Shadow of the Colossus

La verdad, llevo tiempo queriendo hablar de este juego. Por méritos propios es la obra que más me ha marcado en su día, y que a medida que crezco va cobrando cada día más significado para mí y para su medio. Con su innecesario remake anunciado me parece importante destacar por qué de un tiempo a esta parte se ha convertido en bastión inexpugnable, un frente irreductible desde el que defender el videojuego como medio artístico. Ya hay demasiado dicho sobre su filosofía de diseño sustractivo, así que insistir en ello sería superficial y pedante (todavía más, quiero decir). Pero si que vale la pena hablar de sus primeros compases para dar unas pinceladas de brocha gorda sobre este concepto.

Y es que, sin llegar a los niveles de lo puramente intuitivo como Megaman X, el acceso al primer coloso nos cuenta lo que necesitamos saber sobre nuestra relación con el mando, siendo este el punto más flojo. Porque lo que podríamos llamar “tutorial” aquí se prolonga durante los tres primeros colosos, de quienes aprendemos conceptos que más tarde utilizaremos: trepar usando su pelo en el primero, puntos débiles ocultos en el segundo y el uso del escenario en el tercero, siendo este un favorito personal tanto por diseño como por cómo solidifica unos conceptos en nuestra cabeza sobre los que más tarde tendremos que improvisar. Algo muy necesario teniendo en cuenta la naturaleza de nuestro protagonista, que a la pisada de cada coloso trastabilla y cae aturdido unos segundos si está demasiado cerca.

Aquí todos los elementos están diseñados para empequeñecer al jugador, representando el papel de un crío débil que a pura fuerza de voluntad asume una tarea impuesta por una divinidad asesinando unas criaturas gigantescas, con el fin último de transgredir el tabú definitivo: desafiar a la muerte y devolver a Mono a la vida. Todo esto en el marco de una tierra vetada a los mortales, donde dicha divinidad lleva largo tiempo sellada, dividida su alma en dieciséis partes. Una tierra baldía, pero no yerma, salpicada por ruinas de una antigua civilización tomadas por la naturaleza, ruinas reimniscentes de los imperios mesoamericanos precolombinos. Una civilización que podemos asumir venida a menos con la caída de Dormin, un antaño poderoso dios atrapado en las ruinas de una torre que en pleno centro del mapa apunta al cielo, como ya hiciera el personaje bíblico que le da nombre y del que podemos intuir busca un paralelismo en su antiguo esplendor. Un numen sellado en los dieciséis colosos a batir, unos titanes magníficos que casi parecen una versión viviente de las ruinas que habitan, cuya muerte completa un ritual prohibido.

De hecho constantemente se nos recuerda que, de alguna manera, lo que hacemos está mal. Es una moralidad gris que aleja su desarrollo de los maniqueísmos de la anterior obra de Fumito Ueda, Ico. No es ya sólo que los colosos sean criaturas pacíficas por naturaleza que salvo contadísimas excepciones no atacan sin provocación, sino que al derribarlos una melodía, entre triste y ominosa, acompaña a la escena antes de vernos atravesados por los zarcillos negros, una recompensa vacía y dolorosa a nuestro esfuerzo.

Sin embargo esto no nos detiene, a pesar de que como jugadores pudiéramos tener un juicio distinto de la situación. Aunque la presencia de lord Emon (que aun en un papel antagonista representa lo “correcto”) nos haga explícito que estamos cometiendo un sacrilegio, tenemos la oportunidad de encarnar a una suerte de David, una extrapolación de nuestra impotencia en la vida real ante hechos tan irreversibles como la muerte, para finalmente completar el ritual derribando a Malus y convirtiéndonos en aquello que hemos estado combatiendo añadiendo una nota de tristeza a nuestros actos, pues como los colosos somos lentos y pesados. Sentimos esa frustración de intentar aplastar a esos pequeños humanos que buscan evitar la resurrección de Mono, solo para que Emon en su huida pronuncie un hechizo formando el tornado de luz que intenta absorbernos. Y es aquí cuando, como una sombra de lo que fuimos, intentamos por última vez alcanzar el cuerpo muerto de Mono, luchando contra el viento por el peso de Dormin, quien encarna ahora la proverbial carga de Sísifo para ser irremediablemente arrastrados con ella.

Shadow of the Colossus implica una serie de temas tras su aparente simplicidad que choca frontalmente con la tradición explícita del medio. Es una obra pura, que bebe de la tragedia griega y nos habla directamente a nosotros, nos habla de vida, de muerte, de redención, de altruísmo y egoísmo, y que no necesita de palabras para hacerlo. Nos da la oportunidad de enfrentarnos a nuestros fantasmas, aun cometiendo un pecado terrible. Y nos pregunta hasta dónde llegaríamos nosotros por traer de la ausencia a una persona querida. Qué daríamos por verla sonreír una última vez antes de dejarnos arrastrar a un nuevo comienzo.

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