Traidora Serial

TL — Abr17

Susana esperaba. Se desesperaba, más bien.

La última vez, cuando le pasó a ella y él se atrevió a abrir la boca, fue para quilombo. Ella se incomodó y no le quiso hablar por dos días.

Así que ahora, por ley, no podía decir nada. ¡Shhh! Calladita tenía que quedarse.

Pero él se demoraba más que ella.

Claro. Los hombres son así: se toman su tiempo. ¡Ay, pero si el boludo se distrae con otra cosa! Lo mato, se dijo. Palpó al lado y no, no se había llevado el celular. Respiró aliviada. Dos veces.

Luego, se le estrujó la garganta y su respiración cambió drásticamente. En el tiempo en que había respirado dos veces antes hizo ahora seis respiraciones, y luego diez: ahora estaban en la casa de él.

Le empezó a doler la panza y le cosquilleó el dedo meñique del pie.

Odiaba su dedo meñique del pie.

Era feo, demasiado largo y flaco. Parecía de mano, no de pie. Lo golpeó, para ver si le dejaba de molestar y también para descargar justo ahí, en ese momento, un poco de su enojo con él por no haber querido salir más normal, más chiquito y regordete: como un dedo meñique de pie común y corriente.

Pero su dedo no iba a cambiar y el cosquilleo en vez de parar se le subió hasta el tobillo. Agarró la almohada y la levantó otra vez, pero se detuvo y no se pegó más.

Se tapó entonces la cara, apretó la respiración y lagrimeó un poquitín.

Ay, ¡¿por qué estaban ahí?! Y obvio, porque siempre fue así: la sumisa, la que hace lo que él quiere. Si tan solo pudiese ser un poco como Sarah, ansió…

En casa de Susana no había revistas ni libros ahí, y si uno no llevaba el celular no tenía otra que hacer lo que uno tiene que hacer en el baño y nada más.

Pero en la de él…

Ahí el baño no era solo para sacar lo de adentro, entiéndase bien: no era solo para vaciar el estómago sino también para llenar el intelecto.

Repleta y variada tenía la estantería. Esa que se usa normalmente para poner los papeles higiénicos, shampoos y cremas dentales. En la de él no. En esa pared verde claro se concentraba todo el saber del hogar.

¿Por qué tuvieron que volver ahí? ¡Qué boluda! ¡Justo hoy! Deseó por un instante no haberlo conocido y lagrimeó otro poco resonando ahora la nariz.

Miró el celular: habían pasado más de diez minutos.

¡Que se curta!, le digo que se apure, pensó. No. No puedo, repensó. Y de pronto se vio con el control en la mano: lo había agarrado intempestivamente. Lo observó por un instante, pero tampoco. No podía hacer nada.

Se empezó a morder las uñas. ¡Odiaba hacerlo!

¿Qué haría Sarah? Agarró el celular otra vez. Siete mensajes de mamá. Ella que siempre le dijo que no le gustaba mucho el noviecito que tenía… deseó haberla escuchado más. Pero no los leyó. Se mordisqueó otra uña.

Agarró la sábana arrugándola. Y miró el control una vez más.

Entonces tomó la decisión.

Si el boludo se había puesto a leer era porque o no le importaba tanto o quería joderla, razonó. Y si quiere joder, ¡que se joda!

Se sentó en la orilla de la cama, muy cerca del televisor, y bajó mucho el volumen por si acaso. Después puso play.

El capítulo empezó en otro lugar. Pero Susana esperaba.

Confiaba en Sarah, que no era como ella: sus acciones sí eran determinadas e impredecibles. Sintió que se le amontonaba el aire en el pecho ahora que acababa de actuar un poco como ella.

Sin embargo, se empezó a desesperar otra vez cuando el capítulo mostró a la protagonista muchos años atrás, de niña, en un flashback empalagoso e insoportable.

Susana había tomado una decisión y la había ejecutado, pero Sarah no: en el momento crítico se había hecho fofa y endeble en el recoveco de sus recuerdos.

Susana se decepcionó.

De pronto las imágenes cambiaron abruptamente y el sonido también.

Era bajito, casi imperceptible, como un suspiro. Por fin terminaría la boludez de los recuerdos y ejecutaría su plan. Se acomodó para ver mejor lo que pasaba adelante sin saber que lo importante no estaba ahí.

Atrás, él había salido y la miraba tan enganchada, tan traidora.

Y se decepcionó.

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