De lo que queda

Ahora te odio.

Te odio en nombre de tu ausencia pasada y futura.

Te odio

en nombre del nombre que jamás me diste,

te odio

en nombre de los que envejecen,

porque no estás entre ellos,

te odio por lo que me enseñaste y lo que aprendí de ti.

Te odio en nombre de mi orgullo roto y mi tristeza.

Te odio porque “nunca más” significa exactamente eso.

Porque ya no estás entre los que me miran,

porque ya no puedo verte,

porque ya no está tu sonrisa paternal

para perdonar las posibilidades de mi rebeldía.

Te odio porque ya no puedes responderme.

Te odio con tus ojos llenos de tierra,

y tu voz fría de espanto:

te odio en tu último momento,

el de la caída,

el del miedo,

el del último segundo de tu respiración.

Quizá después ya no te odie,

pero me siga doliendo enfrentar el silencio;

ver, egoísta, el cielo que tú ya no ves,

o la certeza de no escucharte nunca más reprocharme nada,

porque es como el silencio de quien ya no me quiere.

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