hasta que falleció. Recuerdo que cuando volvimos a Strawberry Fields después de nuestra aventura potosina tuvimos que sacar mucha basura. Fue tanta basura que le extendí un billetote de 50 pesotes en agradecimiento, él me dijo que no, que era mucho dinero y que no quería abusar, tomó el billete, me dio uno de 20 de cambio y me sonrió. Siempre he admirado ese gesto, ahora que sé que era voluntario el gesto me resulta más bello todavía.


Notas al margen:

  • ¡Carajo! Sigo sin saber su nombre, nunca se me ocurrió preguntarlo después de todos estos años de cotidianidad.
  • Le contaba esto a la Diampira y mientras preparaba la narración le pregunté si recordaba al don de la basura que saludaba todas las mañanas y que no hemos visto. Ella se puso tensa, peló los ojos y contuvo la respiración. Yo no lo noté, lo que noté fue su alivio cuando le dije que lo vi. Se relajó, exhaló, expresó su alivio… para mi hija el señor de la basura es una persona y le dio miedo la posibilidad de su muerte. Algo debo estar haciendo bien.
  • En La Esquina de mi Barrio, Chava Flores retrata una calle mexicana de su tiempo, con sus locales de nombres juguetones, sus personajes callejeros cotidianos. Después del retrato cierra con un par de estrofas que le dan un tono doloroso a la canción: “En la esquina de mi barrio, compañeros / el lugar donde he perdido mi querer, / donde ayer brilló un farol como un lucero / lo rompieron y se echaron a correr. // Y la esquina me consuela en mi amargura, / con su risa, su bullicio, su esplendor, / llega el carro recogiendo la basura / y entre tanto desperdicio va mi amor”.
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