Coronas para los muertos
Pásale, no te quedes ahí nomás. ¿Dónde quieres que me ponga? ¿En la cama? Bueno, en la cama pues. La verdad pensé que me estabas choreando cuando me dijiste que sólo querías hablar, me dije: a éste qué le pasa. No es que eso no pase, luego nomás pagan para que una los escuche. Pero tú no te ves como esos, tampoco te ves como los que deben pagar para cogerse a una vieja. No, no te rías; es en serio. Estás guapo, por eso se me hzo raro y por eso te dije en un principio que nel. ¿Qué me hizo decir que yes? Pues la lana, qué más. Y además, ahora no se trata de escuchar, sino de que me escuchen ¿no? Tampoco es que ande muerta de hambre, pero ya ves que el país anda en crisis y en este negocio una se la juega sí o sí. Haz de cuenta que me echo un de tin marin de do pingüé, pero en la cabeza; vaya, como mental ¿no? Y si sales sorteado pues me lanzo y si no, pues mejor no. Ajá, soy bien supersticiosa. Una vez se me cayó el espejo del maquillaje, se rompió en siete pedacitos. Pues no te vas a creer que no tuve ni un cliente esa semana, o sea en siete días ¿no? Siete pedacitos, siete días. Te lo juro. Por esta. Ni un solo cliente. Pues tenía unos ahorros, con eso pude sobrevivir la semana. Y entonces me dije “pinche Remedios, no te pases; fíjate más cabrona.” Por eso te digo que soy bien supersticiosa. Mi mamá decía que sólo le traje mala suerte. Lo que son las cosas, ella se embarazó de un chofer de los galgos, esos autobuses que ya no existen. El gobierno los quitó apenas para hacer esa cosa del metrobus, pinche gobierno todo jode. Bueno, se enamoró de él ¿no? Víctor, creo que se llamaba. La verdad no sé, igual se lo inventaba. Ya andaba medio mal de la cabeza; ya sabes, medio cú-cú. Total, se enamoró ¿no? Pero él estaba casado y por supollo que no iba a dejar a su esposa por mi mamá. No es que la haga de menos, no cómo crees. Si algo tengo de bueno, es ser bien derecha, honesta, pues. Pero a ver, piénsale; mi mamá venía de San Miguel Ixitlán. ¿No sabes dónde está? Por la Sierra, enclavado, como dicen los que saben. Lo único que una aprende en ese mugre pueblo es a tejer con palma, todos los hombres de allá prefieren lanzarse para el gabacho, porque el pinche pueblo no da ni para sembrar. Todo seco ¿no? Fíjate cómo pienso a veces que me habría gustado ser hombre, como que ustedes la tienen más fácil. Perdóname si me desvío, es que soy bien platicadora. Debí mejor ser periodista ¿no? Ajá, como la Galilea Montijo. ¿No es periodista?, ¿entonces cómo sale en la tele? ¡No me digas! Y una aquí abriéndole las patas a albañiles y borrachos, pudiendo abrirsélas a los meros, meros. Te digo, la mala suerte me persigue. ¿Qué te iba diciendo? ¡Ah, sí! De mi mamá. Celia, se llamaba. Se vino a vivir a Puebla con una tía que se paraba los fines de semana afuera del Panteón Municipal vendiendo flores. Ella sí la supo hacer, pa’ que veas. Luego puso un negocito de coronas funerarias, de esas para los muertos. Como mi mamá lo único que sabía hacer era tejer con palma, no se le dificultaba tejer las coronas. Entonces, dime ¿cómo iba a dejar el tal Víctor a su esposa por un india que nomás tejía coronas de flores para los muertos? Pero igual, al Víctor le valió madres y que la engatuza, como dicen. Que se la tira y zaz que se embaraza. Cuando salí del vientre, oye qué poético ¿no?, no le vayas a modificar nada, eh. Cuéntale así tal cual te lo estoy diciendo, entonces; “cuando salí del vientre”, me nombró Remedios; porque según ella yo era el remedio para que Víctor dejara a su esposa. Qué va a ser, pobre de mi madre. Tan pendeja. Pero no la culpo, fíjate que cuando una se enamora, una se vuelve muy tonta. Haz de cuenta, que aunque una sepa que con quien está es un cabrón hijo de la rechingada, una sigue ahí; como que se nos pudre el cerebro y ya no jala, ya no carbura ¿no? Y ahí anda una como pendeja tras un pendejo que ni pa’ trás, ni pa’ delante. Por eso me dije: no quiero ser como mi madre, no quiero ser tan pendeja. Si me van a coger, al menos hay que sacarle provecho ¿no? Mira, ahí atrás de ti está la foto de mi mamá. Con sus trenzas y su rebozo. Pobre de mi madre. El tal Víctor la jodió mucho, tanto que se volvió loca, tanto que se mató. ¿Qué le pasó? Pues mientras yo estaba dormida, salió al baño con una botella de mezcal y los cerillos. Se echó encima todita la botella y se prendió fuego, candela, como dicen los cubanos. Qué chistoso suena ¿no? “candela”. Tenía como siete años, me despertó el olor, más que el fuego. Es un olor que aún siento, huelo la carne de mi madre quemándose mientras duermo. Haz de cuenta que se quedó bien guardado en mi memoria y sale solamente cuando duermo. Qué cosas ¿no? Seguro es el fantasma de mi madre que me visita por las noches para ver cómo volví mi vida una mierda. No, no, tampoco es que ande muy arrepentida. Este oficio tiene sus beneficios, cuando quiero, trabajo. Tampoco es que todos los días ande en la calle, nomás son tres o cuatro a la semana. Ya con eso saco para pagar mis cositas y uno que otro antojo. Prefiero dedicarme a esto que seguir con mi tía, cuando mi mamá se murió; dizque ella se hizo cargo de mí. Oye como que ya traigo la garganta bien seca de tanto hable y hable, voy por un mezcalito. Párale a esa cosa, ahorita vengo. ¿No quieres uno? Ándale. Bueno, si no quieres pues no, aquí nada es a la fuerza. Ahora sí, préndele que te voy a seguir contando las desventuras de la Remedios, deberías titularle así a tu cuento. Mira si serás raro, un escritor entrevistando a una puta. Como de telenovela ¿no? Pues como te iba diciendo, que se muere mi madre; pero le hice una corona bien bonita; entre lágrimas, claro. Pero no lágrimas de tristeza ¿eh? Eran de enojo, porque decía “pinche Celia, ¿ahora qué onda conmigo?”, aunque igual no me limitó para hacerle su corona como Dios manda, con su nombre bien escrito, porque la pendeja de mi tía pensaba que “Celia” se escribía con “S”, pobre pendeja. Ay mi tía Juana, Juanita la hija de su reputa madre. Era bien canija conmigo, fíjate que además de ayudarle en el negocio, tambíen tenía que cuidarle a sus engendros. Lavar, planchar, barrer, de todo. Como pinche criada sin suelo, porque mi sueldo era la comida ¿no? Comida que yo cocinaba. Se sentía toda una señora con chacha, mi pinche tía ridícula. ¿Por qué seremos así, que cuando vemos que uno anda con la herida en carne viva, le ponemos unas gotitas de limón para que no podamos hacer nada, para quedarnos ahí, quietecitos, con el dolor que no deja que te muevas, que te apendeja. Así andaba yo, ya programada para hacerla de robotina pero en la casa de los picapiedra. Pinches salvajes que eran todos en ese chiquero, no es que me las dé de muy acá ¿no? Pero al menos trato de no verme tan bestia. Me corrieron de la casa de mi tía a los doce, porque mi tío ya empezaba a pasarse de listo. Un día, mientras trapeaba el cuarto en donde ellos dormían, que sale del baño con una toalla enredada en la cintura. Que se sienta en la cama y zaz, que se quita la toalla. Y que me mira como diciéndome “órale chamaca, vas”. Me quedé congelada, como dicen en la tele. Nomás viéndole el pitito y los huevotes colgándole, ajá, fue la primera vez que vi una verga. Luego de mirarle bien el pito, solté la carcajada, porque no pensé que los pitos fueran así de chiquitos. No te miento, como del largo de mi pulgar ¿ajá? Pues como me reí, que se encabrona, y que le inventa a mi tía que yo andaba de resbalosa con él. Fíjate nomás, este bizcochito de resbalosa con ese viejo pitochico. Pues que me corren, qué más. Así la vida de cabrona con una. De un lado para otro. Ya está sonando el reloj. Ya son las doce, ya es tarde ¿no?, si quieres la segunda parte de las desventuras de la Remedios te la cuento en otra ocasión. No mi rey. Es que además ya se acabó tu tiempo. ¿Cuánto? Ay, apoco sí mucha lana. Órale, vas. A ver, caéte con los billetes y vemos si te sigo contando. Sí, sí, pues es que una será puta pero no pendeja.