El pan… nuestro de cada día

La historia del pan y la alcaldía de San Salvador

Julio Martínez

Uno a veces escribe para no olvidar y eso me pasa a mí hoy día, “escribir para que la memoria esté vigente”, las palabras se las lleva el viento y la letra es perenne, más ahora con la tecnología que nos garantiza la perpetuidad.

Este hecho del pan, me hace recordar las palabras de mi abuelita, que cuando uno de mis primos decía la palabra “p” y era regañado por alguno de los tíos, venía ella de cachimbona y defensora de los pollos y decía a los cuatro vientos y con su vozarrón de declamadora de la poesía de Alfredo Espino:

“¿Y quién te ha dicho que decir puta es mala palabra? Bien que hay otras palabras feas de las que nadie se asusta, así hay hambre, corrupción, indignidad e injusticia que son las palabras más feas que yo he escuchado y sí que son malas, deja de joder”.

Injusticia, esa es la mala palabra.

Las calles de San Salvador han estado de siempre buscando ser el espacio del empleo de muchos que no tienen ni donde ni como ganarse el sustento diario. Eso efectivamente tiene un contrapunto en el orden de la ciudad, en lo estético, en el ornato que una urbe debe tener.

No es extraña la imagen para San Salvador, no justifica que exista.

La calle Arce sitio en donde confluyen muchos jóvenes y no tanto, es un buen lugar para vender pero ello es contrario a la estética del lugar, al ordenamiento de la ciudad, y es comprensible la necesidad de mantener este orden buscando la educación del informal, del que vende en la calle.

En esta misma calle de rancio abolengo, calle que en su momento significó el poder político y económico de la sociedad salvadoreña, hay muchos vendedores. Yo trato de captar porqué hay tantos y no me cuesta explicármelo: hay muchos potenciales compradores.

Lo central: La existencia de vendedores ambulantes reflejan una economía sustentada en informales, con una estrategia muy débil en la dirección económica del Estado, con ausencia de inversión productiva, sin definición de la competitividad, con una enorme falta de empleo y pobreza evidente. A nadie le gusta estar ocho o diez horas bajo el sol o la lluvia vendiendo, lo hacen porque no hay empleo.

El panadero vende en la esquina de la calle Arce y la 17 avenida, y hoy como todas las tardes llegó con su bicicleta, se detuvo, puso su banquito y bajó su canasto. Y como todas las tardes empezó a vender su pan francés caliente, uno, dos, tres, cuatro dólares de cachitos, polveado y pan corriente.

Eso hasta que aparecieron los ocho policías municipales con su tarea y trabajo de buscar mantener el orden y ornato de la calle.

Una imagen mexicana, el panadero en su bicicleta haciendo equilibrio con la canasta de pan

Me detengo un momento en esta historia porque me viene el recuerdo de mamita, que también fue vendedora de la calle, ella mas de una vez me habló mal de los “choriceros”, los policías municipales. Decía que ellos siempre buscaban quitar las ventas de las mujeres que vendían en la calle y allá por los años sesenta, cuando se miraban a los municipales, las mujeres salían corriendo con sus ventas para alejarse lo mas posible de la turba que arrancaba la venta de las mujeres pobres vendedoras de la calle.

Lo de “choriceros” les viene bien, porque allá por los años cuarenta y cincuenta, estos municipales se encargaban de limpiar la ciudad de perros callejeros que seguramente tenían dueño, pero en este país pasa que no nos hemos acostumbrado del todo a que los perros deben estar en la casa o el jardín -también es que pedir que la casa-pobreza tenga jardín es un lujo inalcanzable- que deben estar con un collar, amarrados y dentro de la casa. No hombre, acá la gente suelta sus perros, se van a la calle y buscan ellos solos su comida.

Así que para controlar este desorden de perrerío en la calle los municipales no los metían a la perrera municipal sino que les daban “bocado”, que es un pedazo de pan, chorizo o algo de comer con vidrio o veneno dentro, de tal forma que el perro comía el chorizo del choricero y terminaba desangrado y con dolores muriendo en la calle, luego pasaba el camión de la basura y se los llevaba al basurero. Cruel.

Los callejeros, la pandilla

Sigo: Los ocho policías municipales se fueron contra el panadero y le arrebataron los diecisiete pesos de pan que aun le quedaban por vender. Cuando él les pidió que bueno, que le devolvieran su pan, que ya se iba pues, uno de ellos el que parecía ser el “jefe”, dispuso sacar su escopeta y chasquearla para amedrentar. ¿Que necesidad había?, ninguna, solo la mala apuesta de demostrar el poder de un arma y que en manos de la autoridad equivocada puede convertirse en un instrumento de temor y no de seguridad.

Se llevaron el pan y con él, la posibilidad de que este señor panadero llevara algo de dinero a su casa. De acuerdo al art. 28 de la “ordenanza reguladora del comercio en el espacio público” debieron levantar un acta, no, no lo hicieron cayendo en la ilegalidad de haber decomisado un producto sin tener constancia de haberlo hecho. De acuerdo a este mismo artículo “ Los agentes del CAM deberán practicar esta medida administrativa cuando la circunstancia lo justifique, como medio para comprobar la infracción”.

Más arriba, sobre la misma calle, los otros vendedores miraban a los municipales y retadoramente no quitaron sus ventas de la calle. Los municipales tampoco llegaron hasta donde ellos.

Reflexioné un poco sobre el asunto y me puse a pensar que estos policías forman parte de la gente del pueblo, es decir, que ni siquiera son “clasemedieros”, estos policías pertenecen al mismo grupo social del panadero.

También me puse a pensar en la importancia de los procesos de reordenamiento de San Salvador y la metodología que se ha usado para resolver un problema de décadas en el centro de la ciudad y como en contraposición a esa acción, hoy observaba algo incoherente con ese espíritu.

El duro trabajo de reordenar la ciudad

Me vino a la mente la figura del Alcalde y la importancia de que él sepa sobre algunos procedimientos mal empleados por los policías municipales para lograr el objetivo mantener la estética de la ciudad y estoy seguro que él estará de acuerdo conmigo: no es la forma, esa manera de hacer las cosas se convierte en una injusticia. La mala palabra.

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