Playground o la crisis del conocimiento

En el último artículo hablé de lo pernicioso que resulta el contenido creado con el único fin de ser “viralizado” o “amplificado”. Puse como ejemplo esos artículos en formato lista de cosas, consejos o razones que se han multiplicado como bacterias en los últimos tiempos. Todo lo que se dijo guarda mucha relación con el título que nos ocupa hoy. Y es que la tendencia actual de producción y consumo de contenidos nos está abocando, con poco remedio a corto plazo, a una crisis total de conocimiento.

No se trata de criticar el poder de generación de conocimiento en Internet, que es todo el imaginable, o casi. Muy al contrario, es imposible no alabar las enormes posibilidades que nos ha ofrecido el mundo online a todos nosotros para poder informarnos y conocer, como nunca antes en la historia. El problema no está en la Red, y tampoco está en el contenido en sí. El problema real está en el uso que hacemos de esta Red y de este contenido, y en el fin que perseguimos en la generación y consumo de contenidos.

Y Playground, esa mega red de generación de contenidos, no es el peor ejemplo que existe hoy en día. Creo que es al revés, quizá sea de las mejores plataformas en formato “churrera de contenidos”. Y por eso creo también que es el ejemplo perfecto de esta crisis del conocimiento en que nos sumergimos cada vez más. Si esta plataforma es un referente, el paradigma de lo que hoy es el contenido en Internet, está claro que no estamos yendo por el buen camino.

¿Y por qué digo esto? Playground ha tenido un éxito enorme, es indudable, y su contenido nos encanta. ¿Qué tiene de malo entonces? Me explico. Playground transmite gran cantidad de contenido, pero lo hace de una forma absurdamente superficial. Ha perdido un poco el respeto por los receptores de su contenido — su audiencia — , simplificando hasta niveles insultantes la forma en que se comunica con ellos. Apenas si ofrece una breves pinceladas sobre una variedad apabullante de formatos y temas, haciendo muy difícil el sacar algo realmente válido de nada. Estamos sobrepasados por el contenido, es un hecho, y si encima nos siguen obligando a consumir más, en formatos cada vez más efímeros, la retentiva se ve machacada y la generación de conocimiento se convierte en algo prácticamente imposible.

Como ocurre con tantas otros sitios web, blogs, etc., el problema de Playground es el fin que persigue con su contenido. Este único fin es de la notoriedad. La intención por informar de forma adecuada, de aportar conocimiento, es secundaria. Es por eso que sus contenidos son tan poco suculentos. Se consumen en segundos, de hecho, están pensados para que sea así. Y una vez consumidos, dejan poco o ningún rastro en quien los consume. Es cuando el contenido se genera sólo con el objetivo de obtener un retorno en términos de fama — o alcance y engagement, si hablamos en términos digitales — , que éste empieza a perder su verdadero sentido.

Todo contenido debe ser pensado con vocación de riqueza, de aportar conocimiento profundo y veraz. En el caso de Playground, esto no es así. Es más, la exclusividad de sus contenidos es prácticamente nula, la mayor parte de las veces se dedican sólo a dar formato a noticias surgidas en otros medios. ¿Qué riqueza hay entonces en un contenido superficial y con nula exclusividad? La respuesta es fácil: ninguna.

No quiero con esto demonizar a Playground. Como decía, creo que, dentro de este sector de generadores de contenidos sin ton ni son, es uno de los mejores; al menos tiene cierta conciencia social. Pero no por ello deja ser un ejemplo de cómo generamos y consumimos hoy el contenido, y por tanto, el conocimiento.

La culpa no es exclusiva de Playground, no toda la culpa. La culpa es de todos nosotros. En toda comunicación hay dos participantes, el emisor y el receptor, el que habla y el que escucha; en este caso, el que produce el contenido y el que lo recibe o consume. Las dos partes de este sistema tienen la misma responsabilidad en el acto de comunicarse. Es decir, al recibir mensajes, tenemos el derecho y la responsabilidad de ser críticos con qué recibimos y cómo lo recibimos; y al mismo tiempo, a la hora de generar ese mensaje, ese contenido, debemos ser conscientes y responsables con cómo y en qué formato lo transmitimos.

Como receptores, nos hemos vuelto poco exigentes, casi podría decirse que nos hemos vuelto más tontos. Y tampoco es nuestra culpa; la ingente cantidad de información disponible nos ha apabullado, y muchos de nuestros males en este sentido se deben a una falta de adaptación a este nuevo inmenso ecosistema. Y como emisores, como generadores de contenido, hemos perdido toda responsabilidad respecto a lo que transmitimos. Da igual qué o cómo lo transmitamos, con tal de que llegue lejos y nos ofrezca esos turbios y cuestionados beneficios de término rimbombante.

Y lo que hace de todo esto un problema realmente grave es que otros sitios y plataformas, teóricamente con vocación de enriquecer, como los grandes medios de comunicación o los blogs especializados y de expertos, se están apuntando a esta tendencia sin muchos remordimientos. Y ya no sólo en el mundo digital, también al papel, teórico refugio de las verdaderas ideas, está llegando está tendencia por vulgarizar (sólo hay que echar un vistazo a los libros más vendidos de cada mes). ¿Qué va a ser de nosotros cuando todo el contenido responda a este patrón contrario a la transmisión de conocimiento? Sinceramente, no lo sé. Lo que sí sé es que estamos en los albores de la comunicación digital, en plena revolución de la comunicación, llegará un momento en que tengamos que llegar a un equilibrio. O eso espero. De otra forma, lo único que generaremos son legiones de ignorantes, fácilmente influenciables y manipulables.

El conocimiento no sólo es poder, el conocimiento es la base de cualquier tipo de libertad.