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El reloj de mi abuela se ha detenido justo a las 3:20. Me he quedado mirándolo por horas pensando que el tiempo había dejado por fin de pasar, pero la luz afuera cambiaba y también los sonidos de los autos y de la gente que pasa y de la lluvia que no ha parado de caer.

Aquí sólo llueve. Pero no es una lluvia particular de la que hablar. No es una lluvia pesada ni gris, ni fría ni eterna como la de Macondo, es sólo una lluvia que impide el movimiento y que dificulta el tráfico.

He leído muchas cartas últimamente, buscando letras que de pronto me hablen a mi, como si yo fuera un ser que se mueve por el tiempo extrayendo las letras de las generaciones y llevándomelas a un imperio donde siempre son las 3:20.

He decidido dejar de calcular mis pensamientos y ahora todo lo que produzco es desordenado y caótico; te hablaría de la suerte de hilos que me unen ahora pero temo que hace rato he venido debilitando mi lenguaje contigo. Me enamoro temporalmente y pasajeramente aunque profundamente de hombres sobre los que construyo ideas hermosas. Espíritus abandonados en una gelatina de impresiones nucleares que abordan cuerpos misteriosos. Los amo mientras son mi creación, mientras sus almas son atormentadas por pasados que construyo con delicadeza y que adornan su caminar de maneras excepcionales.

La semana pasada fue un hombre que transitaba el metro buscando encontrarse la misma chica que vio ahí sentada, unos 10 años atrás. Barbado y perseguido por su deseo, recorría la misma línea a diario esperando volverla a encontrar, pero son tantas las caras y tantas las horas que transitan esas bestias subterráneas, que ya no podía distinguir sus facciones. Su recuerdo la había convertido en una mezcla de todas las mujeres que ha visto desde entonces, y ahora, justo ahora, ella que tanto ha buscado se sienta frente a él a leer El Decameron, y él la mira pero no la ve. Se concentra en el libro que tiene entre las manos y en la forma en que se mueven sus labios en silencio mientras lee. Ve su pelo negro que cae sobre sus hombros de manera cálida y piensa en ella, en ella a la que vió hace 10 años, ignorando que son la misma piel y los mismos ojos, y los mismos labios que se mueven desde que es pequeña, cuando lee. Comparten dos segundos de miradas, y ella le sonríe mientras se baja. Su sonrisa le deja saber que lee su perfidia y algo en ella agradece no sentirse así. Se levanta y se baja en la estación de la calle 34 y se pierden de nuevo para siempre, pero esta vez no hay repercusiones porque no existió nunca la voz del reconocimiento. Un velo viscoso que cubre la superficie de las cosas ocultandonos su esencia, para evitar que enloquezcamos llenos de realidad.

Lo amé profundamente, hasta que supe que su nombre era Santiago, que enseñaba Filosofía Clásica en una Universidad Pública de esas no registradas que quedan en casas coloniales remodeladas con tapetes de pelo sintético color pelusa y olor a tinto de greca, que vivía en El Norte de la ciudad y que algún día quería irse a San Francisco. Montaba el tren porque iba a buscar un vestido para su madre que cumplía 65 años al día siguiente, y quería mi teléfono. No buscaba a nadie. No esperaba a nadie. Las cosas sencillas mueren tan fácilmente.

Creo que hay cosas que empeoran mi estado. El tercer movimiento de la 3a de Brahms es una de ellas. También el piano frenético y abandonado de Philip Glass. Y sobretodo el tercer movimiento de la 5a de Shostakovich. Las noches sin sueño. El exceso de mate y el exceso de alcohol.

Malditasea son las 3:20 y sigo sin dormir. El día de mañana me enamoraré de un director de orquesta que huyó de Praga para venir a conocer los instrumentos hechos de cestas y de espaldas de armadillo, a conocer los tiples y los quattros y los charangos. Que vino a intentar escuchar el didjeridu debajo de la lluvia tropical que cae de los árboles como si su sonido fuera el que convoca las gotas… Un director de orquesta sinfónica que un poco esquizofrénico está buscando el compás del centro de la tierra.

Me robo las letras de otros.

“My love has made me selfish. I cannot exist without you — I am forgetful of every thing but seeing you again — my Life seems to stop there — I see no further. You have absorb’d me. I have a sensation at the present moment as though I was dissolving”

Disolverse en la ausencia. Pender de sólo letras. Palabras. La vida entera, cada segundo, cada momento, cada temperatura y tono de luz del día, cada sonido, cada sabor, traducido a jeroglíficos para alguien. Por alguien. A causa de alguien. Haz el ejercicio, por mi. Ahora te dejo, porque aquí suena la 3a de Brahms, Keats rebota como ecos en las escaleras y ya el reloj marca las 3:20.

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