Conocimiento ¿no compartido?

Foto por Evan Kirby en Unsplash

Hace unos días tuve una plática con un albañil que está trabajando en casa de mis padres. Me estaba comentando sobre los trabajos de albañilería que había hecho previamente y la relación que, bajo este ambiente “laboral”, tiene con sus hijos, que también son albañiles.

Resulta que tanto él como sus hijos suelen trabajar juntos en las mismas obras. Sin embargo él, como padre, suele tener a sus hijos como empleados. Algo normal hasta cierto punto. Pero esta relación es así no porque este albañil sea el que más experiencia tiene, sino porque es el que más dinero gana. A pesar de ser alguien de edad avanzada, no soporta la idea de que sus hijos puedan superarlo o tomar su lugar en algún momento cercano. Al contrario. Se esfuerza porque suceda todo lo contrario. No les comparte su experiencia. Los sabotea. Recuerdo que le hice una pregunta: “Si usted ya sabe sobre esto, ¿Por qué no les enseña a sus hijos?”. Y me respondió: “A mi me costó aprender. Ahora que se chinguen ellos igual. Que les cueste lo mismo que a mi me costó.”

Te comento esto porque el egoísmo sobre el conocimiento es una de las situaciones más frecuentes que he visto. Y se da no sólo en personas “humildes”, de bajos recursos o “sin preparación”, sino que también se da en personas que han terminado una carrera o que tienen una “preparación”. Realmente se da en todos los niveles. Porque no depende de tu posición económica ni de tus conocimiento y habilidades. Depende de la mentalidad que tengas.

Se debe tener una mentalidad muy jodida para pensar de ésta manera.

Me da pena admitirlo pero hace algunos años pensaba de la misma manera. Recuerdo que tomaba algunas clases o cursos y con ello aprendía un par de habilidades nuevas. Luego, a algunos de mis amigos les interesaba aprender lo mismo y me preguntaban sobre ello. Mis respuestas siempre intentaban, de manera sutil, disuadirlos de que quisieran aprender lo que yo sabía. Porque, según yo, esas habilidades me daban una ventaja competitiva sobre ellos. Y la verdad es que así era. Y así es. Claro que te da una ventaja competitiva. Pero no es tanta como uno pudiera creer. Y es precisamente porque yo pensaba así, que te puedo hablar sobre esto.

Cuando no compartes tu conocimiento ni quieres que alguien aprenda lo que tu sabes, es porque tienes inseguridad sobre ti mismo. No quieres que la otra persona tenga las mismas oportunidades que tú. Porque tienes la estúpida idea de que será mejor que tú. Que lo preferirán a él antes que a ti. Por eso te esmeras en sabotear a la otra persona. Y lo puedes hacer directamente o discretamente. En el primer caso simplemente dejas en claro que no quieres compartir tu conocimiento y te importa un carajo lo que la gente piense de ti al respecto. El segundo caso es diferente. Tienes que ser cuidadoso de que no parezca que lo estás haciendo. Porque tienes que cuidar una imagen. Triste pero cierto. Y si todo esto sucede entre miembros de la propia familia, obviamente sucede entre amigos y conocidos.

Lo que me hizo “recapacitar” sobre lo erróneo de mi forma de pensar fue que había personas “con menos habilidades” que yo y, aun así, les iba mejor que a mi. Me di cuenta que todas esas “ventajas competitivas” que creía tener eran en realidad nada. Mis conocimientos no eran tan especiales porque, con el paso del tiempo, la mayoría de las personas terminan aprendiendo esas cosas que creía que me hacían especial.

Hay un conjunto de habilidades “básicas” que son las que te permiten tener éxito. El conocimiento es parte de ellas. Y es bueno. Ayuda. Pero no es lo más importante. Puedes verlo en muchas empresas: Contratan personas y posteriormente las capacitan. Les dan el conocimiento que necesitan para que puedan desarrollarse. Y las empresas hacen esto porque saben que esto les beneficiará. Pero no te imparten un conocimiento “súper mega exclusivo”. El conocimiento que te dan es el mismo al que cualquier persona, bajo las mismas condiciones, llegaría. Algo inevitable. Entonces, si de por sí va a suceder, mejor te ahorran el trabajo. Te ahorran tiempo. Y les conviene a ambos.

Mientras más pobre es nuestra mentalidad, más cuidamos nuestro conocimiento. Mientras más pobre es nuestra mentalidad, más creemos que son únicas y especiales nuestras ideas. No analizamos la posibilidad de que el compartir todo esto con alguien más podría resultar en que terminemos aprendiendo algo nuevo. En que nuestras ideas se vuelvan especiales en realidad (aunque no únicas). Solemos pensar que nos robarán nuestras ideas. Pensamos que les estamos dando una oportunidad que no merecen. Pensamos que no compartir nuestro conocimiento nos protege y no es así, sino justamente lo contrario. Porque creamos una pared que no permitimos que nadie cruce, pero no nos damos cuenta que nosotros tampoco podemos cruzar esa pared, por lo que nos quedamos encerrados en un mismo espacio sin posibilidad de ampliar nuestros horizontes.

Espero que tú no seas de estas personas que tienen una mentalidad pobre.

Para ser exitoso y llegar lejos, es mejor pensar como éstas empresas y/o personas que siempre andan enseñando lo que han aprendido. No les duele ni son resentidos con ello. Porque saben que están agregando valor a la vida de las personas y que tarde o temprano ese valor se regresará a ellos.

Comparte tu conocimiento. No es tan especial. Tarde o temprano, la persona que tienes delante, lo aprenderá. Ahórrale el tiempo y el trabajo y permite que la interacción te lleve a un lugar más elevado.


Miguel Hernández

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