La lucha que nunca terminó
Emma Godoy

La mujer que dejó huella
Emma Godoy, maestra en letras y doctorada en filosofía dejó un gran legado en nuestro país: la revalorización de la vejez. Una idea que posicionó al envejecimiento como la etapa más honorable de la vida del ser humano por su valor en experiencias recolectadas y sabiduría de la vida.
Dicho legado comenzó con la creación del grupo altruista Dignificación de la Vejez, A.C. (DIVE) en 1977, el cual en 1979 se transformó en el Instituto Nacional de la Senectud (INSEN), hasta llegar a lo que hoy se conoce como el Instituto Nacional para las personas mayores (INAPAM).
Una luchadora cívica a favor de las personas mayores, donde la inclusión y la promoción en igualdad de oportunidades fueron algunos de sus mayores logros. En noviembre de 2006 mereció un lugar en la Rotonda de las Personas Ilustres (Catedral Metropolitana de la Ciudad de México). [1]
Las memorias de Emma
Las memorias de la ilustre filósofa nos invitan a reflexionar acerca de las etapas de la vida, donde nunca es tarde para aprender a envejecer. Señala que el ser humano debe prepararse para la vejez, prácticamente, desde sus primeros años de vida, pero más a partir de los 40, para conservarse activo y estimular la mente.
Las ideas de esta mujer nos transportan a una sociedad más justa y equitativa donde nuestros queridos viejos se vuelven el pilar de la nación, como fuente de sabiduría y conocimiento. Decía Emma Godoy: “¡Cuánto ganaría un país si hiciera de nuevo productiva la edad de la sabiduría!”.
Esta idea de la revalorización de la vejez se plasmó en los objetivos del DIVE al pensar en la organización como un campaña educativa que no sólo batallaba contra el ambiente de discriminación, sino contra los estereotipos de la ancianidad que impedían que los mayores se aceptasen a sí mismos.
Repensar la edad de la sabiduría
Los pensamientos de Emma Godoy son una gran reflexión para nuestros tiempos. La historia también nos enseña una lección pues parece que hemos olvidado la importancia de la vejez.
Antes a los viejos se les confiaba el oficio más honorable de su tiempo, aquél de gobernar:
“El sanedrín de Israel estaba integrado por 71 ancianos. El Consejo de Delfos guiaba a Grecia. El senado romano tenía tanto o más poder que el César. (La palabra “senado” viene de senectud: viejo.) A un sacerdote católico se le llama “presbítero”, honrándole con ese título porque présbita, en griego, significa “viejo”: es un modo de calificarlo de sabio, aunque sea joven”. [2]
Porque un país culto y no decadente estimula a sus ancianos, pues sabe que en ellos reside la parte sabia de la humanidad, nos recuerda la valiente Emma Godoy.
[1],[2]: mujeres con huella (Blogspot)
* Redacción: Mara Martínez