Thomas Mann, donde se aloja el genio impuro

‘Doktor Faustus. Vida del compositor alemán Adrian Leverkühn narrada por un amigo’, novela de Thomas Mann de 1947, abraza la mitología germana para reflejar la historia de un genio, creador de una obra que habría de cambiar la historia de la música a principios del siglo pasado, que dejaría una herencia, «penetrada de poesía», en un lugar donde lo impulsivo y lo espiritual, por fin, empezaban a fundirse.

En boca de Serenus Zeitblom, un peculiar doctor en filosofía, Thomas Mann hace aflorar la vida de Adrian Leverkühn, compositor extraordinario que «el destino levantó y hundió con implacable crueldad». Es la historia renovada de alguien que pudo vender su alma al diablo, auspiciada por el Fausto histórico que consagraron los highlights del siglo XV. Como el Fausto de Goethe, el de Freddie Mercury en ‘Bohemian Rhapsody’ o el mago que seduce a la Margarita de Bulgákov, el protagonista de Thomas Mann se sumerge en la esfera de lo demoníaco y lo irracional para conseguir que su voz se erigiera en perecedera, que se entendiera esencial, que se enmarcara en la pureza de una obra y una existencia incontestables. Al «cumplimiento de un oneroso contrato de enajenación» nos remite el narrador Zeitblom nada más comenzar la novela, dando aviso de que todo lo que reluce no tiene por qué ser legítimo, exponiendo que hay un genio puro y un genio impuro…

Thomas Mann refleja la trayectoria vital de Leverkühn desde su infancia: cómo se va convirtiendo en un creador paradigmático envuelto en un halo de frialdad e individualismo. «Me inclino a comparar su soledad con un precipicio, en el cual desaparecían, sin ruido ni rastro, los sentimientos que inspiraba», define Zeitblom, como si fuera la clave de lo aterrador y lo bello que estaría por suceder. «Ningún sueño fue quizá necesario para abrirle los ojos», dicen de Leverkühn, a menudo atado al radicalismo estético que le haría inmortal, ajeno a las concesiones propias de la normalidad, convertido en un vecino de lo celestial con vestigios mefistofélicos. ‘Lamento del Doktor Faustus’ sería la pieza culminante de su manifestación histórica, una cantata sinfónica transfigurada en su testamento artístico, una osada contribución a la eternidad.

Se antojaba en Leverkühn una obra compositiva que superaba lo conocido, que parecía caída del cielo, llevada hasta extremos sólo accesibles para la técnica musical «más erudita y refinada». Parecía un lamento infinito, un lenguaje propio sin palabras, que acaba por palparse, que hiere la sensibilidad. Era como el eco que la naturaleza le devuelve al hombre en un intento de poner de manifiesto la soledad, el vacío. Con sus descripciones, Zeitblom / Thomas Mann afinan el entendimiento del lector, como si escucháramos la música, preñada siempre «de indecible melancolía», como si sus vibraciones quedaran suspendidas en nuestro silencio, como si nos abordara el influjo de una conmoción de los sentidos.

Todo ello, con un contexto político que albergaría en un principio el auge del movimiento nazi y que luego, en los últimos años de vida del compositor y en la atmósfera de la narración, vería cómo iba siendo consumido por las llamas: «Alemania entonces, enrojecidas las mejillas por la orgía de sus deleznables triunfos, iba camino de conquistar el mundo. Hoy se derrumba, acorralada por mil demonios». Un país moribundo, en analogía con los últimos meses de Leverkühn, inmóvil, pálido, deshumanizado, con los ojos de quien lo presencia bañados en lágrimas. «Corres hacia el abismo, Alemania, y pienso en las esperanzas que supiste despertar», exclama Zeitblom, acompañando el sonido de las primeras paletadas de tierra sobre el féretro de su amigo.

En ‘Doktor Faustus’ nos quedamos con un regusto que bien podríamos asemejar a lo que se sugiere de la obra final de Leverkühn, al fin y al cabo sus últimos retazos: «Lo que era el acorde final de la tristeza dejó de serlo, cambió su significación y es ahora una luz en la noche». Un recuerdo persistente de cuando el arte, la música, sale de las entrañas.