Un lugar que despierta curiosidades

El Mercado de las Pulgas se encuentra ubicado en un rincón de la Ciudad de Buenos Aires entre las calles Concepción Arenal y General Martínez y abrió sus puertas en 1988. Existen varias hipótesis sobre el origen del nombre de este mercado, algunos dicen que en el siglo XVII, familias de alto poder adquisitivo desechaban su ropa y la vendían en pequeños puestos, y como la higiene en ese entonces no era primordial, era de esperarse que en los atuendos haya pulgas. Otra versión era que los vecinos miraban desde sus balcones a los vendedores y a la cantidad de gente que había comprando, y llegaron a la conclusión de que parecía “un mercado de pulgas”. Más allá del nombre, este lugar que provoca y evoca sensaciones del pasado, sigue siendo una gran atracción turística en el barrio porteño de Colegiales.

El estilo que predomina en el barrio es antiguo-moderno. El tamaño que tiene el Mercado Pulguero, habla por sí solo. Es de esperar que uno se tope con miles de puestos y que probablemente pase horas y horas ahí adentro buscando lo que se necesite o llevándose cosas que no esperaba. Todo lo antiguo y arrabal se encuentra en un solo Mercado. Desde teléfonos de la Segunda Guerra Mundial, maquinas de escribir, cuadros de artistas plásticos, ropa de hace 50 años, discos de vinyl, firmados por reconocidos músicos, y planchas que se usaban a carbón. Estos son algunos de los tantos objetos que venden los puesteros y que además coleccionaron a lo largo del tiempo. Cada pasillo tiene su historia y está separado por temas. No todo lo que predomina es lo antiguo, también el Mercado Pulguero le dio lugar a los nuevos puesteros jóvenes e innovadores. Sin embargo, los que llevan más de 40 años trabajando, no se quedan atrás. Los puestos de antigüedades, despiertan curiosidades y ese es el motivo por el que persisten.

Todo una vida en el mercado

La mayoría de los vendedores trabajan en el mercado desde 1988, el día en el que se abrieron las puertas. Otros heredaron el local y la costumbre familiar. “El local es mío y de mi hija. Bueno, técnicamente los locales son del Gobierno de la Ciudad y lo que tenemos es un permiso de uso. Nosotras estamos acá hace diecisiete años”, comenta Carolina Anzuatte, de 57 años, quien tiene un puesto de vajilla antigua y objetos de decoración. Dentro del predio, a unos pocos metros, se encuentra “Vade Retro”, un local de muebles que Félix Etcheverry, alias “Beto” heredó tras el fallecimiento de su padre, hace ya diez años. “Yo vivo de esto, de hacer muebles. Con lo que gano, le doy de comer a mi familia”

Sin alejarse demasiado, Zulma Torres, alias “Rita”, vende antigüedades de más de 50 años, como: teléfonos de la Segunda Guerra Mundial, máquinas de escribir, discos, cuadros, cámaras fotográficas, radios, etc. “Soy feliz trabajando en este ambiente. Nos conocemos todos y somos personas con un mismo fin. Nuestras ventas son muy buenas, no me puedo quejar, hay gente en mi local todos los días, excepto los lunes, que no abrimos. A la gente le llama muchísimo la atención este puesto, porque ellos quieren conocer cómo eran los aparatos de antes. Eso despierta curiosidad y atrae a los turistas”.

Puesteros en primera persona

El papa de Beto, fabricó muebles toda su vida, y creó su propio estilo. En cambio, el saca ideas de las revistas, y gana más vendiendo los muebles que fabricaba su padre hace 50 años atrás que los que hace actualmente. “Voy a estar agradecido toda mi vida por haber heredado esto de mi viejo, de otra forma, si hubiese querido exponer los muebles en el mercado, por voluntad propia, hubiese sido imposible” agregó.

Rita fue coleccionando antigüedades de joven junto a sus padres. “Mis viejos eran pillos y sabían que en algún momento, coleccionar cosas antiguas iba a tener sus frutos. A mis nietos, les doy el mismo mensaje, guarden todo, que después se van a arrepentir”, cuenta Carolina, quien trabaja junto a su hija adolescente. Y agrega: “Esto es un comercio de compra y venta, todo lo conseguimos. Al principio empecé con vajilla que heredé de mi familia y luego me encargué de seguir consiguiendo para mantener el negocio”.

Actualmente no es nada sencillo tener un puestito en el Mercado de las Pulgas. “Hay ciertos requisitos. Primero tenés que anotarte en un registro del Gobierno de la Ciudad, que se abre una vez al año, y luego tenés que cumplir con cierta documentación. Quedás en una lista de espera por tiempo indeterminado, y cuando hay alguna vacante, se hace un sorteo entre los anotados del año que cumplieron con todo lo requerido, y el que gana está apto para trabajar acá”, dijo Anzuatte, la dueña del local de vajillas.

“Yo creo que es cuestión de tiempo y suerte” exclamó Rita, la dueña del local de Antigüedades. Y agregó: “En mis comienzos como vendedora en el mercado, era más accesible entrar, no era necesario tanto papelerío. Ahora somos tantos que se complica”.

La mayoría de ellos está trabajando en los puestos hace más de 40 años y, entre todos, se ocupan de la seguridad y la higiene. “Si vemos alguna actitud sospechosa, lo comentamos entre nosotros y, si es necesario, llamamos al 911. No es habitual acá la inseguridad, pero si pasa algo, somos muy unidos”, añadió Beto.

El mercado de antes y el de ahora

El mercado pulguero sobrevivió a muchas modificaciones y reestructuraciones. El primer predio era muy antiguo y se encontraba en malas condiciones. Cada vez que llovía, los puesteros tenían que lidiar con las gotas que caía del techo. Los muebles se deterioraban y sus productos no tenían más uso. En 2001, el mercado se remodeló con baños, galerías de arte y restaurantes. La zona en la que se encuentra ubicado el Mercado es una zona que irradia alegría, por la cantidad de murales pintados y el arte callejero que hay en cada esquina.

Sin embargo, no todo es color de rosas en el mercado. “Hoy en día es todo más difícil, tuvimos que bajar los precios de nuestros productos porque si no era imposible sustentarnos. Cuando más esperamos a la gente es los fines de semana. Hasta que un día, esa cantidad fue disminuyendo. Eso habla de lo mal que estamos como país. El mercado también se ve afectado”, comentó Anzuatte, la dueña del local de vajillas.

A pesar de sus modificaciones y que el porcentaje de compradores haya disminuido, el mercado revalorizó el barrio porteño de Colegiales. Es un lugar que los visitantes eligen recorrer en cuanto a lo turístico y mismo para los habitantes de la provincia cada vez que atraviesan una mudanza o deciden remodelar sus casas.