La inteligencia y la muerte

Hace algunos años, cuando me mudé a Salamanca, entretenía el tiempo dando largos paseos solitarios por los rincones más emblemáticos de una ciudad que aún no era mía, pero en la que tendría que vivir durante al menos cuatro años. Solía visitar el edificio histórico de la Universidad y entretenerme ante la magnífica biblioteca, el aula de Fray Luis de León (donde se pronunció aquello de «Como decíamos ayer…») y, sobre todo, el paraninfo. En él se había escenificado uno de los grandes enfrentamientos entre la razón y la barbarie de los que quedan memoria. De él había salido un derrotado Miguel de Unamuno para encerrarse en su casa de la calle de Bordadores, frente al convento de la Anunciación, y no volver a salir jamás.

El episodio lo relató muy bien Hugh Thomas en La guerra civil española. El 12 de octubre de 1936 se celebraba en el paraninfo universitario el acto solemne de apertura del curso académico. Tras las formalidades iniciales y después de escuchar un discurso apasionado de José María Pemán, el profesor Francisco Maldonado tomó la palabra para pronunciar una violenta diatriba contra las Vascongadas y Cataluña, a las que definió como «cánceres en el cuerpo de la nación». «El fascismo, que es el sanador de España, sabrá cómo exterminarlas», añadió, «cortando en la carne viva, como un decidido cirujano libre de falsos sentimentalismos». Entre el público, alguien profirió un «¡Viva la muerte!». El militar Millán-Astray, que se encontraba también en el paraninfo, quiso enardecer al respetable lanzando la consabida soflama patriótica — «¡España! ¡Una!…» — y unos cuantos estudiantes falangistas comenzaron a lanzar vivas a Cristo Rey y a la paz misericordiosa. Luego se levantaron para hacer el saludo fascista ante un retrato de Franco que colgaba en la pared. Unamuno, que en su calidad de rector presidía la mesa, se levantó y dio su conocido discurso:

«Estáis esperando mis palabras. Me conocéis bien, y sabéis que soy incapaz de permanecer en silencio. A veces, quedarse callado equivale a la aquiescencia. Quiero hacer algunos comentarios al discurso, por llamarlo de algún modo, del profesor Maldonado, que se encuentra entre nosotros. Se ha hablado aquí de guerra internacional en defensa de la civilización cristiana; yo mismo lo hice otras veces. Pero no, la nuestra es sólo una guerra incivil. Vencer no es convencer, y hay que convencer, sobre todo, y no puede convencer el odio que no deja lugar para la compasión. Dejaré de lado la ofensa personal que supone su repentina explosión contra vascos y catalanes llamándolos anti-España; pues bien, con la misma razón pueden decir ellos lo mismo. El señor obispo, lo quiera o no lo quiera, es catalán, nacido en Barcelona, y aquí está para enseñar la doctrina cristiana que no queréis conocer. Yo mismo, como sabéis, nací en Bilbao y llevo toda mi vida enseñando la lengua española, que no sabéis.

»Acabo de oír el necrófilo e insensato grito de “¡Viva la muerte!”. Esto me suena lo mismo que “¡Muera la vida!”. Y yo, que he pasado mi vida componiendo paradojas que excitaban la ira de algunos que no las comprendían he de deciros, como experto en la materia, que esta ridícula paradoja me parece repelente. Como ha sido proclamada en homenaje al último orador, entiendo que va dirigida a él, si bien de una forma excesiva y tortuosa, como testimonio de que él mismo es un símbolo de la muerte. El general Millán-Astray es un inválido. No es preciso que digamos esto con un tono más bajo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero los extremos no sirven como norma. Desgraciadamente en España hay actualmente demasiados mutilados. Y si Dios no nos ayuda, pronto habrá muchísimos más. Me atormenta el pensar que el general Millán-Astray pudiera dictar las normas de la psicología de las masas. Un mutilado que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, que era un hombre, no un superhombre, viril y completo a pesar de sus mutilaciones, un inválido, como he dicho, que no tenga esta superioridad de espíritu es de esperar que encuentre un terrible alivio viendo cómo se multiplican los mutilados a su alrededor. El general Millán-Astray desea crear una España nueva, creación negativa sin duda, según su propia imagen. Y por eso quisiera una España mutilada.

»Éste es el templo de la inteligencia, y yo soy su sumo sacerdote. Vosotros estáis profanando su sagrado recinto. Yo siempre he sido, diga lo que diga el proverbio, un profeta en mi propio país. Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis, porque para convencer hay que persuadir. Y para persuadir necesitaréis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España. He dicho».

La algarada fue monumental. El público se encolerizó, algunos llegaron a encararse directamente con Unamuno y hasta hubo quien aseguró que el propio Millán-Astray intentó echar mano a su pistola y que, si no la enarboló, fue porque discretamente se lo impidió Carmen Polo de Franco, que se sentaba a su lado. El viejo rector abandonó la universidad rodeado de falangistas que esgrimían el saludo del fascio, como testimonian las fotos que se conservan de aquella jornada triste. Hoy, junto al edificio plateresco de la Universidad de Salamanca, se encuentra la Casa-Museo de Miguel de Unamuno. En una de sus vitrinas se exhibe el papel en el que el autor de En torno al casticismo tomó las notas previas a su intervención, mientras hablaba el profesor Maldonado. Me las pasó el periodista Víctor Fernández y me dio a conocer un detalle que yo desconocía y que resulta estremecedor: en el reverso de esa hoja había escrita una carta que le había remitido a Unamuno la mujer de Salvador Vila, un catedrático arabista a quien los franquistas asesinarían pocos días después en el barranco de Víznar, a las afueras de Granada.

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