Voto electrónico ¿Discusión técnica o política?

En Argentina se impulsa el voto electrónico como forma de modernizar la democracia… ¿que hay detrás?

Ni el voto electrónico ni la boleta electrónica resuelven ningún supuesto “problema” del actual sistema electoral, pero sí crean nuevos problemas. 
La iniciativa por el voto electrónico no surge por falencias en el sistema actual, sino de necesidades logísticas del PRO (partido de gobierno en Argentina en el 2017). El principal aspecto en esta discusión es que la ciudadanía se ve ajena a lo electoral porque no lo considera útil para mejorar la sociedad, es decir, hay que dicutir lo polític
o.


El debate sobre el voto electrónico se desliza rápidamente hacia los aspectos técnicos como velocidad en los resultados y mecanismos electrónicos antifraude. Si estamos hablando de la participación ciudadana el tema central es, obviamente, el político.
Abordemos el tema en varios aspectos, relacionados siempre al eje principal: el político.

Aspecto histórico: La ley electoral Sáenz Peña nace contra el fraude.

El sistema de votación argentino es uno de los que más controles y reaseguros tiene en el mundo. En Argentina cada mesa de votación tiene a un ciudadano como máxima autoridad y fiscales de los partidos políticos. Además existe una veda electoral muy severa de 48 horas que incluye la prohibición de alcohol, de reunión, del proselitismo e incluso del uso de insignias.

Es que la ley electoral Argentina, la ley Sáenz Peña de 1912, nace contra el fraude patriótico. El reaseguro de la oligarquía criolla ante un pueblo “ignorante” que votaba mal.
La situación era institucionalmente insostenible, hasta que por fin la ley Sáenz Peña permite elecciones limpias que ganó una joven y popular UCR.

La primera conclusión es que el sistema electoral argentino es muy seguro, y no existen esos problemas de transparencia que el voto electrónico vendría a resolver.

Aspecto técnico: Vulnerabilidad del voto electrónico y de la boleta electrónica

Como la discusión sobre una reforma en el sistema de votación va a abusar de las cuestiones técnicas, es bueno conocerlas.

Lo primero que debemos saber es distinguir entre 
- voto electrónico: la urna sería una especie de cajero automático donde se eligen las opciones.
- boleta electrónica: en el cuarto oscuro hay una impresora que imprime boletas con un código electrónico, y estas se meten en una urna.

Un dato importante es que muchos países que adoptaron el voto electrónico luego lo descartaron por inseguro. El más emblemático por solidez institucional, capacidad tecnológica y nivel socio-económico es Alemania.

Las objeciones técnicas son:

  1. en el voto electrónico es imposible que el voto sea secreto porque la computadora guarda el orden en que ingreso cada voto. En la boleta electrónica, si el software está bien hecho, no estaría este problema.
  2. En el voto electrónico en caso de fraude no hay forma de verificarlo. Si los datos fueron alterados, no importa cuántas veces se realice el conteo de votos, siempre va a dar lo mismo. La computadora no se equivoca, si hubo fraude por alteración el resultado siempre va a ser el alterado. En la boleta electrónica depende de que el ciudadano controle la boleta impresa en el momento.
  3. Tanto en la boleta como voto electrónico, la tarea de fiscalización depende de técnicos especializados. Para fiscalizar a conciencia un partido político debe contratar un ingeniero de software que haga una auditoría, Es decir, obtener el programa, estudiar el código de ese software y luego asegurarse que ese sea el código que utilizará la urna informática. 
    A diferencia del sistema argentino actual, donde fiscalizar es sencillo pero requiere de muchas personas, pasaría a ser complejo (y caro) pero alcanzaría con pocas personas.
    - Fiscalizar una urna electrónica implica que la junta electoral entrega una copia del software a cada lista participante con tiempo para que lo auditen, y que los fiscales partidarios el día de las elecciones pueden ir a cualquier urna electrónica en cualquier mesa, conectarse con un dispositivo a esa urna y comprobar que el software instalado es copia del entregado por la junta electoral.

En conclusión, el voto electrónico está muy cuestionado, por eso sus propulsores en Argentina proponen la boleta electrónica…

…pero la boleta también tiene graves problemas:

Aspectos políticos: lo importante

La iniciativa a favor de máquinas electorales también se apoyan en otras cuestiones menores, como la necesidad de velocidad en la noticia de los medios y la cultura 2.0 de nuestra época. 
Y no menospreciemos la corrupción de adjudicar el proyecto a una empresa amiga, un valor importante para políticos de la talla del presidente Macri, que definitivamente no es un estadista.

Pero la dimensión política debería ser la que organice a su alrededor todas las demás. Veamos dos cuestiones políticos importantes:

Lo político 1: Las necesidades del oficialismo (PRO — Propuesta Republicana)

El voto electrónico no soluciona ningún problema al votante, ni a la sociedad ni a la institucionalidad Argentina, pero si le soluciona un gran problema logístico al PRO. Un partido pequeño, neoliberal, sin militancia, con una visión superestructural de la política y que desprecia la inserción territorial que le es dificultoso movilizar miles de personas en los comicios. Pero eso puede solucionarse en forma online si está todo automatizado, y mucho mejor si esa automatización la paga el estado argentino.

No es solo la fiscalización, que el PRO soluciona contratando fiscales, sino mucho más importante, la de poder reemplazar las técnicas y trucos que los fiscales partidarios han aprendido por técnicas y trucos similares en software diseñado por expertos.

Los fiscales argentinos han aprendido pequeños trucos, legales, que influyen en la pelea voto a voto. Cosas sencillas como quitar las boletas cortadas del cuarto oscuro para disminuir tendencias, que las boletas de sus partidos estén bien visibles y no mezcladas en el centro de la mesa, nimiedades que influyen en el número final.

El gran fraude electoral es una carta fuerte que los poderosos usarán cuando la necesiten, pero que no piensan permitir que nadie la malgaste por necesidades coyunturales. Lo que está en disputa ahora es pequeños detalles que manipulan resultados basándose en la subjetividad de las personas.

Está demostrado que, y es cada vez más estudiado, la forma en que la pantalla presenta las opciones influyen en lo que elegimos. Colores, posiciones y orden de los elementos que estudian el marketing, la sociología, la psicología y otras disciplinas.

El PRO es un gran cultor de estos saberes. Esta nueva derecha argentina que confunde comunicación con marketing, cree que modernizar es cambiar fiscales que acomodan boletas en el cuarto oscuro por pantallas e interfaces diseñadas por expertos en comportamiento digital.

Las manipulaciones en el diseño de la interfase de votación incluyen desde actos legales, como en qué lugar y que tan grande de la pantalla está el botón “voto en blanco”, donde y que tan grande se ve la opción de “votar lista completa”, hasta trampas ilegales, como que en el random (sorteo) del orden de las boletas en pantalla algún algoritmo haga que la mayoría de las veces unas opciones aparezcan en algún lado y otras en otra, o cambiar fotos o colores. Y estas trampas 2.0, a diferencia de lo difícil de ocultar que son en el actual sistema, en un sistema informático son muy difíciles de percibir.

La automatización del acto electoral volverá oscuro un acto transparente, porque se puede negar la sospecha de fraude o sembrarla de acuerdo a lo que convenga, y es muy difícil de comprobar tanto por si ocurrió o no.

El modelo de partido tipo PRO, con poca militancia y una relación on-line con el ciudadano se beneficiaría de la automatización, los partidos tradicionales y la poderes fácticos nacionales no la necesitan, pero tampoco harán una oposición de principios. La perdida de democracia no es un problema para ninguno de estos actores.

Lo político 2: El pueblo se siente ajeno a lo electoral

Pero la gran cuestión política es que los ciudadanos han llegado a la conclusión que votar no es una herramienta útil para resolver los problemas nacionales, sociales, populares y ningún otro, por lo tanto no está dispuesta a defender el sistema electoral.

Y no importa los reaseguros del sistema electoral, electrónico o no, el principal garante de la transparencia es que la población esté interesada en defenderla.

En 1983 volvía la democracia a la Argentina después de décadas de dictaduras y gobiernos débiles y condicionados. La población abrazo las elecciones y participó entusiasmada de lo que se dio en llamar la “fiesta de la democracia”. Desde esa fecha hasta nuestros días ha habido una degradación de la confianza en el acto electoral.

Ese lugar común de la defensa del acto electoral no alcanza para tapar lo que a la población le resulta evidente: votar no sirve para mucho. El acto electoral se ve como algo lejano por la mayoría de la población, inútil para resolver problemas y un mecanismo de acceso al poder de corruptos.

Desde el romanticismo liberal se supone que las elecciones son el día en que el “ciudadano” manda sobre el estado. Ese día, por ejemplo, el presidente de mesa es un ciudadano común sin afiliación política, y es la máxima autoridad (en su mesa de votación). Puede darle órdenes a la policía y su criterio es el que manda. Es el día de control ciudadano sobre el estado.

Esta concepción se ha debilitado a medida que la población perdió fe en las elecciones. En la práctica, aunque no en la ley, los presidentes de mesa son ciudadanos que cada vez entienden menos, descomprometidos, que quieren que alguien les diga qué hacer. Una figura ha crecido en los centros de votación en los últimos años: El delegado de la junta electoral (funcionarios del poder judicial). Cada vez más poderosos, instituidos como el “tipo neutral que entiende”, son los que mandan y resuelven que hacer, consultados por la fuerza pública y por los cada vez más descomprometidos presidentes de mesa, son la máxima autoridad “de hecho”. El vacío popular lo ocupa el estado.

Ante el vaciamiento del acto electoral el sistema ensaya reformas y parches: Primarias obligatorias, boleta única, a color, mandatos más cortos, etc. Pero son cambios superficiales que no resuelven el problema: lo electoral es la forma en que el pueblo queda fuera de las decisiones. Los pueblos lo notan, en Argentina y en el mundo.

Conclusión:

La reforma electoral es más una necesidad neoliberal (PRO), de su visión de la participación ciudadana y de su “nueva” forma de “hacer política” que una necesidad popular o de los poderes fácticos. En Argentina el capitalismo no está urgido a reformar un sistema electoral que (aún) le funciona como mecanismo de control del estado, lo que no quiere decir que se oponga. A medida que la democracia representativa se vacíe más y más, tendrá que recurrir a más mecanismos de maquillaje, pero no se puede cambiar el corazón del sistema. La ciudadanía vota pero no decide.

Como pueblo debemos saber que lo central es para que nos sirven las elecciones a nosotros, que batallas podemos ganar en ese terreno y cuales en otros terrenos, y cómo aduirimos conciencia y organización para librarlas.