Emboscada

(Taller Literautas — Oct16)

Apagó lo que quedaba de su cigarrillo, que era menos que la colilla, y empezó:

— ¡Ahora sí! Estamos todos.

Efectivamente: acababa de llegar Manuel, el cochero; y desde hacía rato estaban con ella en la cocina la criada, Ana, y Sofía, la nena.

— Como les comenté por el grupo Sofi encontró en la habitación de los señores este libro de recetas.

Lo mostró.

Les enseñó también que había, en algunas de sus pocas páginas, ciertas palabras resaltadas de color amarillo.

— Esto lo hicieron con mucho cuidado, queriendo dar un mensaje secreto, ¡se los aseguro! — les aseguró.

Les leyó también las palabras: «siete», «media», «hora», «chocolates», «abuela»; y con una voz más alta y aguda: «manger». Pero como no todos comprendían el francés como ella, explicó que esa palabra significa comer.

—¿No lo ven? ¡está todo aquí! — exclamó muy entusiasmada.

Todos miraron curiosos; pero no, no lo veían.

Había que estar ahí para descubrir el gozo con el que reía Manuel por lo bajo, intentando esconder su inexplicable satisfacción.

— Don Manuel, díganos usted si no hay una calle más arriba que se llama Pablo Mange — pidió la que se creía develando una vez más los secretos de la casa, pero que esta vez entendía poco más que nada — ¿No cruza esa calle con Camilo Goye, que es donde la abuela vende los chocolates?

Manuel asintió.

— ¿Así que alguien se encontrará en ese cruce a las 7.30? — atinó a preguntar Ana, que no solía animarse a hablar demasiado en la cocina.

Y era exactamente eso lo que Carmen estaba esperando para explicarles su hipótesis.

Resulta que desde hacía varias semanas venía observando que el joven Bernardo llegaba tarde los miércoles y jueves.

— Lo que todos acá sabemos — contextualizó — es que justamente los miércoles y jueves a la noche la señora tiene reuniones de juego y de sociedad, y el señor aprovecha para hacer deporte y para comer con sus amigos de toda la vida.

Pero había más.

— La otra tarde — prosiguió la cocinera — oí a la señora Elsa quejarse por teléfono de que últimamente le faltaba dinero y no sabía por qué. ¿No es curioso?

— ¡Curioso es que trabaje usted de cocinera y no de detective! — interrumpió el chofer, que normalmente no le hablaba así a Carmencita en la cocina, pero ya se inquietaba de tanto misterio — , aunque sigo sin entender a qué viene todo esto.

— ¿Cómo, don Manuel? — replicó ella contrariada y, sin embargo, le respondió — La verdad es que no sé a dónde vamos a llegar. ¿Tendría que saberlo? ¡Pero, paren, déjenme que tengo algo más que contar!

Algo más tenía ella, que ciertamente era lo más extraño del asunto.

— Sepan que en el cuarto del joven Bernardo las cosas están oliendo un poco raro últimamente. Ustedes saben, como a hierbas… ¿No vieron que así se comunican los que venden hierbas, con mensajes secretos? ¡Y ojo que hoy es miércoles! No falta sino comprobarlo.

— ¡Bueno, bueno, no se diga más entonces! Si sólo falta comprobarlo, sabe que el auto está a su disposición. Mande no más e iremos a donde haga falta — se comprometió el chofer con una sorprendente disponibilidad y con ese oculto aire de victoria que traía.


—Este, hum, creo que aquí… — opinó Carmen, dubitativa.

—¡Pero claro que es aquí! — le respondió Manuel de inmediato.

—Ajá, bueno, entonces esperemos un rato a ver qué pasa… a menos que usted quiera volver ya, don Manuel — a cada segundo Carmencita se sentía más incómoda en el auto del chofer.

— Esperaremos, ¡si para algo vinimos! — sentenció él muy sereno, mientras reclinaba un poco su asiento hacia atrás — igual, faltan quince minutos todavía.

Cuando faltaban dos, se acomodó nuevamente. Y a la hora esperada encendió las luces exteriores del auto.

Carmen vio en la pared roja de enfrente una frase desconcertante: “Emboscada de amor”.

— Sabía que entenderías mi mensaje — le dijo Manuel, mirándola a los ojos.

— ¿Qué es esto, don Manuel? — preguntó ella, nerviosa hasta las patas.

— Vos, en tu cocina, mandás. Ahí no se te puede decir nada. Mucho menos esto… el auto, sabés, es mi lugar.

Ella, que nunca se había sentido tan perturbada junto a él (ya que no lo veía mucho fuera de su cocina), miraba para otro lado, enmudecida.

La tomó por fin de las manos y le soltó encima lo que llevaba adentro desde hacía muchos años: — ¿Qué podía hacer, querida mía?, ¡si no puedo ocultarlo más! Esta es mi emboscada: ¡te amo Carmencita, siempre te amé! Tenía que decírtelo.

* Consigna del mes (octubre 16): Escribir un relato de 750 palabras (como máximo) en que aparezca un libro de recetas.

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