Islas remotas

Las islas son lugares que producen cierta fascinación y desatan la fantasía. Si además están muy lejos, despiertan la curiosidad viajera y si están envueltas en historia o leyenda es cuando se convierten en lugares mágicos.

Lejanas y perdidas en el Atlántico

Hay islas muy remotas en el mundo a las que no obstante, no es difícil llegar ya que están integradas en la civilización o son lugares turísticos como es el caso de las Hawaii o de la Polinesia francesa. Por eso las verdaderamente remotas y por ello más inquietantes son las islas que no están en los circuitos viajeros, las que para llegar a ellas hay que emprender una aventura propia de otras épocas.

Hay un grupo de islas en el Atlántico sur que se conocen desde la Era de los Descubrimientos, aquel período de los siglos XV y XVI en que españoles y portugueses se lanzaron a explorar la Tierra a pesar de la precariedad de los barcos y de los sistemas de navegación. Son las islas que hoy se conocen como Santa Elena, Ascensión y Tristán de Acuña, que forman un Territorio Británico de Ultramar y están situadas en el Atlántico sur, en mitad de la nada y muy alejadas unas de otras.

Los antecedentes de estos descubrimientos están en los comienzos del siglo XV cuando los portugueses alcanzan sucesivamente Madeira, Azores y Cabo Verde, todas ellas al norte de la línea del ecuador. El protagonista destacado de estas expediciones fue el infante luso Enrique el Navegante.

Santa Elena y su capital Jamestown

Como consecuencia de los viajes a la India circunnavegando África, un gallego, Juan de Nova, al servicio del rey de Portugal, descubrió Santa Elena en el año 1502. La isla estaba deshabitada y disponía de abundante vegetación y agua fresca. Los portugueses mantuvieron su situación en secreto por el valor estratégico para sus expediciones. Pero en 1588, el inglés Cavendish se la encontró en su viaje alrededor del mundo. Primero la habitaron colonos holandeses, pero hacia 1651 fue transferida a la Compañía Británica de las Indias Orientales, que estableció un destacamento en la isla y construyó un fuerte, llamado Jamestown que hoy en día es la capital. Aunque hubo disputas con los holandeses, la isla siempre siguió bajo dominio inglés.

Gran parte de su población fueron esclavos africanos y también chinos traídos de Cantón que facilitaron la prosperidad de la isla. También resultaba beneficiosa su posición en mitad de la ruta a la India, como escala de abastecimiento, pero en 1869 se abre el Canal de Suez y Santa Elena pierde su importancia como puerto de escala, aunque para entonces, los ingleses le habían encontrado otra utilidad, pues debido a su lejanía la convierten en el penal más seguro del mundo. Precisamente la fama mundial de Santa Elena se debe a su prisionero más famoso, Napoleón Bonaparte, que pasó sus últimos años de vida en la isla, recluido por los británicos.

Napoleón en Santa Elena

Tras su salida y vuelta al poder en Francia, en el período de los Cien Días, Napoleón preparó su estrategia para atacar de nuevo a los aliados antifranceses y presentó batalla en Waterloo, el 18 de junio de 1815. Las cosas se torcieron fatalmente para el emperador sufriendo la derrota definitiva de su vida. A su vuelta a París encontró un ambiente político muy hostil que le obligó a dimitir. Días después se dirigió a Rochefort, quizás con la intención de embarcar hacia Estados Unidos, pero fue apresado por los ingleses y enviado al exilio en la isla de Santa Elena, prisionero para el resto de su vida hasta su fallecimiento, que ocurrió el 5 de mayo de 1821.

Napoleón fue enterrado en Santa Elena, pero en 1840, a instancias del gobierno francés, sus restos fueron repatriados y trasladados a Francia donde reposan bajo la cúpula del Palacio Nacional de los Inválidos, en París. En la isla quedaron las dependencias que utilizó el ilustre prisionero, que hoy en día son propiedad de una fundación francesa y constan de un museo, las viviendas y la primera tumba del emperador, constituyendo la principal atracción turística de la isla.

Santa Elena tiene una superficie de 122 km², poco mayor que Formentera y la mitad que la isla del Hierro. La habitan algo más de 4.000 personas por lo que su importancia es más estratégica que demográfica. Actualmente, todavía no tiene aeropuerto, aunque se encuentra en construcción y se terminará en 2016, así que allí se llega necesariamente en barco, en una travesía de 6 u 8 días, desde la costa de Angola a 2.800 kilómetros, lo que dificulta su integración en el mundo civilizado.

A unos 1.200 kilómetros en dirección noroeste y por tanto más lejana si cabe, se encuentra la isla de Asunción. Poco más pequeña que Santa Elena pero con la cuarta parte de población, es una isla montañosa y volcánica de clima tropical, pobre en recursos y con escasez de agua, a la que si se puede llegar por avión ya que dispone de una base militar de uso conjunto anglo-americano. No hay vuelos comerciales y la población se compone de militares y empleados de las organizaciones que operan la base y las telecomunicaciones, junto con sus familias.

Un buque acercándose al puerto de Jamestown

La isla fue descubierta también por Juan de Nova, el gallego al servicio de los portugueses en 1501, pero permaneció deshabitada hasta el siglo XIX. Los ingleses se la anexionaron en 1815 con la excusa de que podía servir de base a los franceses para un intento de rescate de Napoleón.

Se sabe que Charles Darwin a bordo del HMS Beagle visitó Ascensión en 1836, pero no era lugar para muchas visitas salvo para los marinos de la Royal Navy que utilizaron la isla como una estación de avituallamiento para sus buques, en la época que comenzó la represión de los barcos negreros. No fue hasta 1899 cuando la isla dejó de ser únicamente militar con la llegada de civiles para instalar una estación del cable submarino uniendo el Reino Unido y Portugal con Sudáfrica y Sudamérica.

Pero el record de lejanía lo ostenta el archipiélago de Tristán de Acuña que se encuentra a 2.200 kilómetros al sur de Santa Elena, el lugar habitado más cercano. El acceso a la isla principal es tremendamente complicado, debido a su lejanía, a que está rodeada por acantilados de más de 600 metros de altura y a que no dispone de aeropuerto. Se considera la isla habitada más inaccesible de la tierra y como tal está inscrita en el libro Guinness de los récords.

Isla de Tristan da Cunha y su capital Edimburgo de los Siete Mares

La única isla habitada del archipiélago, es el lugar de residencia de unas 80 familias que disfrutan sin molestia alguna de su finca privada de unos 98 km². Solamente reciben de forma regular la vista anual de un barco correo procedente de Ciudad del Cabo. Esporádicamente llegan a la isla barcos pesqueros, veleros y algún barco en apuros que hace la travesía de África a Sudamérica.

La vida en esta isla siempre fue muy complicada. Tras el descubrimiento por los portugueses, siguió los pasos de sus vecinas acabando en manos de los ingleses en 1816. La población ha sufrido grandes altibajos a causa de todo tipo de sucesos, como naufragios, sequías, cambios en las rutas comerciales, enfermedades y migraciones diversas. Durante la Primera Guerra Mundial, el Almirantazgo retiró el barco de aprovisionamiento anual y la isla estuvo cerca de diez años aislada del mundo, sin recibir correo ni noticia alguna de la guerra.

Isla Inaccesible que hace honor a su nombre

Aunque nunca se había registrado actividad volcánica en la historia humana de la isla, en 1961 se registraron movimientos sísmicos que causaron deslizamientos cerca de la zona habitada y dieron paso a un gran terremoto y a una intensa actividad volcánica que hicieron aconsejable el desalojo de la isla. La población fue asentada en el sur de Inglaterra y allí tuvieron que soportar uno de los peores inviernos británicos y enfermedades como la gripe para las que no estaban preparados. Algunos de más edad murieron y unos pocos se quedaron, pero la mayor parte regresó a su isla en 1963. Al llegar, se encontraron con el asentamiento principal afectado por la erupción y que se habían producido algunos saqueos por parte de piratas. Los perros domésticos, abandonados a su suerte, habían acabado con toda la cabaña de ovejas de la isla, pero pese a las adversidades siguieron adelante rehaciendo sus vidas y haciendas.

En noviembre de 2011, un velero de la Volvo Ocean Race llegó a la isla tras romper su mástil en la primera etapa entre Alicante y Ciudad del Cabo. Este acontecimiento sacó del anonimato al archipiélago, apareciendo en la prensa internacional.

La isla Nightingale tiene 2 km cuadrados y está deshabitada

La economía de la isla se sustenta básicamente en la agricultura y la pesca. Toda la tierra es comunitaria y se controla estrictamente el uso de los pastos y el número de cabezas de ganado para hacer sostenible la economía y evitar desigualdades. En la actualidad algunos jóvenes isleños emigran en busca de pareja ya que los matrimonios entre los propios habitantes son demasiado frecuentes, propiciando que sólo haya ocho apellidos diferentes en la isla repartidos en las 80 familias. No debe ser agradable enfermar en esta isla atendida por un solo médico residente y cinco enfermeras. Algunos especialistas acuden periódicamente a la isla pero las urgencias tienen que derivarse a Ciudad del Cabo ¡a 3.000 kilómetros de distancia y en barco!. Ahora está en marcha un proyecto de telemedicina para recibir asistencia desde el Reino Unido. Aún así, estar sano es una obligación.

Las actividades y servicios de esta comunidad se componen de una tienda de ultramarinos, una emisora local de radio, un café, un videoclub, una piscina, una pista de tenis y los vecinos disponen también de un centro comunitario de reunión.

La televisión e Internet llegaron a esta isla al comienzo del siglo XXI. Hay un cibercafé muy frecuentado, están comunicados con el mundo con un radioteléfono vía satélite y disponen del periódico online más lejano del mundo; el Tristan Times.

Creo haber encontrado el lugar perfecto para huir de este país…


Originally published at murzainqui.blogspot.com.es.

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