Autoretrato ficticio
Richard Avedon y el intento fallido de fotografiar a Jorge Luis Borges
“Las fotografías tienen una realidad para mí que la gente no tiene. Es a través de las fotografías que yo les conozco. Tal vez está en la naturaleza de ser un fotógrafo.” — Richard Avedon
Avedon es uno de los fotógrafos que más ha desarrollado el género del retrato con un grado de obsesión sorprendente. Sus fotografías — sus retratos — habían ayudado a definir parte del hemisferio cultural y de moda de los Estados Unidos. Además de ser colaborador de revistas de moda de culto como Harper’s Bazaar, Vogue, Life y Look.
Pero, ¿cómo era el fotógrafo que en los años 1960 y 70 se dedicó a fotografiar a personalidades famosas?, ¿quién era el fotógrafo de artistas, músicos, danzantes, dramaturgos, cineastas, escritores, y políticos?, ¿quién era él?, ¿y cuáles fueron sus obsesiones?
Truman Capote escribió sobre Avedon. El escritor, en su momento, clasificó el estilo del texto como ‘retrato’:
“Richard Avedon es un hombre cuyos ojos rebosan talento. Una buena descripción; añadir más sería pura floritura. Esos ojos, castaños y engañosamente normales, tan vigorosos para descubrir lo oculto y aprehender lo espiritual, para perseguir el paso fugaz de una verdad, de un estado de ánimo, de un rostro, son sus rasgos distintivos relevantes; ellos y su innata abstracción en su oficio, la fotografía, sin la cual esos ojos excepcionales, y la inquieta y sensible inteligencia que les sirve de motor, no podrían materializar aquello de lo que se impregnan destilándolo. Porque la verdad es que, aunque locuaz, un conversador desbordante, de los que se mueven en zigzag como una abeja ansiosa por libar una docena de flores al mismo tiempo, Avedon no se expresa con demasiada elocuencia; encuentra su lenguaje más adecuado en el silencio, mientras maneja una cámara; su verdadera voz, la que habla con admirable claridad, es el suave sonido del obturador congelando para siempre un instante enfocado por su percepción”.
En 1975 hubo un punto en la carrera de Avedon donde ya no se encontraba interesado en congelar milésimas de segundos con imágenes de rostros llevados a la náusea psicológica. Aquellas situaciones donde Avedon sometía a sus fotografiados a una especie de ritual ficticio de conocerse a sí mismos. No más retratos, no más interés por personalidades de poder.
Sin embargo, sus obsesiones pudieron más que el hartazgo. Y del resultado de ese incontrolable sentimiento nace esta historia: la historia del choque entre dos artes: la Fotografía — el fotógrafo — y la Literatura — el escritor—, Avedon y Borges.
El texto es parte de un ensayo que acompañó una exposición de los retratos de Avedon en el año 2002:
“ […] Había tres hombres cuyo trabajo admiraba enormemente y cuyo retrato quería realizar: Jorge Luis Borges, Samuel Beckett y Francis Bacon. Sus retratos involucraron tres tipos de performance: Borges dio un performance infotografiable, Becket rechazó la performance, Y Bacon ofreció un performance perfecto.
Fotografío a lo que más temo, y Borges estaba ciego.
En el avión para Buenos Aires, descubrí que la madre de Borges, con quien sabía que había vivido todo el tiempo, había muerto esa noche. Asumí, por su puesto, que la cita sería cancelada. Pero me recibió, como habíamos planeado, la siguiente tarde a las cuatro en punto. Llegué a su departamento y me encontré en la noche. Él estaba sentado en una luz gris, en un asiento pequeño, y señaló con su mano para que me sentara a su lado. Casi inmediatamente, me dijo que admiraba Kipling y me pidió que le leyera. “Ve a la biblioteca y busca en séptimo libro desde la derecha del segundo estante”. Lo hice. Me dijo qué poema de Kipling quería escuchar. -”The Harp Song of the Dane Women” -y se lo leí. Se sumó en algunos pasajes. Si sabía anglosajón, me preguntó. ¿Cuál prefería, leyenda o elegía? Elegía, aventuré. Me explicó, como preparándose para recitar, que su fallecida madre yacía en el cuarto continuo. Sus manos se crisparon de dolor justo un instante antes de su muerte, me explicó, y luego describió cómo él y su sirviente habían estirado cada uno de los dedos de su madre, uno por uno, hasta que sus manos descansaran en paz sobre su pecho. Después recitó la elegía anglosajona, su voz se elevaba y caí en el cuarto oscuro.
La primera vez que lo vi en la luz, fue mi luz. Me abrumaron los sentimientos y empecé a fotografiar. Pero las fotografías resultaron más vacías de lo que esperaba. Pensé, que de alguna manera la abrumación fue tanta que no había logrado poner nada de mí mismo en el retrato.
Cuatro años después, leí una crónica de Paul Theroux de su visita a Borges. Era mi visita: la luz suave, el viaje a la biblioteca, Kipling, el recital anglosajón. De alguna manera, parece que Borges no hubiera tenido visitas. La gente que venía de afuera solo podía existir para él solo si ellos formaban parte de su propio mundo interior, el mundo de poetas y sabios que eran su verdadera compañía. La gente en ese mundo que sabía más, discutía mejor, tenía más para decirle. La performance no permitía ningún intercambio. Él se había tomado su propio retrato hacía tiempo atrás, y yo solo pude fotografiar aquello.”

Luego de leer el texto de Paul Theroux, Avedon pudo entender que el mundo propio del sujeto era impenetrable, y que difícilmente el fotógrafo podrá controlar su propia ficción.
O ser dueño de ella.